miércoles, 15 de abril de 2009

INCENDIO DEL TEMPLO DE JERUSALEN DE AÑO SETENTA

Este es un fragmento del la narrativa del historiador judío Flavio Josefo, en su obra LAS GUERRAS DE LOS JUDIOS escrita muy probablemente en el año 77 d.C. En este fragmento narra parte de la destrucción del templo en Jerusalén en el año 70 d.C., después de una revuelta judía. Este es un fragmento copiado literalmente de la obra antes mencionada, al final del artículo se encuentra la bibliografía.


INCENDIO DEL TEMPLO DE JERUSALEN DE AÑO SETENTA


Tito se retiro entonces a la torre Antonia con la intención de atacar durante la siguiente madrugada con toda su fuerza y abrumar a los defensores del templo. Pero aquel día -el décimo de Lous (30 de agosto)- el edificio estaba sentenciado; era el mismo día en que el templo anterior había sido destruido por el rey de Babilonia.

Cuando Tito se retiro, los rebeldes volvieron a cargar contra los romanos, y se dio un conflicto entre los guardas judíos del santuario y las tropas romanas que estaban tratando de apagar las llamas en el atrio interior. Los judíos fueron dispersados y perseguidos adentro del santuario. En este momento un soldado, sin esperar órdenes ni deteniéndose ante una acción tan terrible, tomo un ascua ardiendo. Levantado por uno de sus camaradas arrojo el ascua ardiendo a través de una pequeña puerta dorada del lado norte que daba acceso a las cámaras que rodeaban el santuario. Al prender las llamas broto un clamor terrible de los judíos, que se precipitaron al rescate sin preocuparse por sus vidas.


Tito estaba descansando en su tienda cuando un mensajero se precipito allí con las noticias. Saltando tal como estaba corrió al templo para apagar las llamas. Pero había tal ruido y confusión que los soldados no podían o no querían oír las ordenes de su general, ni obedecer a sus ademanes. Nada podía detener la furia de sus tropas, y muchos fueron atropellados por sus camaradas en las entradas. Cayendo entre las ruinas llameantes compartían la suerte de sus enemigos.

Enloquecidos de ira y pretendiendo no oír las ordenes de su general, los soldados seguían corriendo, lanzando sus antorchas dentro del santuario. Los rebeldes eran ahora impotentes y no hicieron ningún intento para defenderse, porque por todos lados había degollina y huida, siendo los no combatientes las principales victimas de la matanza. Alrededor del altar había montones de cadáveres, mientras que arroyos de sangre corrían por las escalinatas del santuario.

Al ver Cesar que no podía refrenar la furia de sus soldados, el y sus generales entraron en el edificio y contemplaron el lugar santo del santuario y todos los esplendores que contenía. Por cuanto las llamas no habían llegado aun al interior, sino que estaban aun consumiendo las cámaras que rodeaban el templo, Tito hizo un último esfuerzo por salvarlo. Precipitándose fuera ordeno a sus tropas que apagaran el fuego, mandando a uno de sus centuriones que diera muerte a garrotazos a quien desobedeciera sus órdenes. Pero el respeto hacia su general, y el temor al castigo habían quedado desbordados por su odio desenfrenado contra los judíos y por la esperanza del botín. Viendo que todo lo que les rodeaba estaba hecho de oro supusieron que el interior contendría unos inmensos tesoros. Y cuando Tito corrió fuera para refrenar a las tropas, uno de los que habían entrado con el hecho un ascua a los goznes de la puerta (del templo interior), y las llamas prendieron en el interior. Cesar y sus generales se retiraron, y así, contra sus deseos, fue quemado el santuario.

Mientras el templo ardía los vencedores robaron todo aquello sobre lo que pudieron echar las manos, y degollaron a todos los que encontraron. No se mostró compasión para nadie, ni por edad ni por distinción, viejos o niños, los laicos o sacerdotes: todos fueron muertos. Mientras rugían las llamas, y por cuanto el templo estaba sobre un monte, parecía como si toda la ciudad estuviera ardiendo. El fragor era ensordecedor, con los gritos de guerra de las legiones, los aullidos de los rebeldes rodeados de fuego y espadas, y los chillidos de la gente. La tierra estaba tapada por los cadáveres, y los soldados tenían que trepar sobre los montones de cuerpos en su persecución de los fugitivos. Los bandidos judíos se abrieron paso a través de los romanos hacia el patio exterior del templo, y luego a la ciudad. Algunos de los sacerdotes tomaron al principio picas del santuario y las arrojaron a los romanos, pero después, alejándose de las llamas, se retiraron a la muralla.


Fuente: JOSEFO LAS OBRAS ESCENCIALES Pág. 370-372
Trabajo de traducción y edición del historiador Paul L. Maier, 1994 por kregel publications, Gran Rapids, Michigan; Editorial Portavoz.
Traducción al castellano: Santiago Escuain y R. mercedes de la Rosa.

Para más información del autor JOSEFO hacer clic aquí; y del historiador Paul L. Maier clic aquí.

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