El peso de un cristiano

El peso de ser cristiano

Por Edgar Ramírez
07 de junio de 2008

Con frecuencia vemos cómo el cristianismo parece reducirse a una simple etiqueta para referirse a quienes aceptan a Cristo por tradición y no por convicción. Debido a esta superficialidad, muchos usan el término «cristiano» como un vocablo genérico para identificar a cualquier persona. Sin embargo, sabemos que un verdadero seguidor de Cristo no es una persona común y corriente.

El problema radica en que hoy en día la sociedad percibe al cristiano desde una interpretación vaga. Esto ha ocurrido porque lo hemos permitido con nuestro mal testimonio y la falta de una práctica diaria que refleje los rasgos del Maestro. No debemos olvidar que a los primeros discípulos se les llamó «cristianos» precisamente porque eran el reflejo vivo de Cristo en la tierra.

Un cristiano se forma cuando se identifica plenamente con el carácter, los principios y el modelo de vida de Jesús: sus buenos hábitos, sus valores y su estilo de vida en comunidad. Esto era lo que hacía a Cristo destacar de manera única en la sociedad de su época, y es allí donde debemos comprender el verdadero significado de nuestra fe. Frente a un mundo descarriado, se vuelve indispensable estudiar a fondo el comportamiento de Jesús, tanto en su relación con Dios como con su prójimo, para contar con parámetros claros sobre cómo imitarle.

Jesucristo resumió toda la enseñanza Bíblica en un principio tan sencillo como práctico: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. A menudo olvidamos que el amor a Dios está estrictamente vinculado con nuestro impacto social. El prójimo es nuestra comunidad, y un testimonio íntegro le demuestra al mundo que realmente amamos al Señor. Jesús amó tanto a la humanidad que entregó su vida por la sociedad de su tiempo y por las generaciones venideras.

La influencia social de un cristiano es el reflejo directo de su amor por Dios, pues la obediencia nace de la comunión espiritual con Él (Juan 14:15). Las Escrituras ofrecen, en esencia, una norma fundamental de convivencia; por ello, diversas naciones han tomado la Biblia como referencia para redactar sus constituciones. Más allá de un conjunto de reglas religiosas, la Biblia es un mapa de relaciones interpersonales diseñado al estilo de Dios.

Cuando practicamos estos principios, no solo respaldamos el propósito original del cristianismo, sino que también transformamos nuestras comunidades e influimos de manera positiva en naciones enteras.

Un cristiano fiel es la clave para el desarrollo de su país.

Salmos 33:12

No podemos llamarnos cristianos si carecemos de honestidad, transparencia, amabilidad, responsabilidad, honradez y generosidad. Tampoco si descuidamos la cortesía, el respeto por los derechos ajenos, la puntualidad, el dominio propio, el cumplimiento de la ley, el pago de impuestos, la búsqueda del bien común, el servicio, la oración y el estudio de las Escrituras. En síntesis: no hay cristianismo sin integridad. No hace falta ser un teólogo para comprender que estas cualidades provienen de Cristo, y que estas prácticas de fe agradan al Señor y nos mantienen en verdadera comunión con Él.

Dios recompensará el esfuerzo genuino por agradarle. Aunque no somos perfectos, el Señor nos llama a ser santos en toda nuestra manera de vivir (1 Pedro 1:15); en otras palabras, a ser distintos, apartados y consagrados para su propósito. Un cristiano fiel no se conforma únicamente con ser salvo, sino que renueva su entendimiento diariamente para discernir y vivir según la voluntad de Dios (2 Corintios 5:17).

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