"El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca" Immanuel Kant

miércoles, 24 de junio de 2009

¿Hay contradicción entre la fe y la razón?

En esta oportunidad quiero compartir parte de mis lecturas, ya que me parece oportuno compartir estos conocimientos expuestos en el siguiente material, espero que lo puedan leer y meditar al final; no esta demás comentarles que coincido totalmente en el tema.


La fe puesta en jaque


La pregunta que introduce la siguiente reflexión ha sido combustible inagotable para milenios de filosofía, ciencia y religión. Por tratarse de una problemática tan abrumadora, solo me limitaré a arrojar un poco de luz –Dios lo permita mediante algunas consideraciones necesarias, especialmente pensadas en el desafío que significa ser un creyente en Cristo en la adolescencia.

En un sentido amplio, quisiera remitirme a algunos devaneos ideológicos1 que han dado forma –y contenido a la sociedad como la conocemos hoy. Todo comienza con aquel movimiento filosófico del siglo XVIII que suscita más de un bostezo en las eternas clases de historia: la Ilustración. Los principios ilustrados, entre otras incidencias, elevaron la razón a una posición privilegiada como instrumento adecuado para acceder al verdadero conocimiento. Desde entonces, en occidente, el intelecto llegaría a ser la única herramienta confiable para poder conocer el mundo que nos rodea. El estatus que alcanzó la razón humana en la Ilustración dio hálito de vida a una tendencia posterior conocida como racionalismo. En este contexto, la fe fue suplantada por la razón humana como camino más seguro hacia la verdad. Este mismo racionalismo generó planteamientos afines –como el naturalismo2 y el materialismo y opuestos –como el romanticismo y el idealismo. La elevada confianza que adquirió la razón no ha sido desafiada sino hasta en la actualidad, por los filósofos postmodernitas, los cuales plantean que no podemos confiar en la razón como instrumento objetivo del pensamiento.


Como ya quedó anunciado en el párrafo anterior, el impacto que en el ámbito religioso generaron estas ideas fue el desmesurado desprestigio de la fe. La fe ha sido puesta en jaque por el dominio de la razón (como si se tratara de dos enemigas encolerizadas); aparentemente el delicado cuello de la fe se encuentra amenazado por la filosa espada de la razón. ¿Pero se trata precisamente de una asidua batalla entre ambas?


Denunciando algunos mitos

La conclusión que más se oye a gritos en la en la sociedad moderna, como respuesta a la pregunta anterior es: “¡SÍ! La fe se encuentra en graves problemas, puesto que la razón humana ha logrado desnudar su falta de fundamento. Las

1 Para un contexto más detallado, véase anexo I.

2 Fundamento teórico para las ciencias naturales.

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Religiones como el cristianismo no son más que una fe ciega en asuntos irracionales. La razón es incompatible con una fe de ese tipo. Aquel que cree, necesariamente debe vendar los ojos de la razón y cometer suicidio intelectual.”

Las iglesias cristianas, conscientes de las demandas de la razón, han reaccionado ya sea adaptándose a tales demandas, o bien, rechazándolas como amenazas proferidas desde el mismo infierno. Las primeras –llamémoslas modernistas subordinan la fe a la razón y las segundas –llamémoslas conservadoras tienden a rechazar la razón.

Las tendencias modernistas, en efecto, se esmeran por adaptar la Biblia a las ciencias y a la razón humana. Por lo mismo, no es de extrañar que acaben por negar toda creencia que no se ajusta a la lógica. Creencias como los milagros, la trinidad, la doble naturaleza de Cristo, la inspiración de la Biblia, etc.


Por el contrario, dentro de los grupos conservadores de cristianos, muchas veces se oyen afirmaciones prejuiciadas acerca de la razón, que la conciben como un instrumento antirreligioso. Cualquier intento por razonar la fe puede ser calificado como “racionalismo encubierto”. Sin duda, esto se debe a la nociva influencia que ejerció el racionalismo en las congregaciones cristianas durante los últimos siglos. Pero no debemos olvidar que el intelecto es don de Dios.


Ambas reacciones parten de un supuesto erróneo que requiere urgente denuncia: fe y razón se oponen. Algunos dejan la fe para vivir una religión racionalista. Otros optan por una fe ciega, a pesar de la razón. Ambos extremos han respondido con un “sí” a nuestra pregunta inicial: ¿hay contradicción entre la razón y la fe? Pero nada hay más distante de lo que la Biblia indica sobre el asunto. En la fe apostólica nunca hubo divorcio entre la fe y la razón. Al contrario, siempre fueron compañeras de armas. El mal entendido que visualiza una fe enemistada con la razón ha dado lugar a ideas equivocadas como la de plantear que “la fe cristiana es una fe ciega y sin fundamento”.


Las razones por las que resulta inaceptable pensar en una fe ciega, sin fundamento y opuesta a la razón, son las siguientes:


1. El primer mandamiento de todos

Unos maestros religiosos acercándose a Jesús para ponerlo a prueba en los asuntos de la Ley judía, le preguntaron: “¿cuál es el primer mandamiento de todos?” Sin un gramo de duda Jesús respondió citando la Ley, del siguiente modo: “El primer mandamiento de todos es: […] Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento” (Marcos 12:29,30). La pregunta que conviene hacernos acontinuación es: ¿cómo podríamos amar a Dios con toda nuestra mente si, como algunos dicen, la mente rechaza lo que creemos? Dado que podemos amar a Dios, no solo con nuestro corazón, alma y fuerzas, sino también con nuestra mente, la idea de una fe irracional se desmorona. En efecto, para creer, no solo necesitamos integrar emociones y voluntad, sino también nuestra mente.



2. Jesús rechazó tal concepto

La fe que demandó Jesús de nosotros, no era un salto hacia la oscuridad intelectual, sino hacia la luz, la luz del evangelio. Él mismo señaló en Juan 8:32 “Y conoceréis la verdad [no ignoraréis], y la verdad os libertará.”


3. El testimonio del apóstol Pablo

Todos conocemos la conversión de Pablo: algo misterioso lo llevó a creer en Cristo. No obstante, él mismo expresa a Timoteo: “yo sé a quién he creído” (1 Timoteo 1:12). Esto indica notablemente que, la obra regeneradora del Espíritu Santo no se aplica a los escogidos a pesar de la razón, Él no obra una fe sin fundamento en el corazón de los cristianos.



4. Lo valioso de la fe en Cristo

Según lo expresa el mismo Pablo, “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). Por esto sabemos que lo valioso de la fe es el objeto de nuestra fe es decir, Cristo, la resurrección, la Biblia y no la fe en sí misma. Pues no sirve de nada creer en un castillo en las nubes, en cuadrados redondos o en caballos voladores, si tales hechos son absolutamente falsos. El Cristianismo, contrario a lo que muchos piensan, está fundado en hechos. Nosotros creemos en un Dios vivo y verdadero que, si bien no podemos ni pretendemos demostrar, Él ha dispuesto las cosas de tal suerte que podemos reconocer sus efectos y evidencias. El ejemplo bíblico más claro con respecto a este asunto es el que ya citamos acerca de la resurrección de Jesús (1 Corintios 15:14). Aquí Pablo deja muy claro que la fe cristiana es fe en Cristo. Su valor no radica en el que cree o en la fe en sí misma, sino en aquel en el cual se cree. De hecho, si el objeto de nuestra fe fuera falso, la fe sería vana. Esto queda claramente ilustrado en 1 Corintios 15:19 “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, los más miserables somos de todos los hombres.” Esto significa, “si ponemos nuestra fe en un Mesías no resucitado”.

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La paradoja de la fe

Hasta aquí hemos asumido que, en la perspectiva bíblica, no hay contradicción entre fe y razón. Pero para los incrédulos la fe cristiana sigue siendo un atentado contra la razón. Por ejemplo, la creencia en un Dios trino, que es uno y que es tres al mismo tiempo; o la creencia en un Mesías que es perfecto hombre y perfecto Dios a la vez; o la creencia en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, contradicen la lógica humana. Esto amerita alguna buena explicación. ¿Acaso negaremos que la lógica desafíe tales doctrinas? Ante esta dificultad, no debemos cometer el error de pensar que debemos creer solo lo que podemos comprender totalmente. No debemos esperar que la descomunal verdad quepa dentro de las paredes de nuestra mente. Josh McDowell y Thomas Williams ilustran dicha improcedencia del siguiente modo:


“Confinar la creencia dentro de los límites de la mente es como proteger del peligro a un niño en crecimiento encerrándolo en un cuarto oscuro. Estará seguro de los perros, las avispas y de conductores ebrios, pero su desarrollo se obstaculizará. Nunca experimentará la alegría de la luz del sol, de un césped ni de las mariposas. De la misma manera, nuestras creencias estarán “seguras” si conservamos solo aquellas que podemos guardar con llave dentro de las paredes de nuestra comprensión, pero nunca experimentaremos la alegría de zambullirnos en las gigantes olas de la verdad y descubrir la realidad más allá del horizonte de la comprensión de la mente.”3



La fe supera la razón en aquello que le resulta imposible de concebir. Esto no significa que ambas se opongan, sino que la fe llega más allá que la razón, pero en la misma dirección. Tomando prestada una metáfora de los mismos autores citados, “cuando la razón llega al borde del abismo del conocimiento, señala el puente que la fe debe cruzar”4.

En definitiva, negamos que la razón desafíe la fe, en cambio, afirmamos que la fe desafía la razón. Dios espera que superemos la barrera de la razón mediante un salto de fe. Cuando la razón nos dice: “es imposible”; la fe nos dice: “para Dios es posible”. En este sentido, no habría contradicción, sino paradoja. La paradoja es una contradicción aparente. Aquellos que no logran entender la fe (es decir, los incrédulos) seguirán pensando que es un atentado contra la razón, pero aquellos cuyo entendimiento ha sido iluminado por el Espíritu Santo somos capaces de distinguir la contradicción aparente, es decir, la paradoja. Por eso Pablo,


3 McDowell, J y Williams, T. 2006. En busca de certeza. Editorial Mundo Hispano. p.139.

4 Íbid. p.141.

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enseñando a los corintios, dijo que “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:21). Nosotros negamos que nuestro Dios todopoderoso esté limitado por las dimensiones lógicas de la mente humana. Pero asimismo sabemos que la razón es don de Dios y que podemos amarlo, no solo con nuestra alma o con nuestro corazón, sino también con toda nuestra mente. Por ello, los cristianos creemos que “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; mas a los que se salvan, es a saber, a nosotros, es potencia de Dios” (1 Corintios 1:18).


Razones para creer


“¿Por qué la Biblia es un documento histórico confiable? ¿Quién nos asegura que Jesús resucitó? ¿Realmente Dios existe?5 ¿Cómo sabemos que los 66 libros que conforman la escritura son los únicos por medio de los cuales Dios ha hablado? ¿Cómo superar las aparentes contradicciones de los evangelios? ¿Acaso existió Jesús? ¿Qué sucede si la ciencia dice una cosa y la Biblia dice otra? ¿Por qué creo?”

Los incrédulos formulan buenas preguntas, pero los cristianos no siempre propiciamos buenas respuestas. Tenemos el deber de estar preparados para responder a quiénes nos pregunten porqué creemos6. No para satisfacer la arrogancia intelectual de los incrédulos, sino para quitar los obstáculos que ponen los incrédulos a la predicación del evangelio.

La adolescencia trae consigo un cúmulo de preguntas y dudas del tipo indicado al comienzo. Pocos son los que salen de su comodidad intelectual para satisfacer estas incertidumbres, pero aquellos que emprenden el rumbo en busca de evidencias no serán defraudados, pues la fe cristiana no es una fe ciega, sino una fe en hechos, hechos que pueden ser sometidos al juicio de la razón.

El trasfondo que enmarca tanto la defensa de esta fe fundamentada como sus evidencias se denomina apologética. La apologética es la herramienta teológica que agrupa de manera sistemática nuestras razones para creer. Si bien esta herramienta no pretende convencer ni persuadir a los incrédulos, sí representa una utilidad favorable para desmitificar los prejuicios con que se califica al evangelio como una fe ciega e infundada.

El desafío que planteo para aquellos que han llegado a estas alturas del estudio es el de zambullirse en los cimientos de la fe y estar dispuesto a sudar más de lo que estarían dispuestos a sudar con un partido de fútbol o con un paseo por el pavimento ardiente. Cuando consagremos la razón a los asuntos de nuestro Padre, cuando aprendamos que la emoción y la voluntad no bastan, solo entonces estaremos preparados para responder con mansedumbre a quienes demanden razón de la esperanza que tenemos.

5 Véase anexo II

6 Confrontar con 1 Pedro 3:15.




Anexos

I. Esbozo de las ideas religiosas en Europa (siglos XVIII al XX)


1. Ideas filosóficas


Los principios ilustrados del siglo XVIII, que elevaron la razón a una posición privilegiada para poder acceder al verdadero conocimiento, influenciaron los siglos siguientes con la tendencia conocida como racionalismo. En este contexto, la fe fue suplantada por la razón humana como camino más seguro hacia la verdad. Este mismo racionalismo generó planteamientos afines –como el naturalismo y el materialismo y opuestos –como el romanticismo y el idealismo. 7


El naturalismo se posicionó como cimiento epistemológico para las ciencias naturales al afirmar que la realidad, como conjunto, existe por completo y exclusivamente en la naturaleza. Ésta, a su vez, funciona como un sistema cerrado, cuyas reacciones entrabadas de causas y efectos dan forma a la totalidad del universo conocido y por conocer. El naturalismo niega de entrada lo sobrenatural y postula que la investigación científica es la única adecuada para aproximarnos a la realidad.


El materialismo estableció aserciones análogas al naturalismo, aunque su dirección apuntó, más bien, hacia las ciencias sociales. En este paradigma, la materia sería la realidad última y todo lo espiritual o inmaterial debe ser reducido a una explicación fisiológica de base cientificista. La consecuencia de esto fue la eliminación abrupta de conceptos como “alma”, “conciencia”, “espíritu”, etc.

En igual nivel de incidencia filosófica, se halla el liberalismo, que impugnó todo aquello que restringía la libertad individual. Esta corriente, entre otras, hizo desplazar el concepto de la verdad absoluta sustituyéndolo por una verdad relativa, según la cual cada individuo construye su propia verdad.


Un resultado visible y vigente en la sociedad moderna y contemporánea, cuyo antecedente puede ser rastreado en cada uno de estos movimientos, es el escepticismo, filosofía de vida caracterizada por la incredulidad y el cuestionamiento de los sistemas religiosos. El escepticismo acentúa la propuesta racionalista, coartando la fe y las creencias de cualquier clase.


2. Ideas teológicas


Cada directriz filosófica tuvo su influjo en la teología de los siglos XIX y XX, teniendo resabios incluso en nuestros días. El racionalismo vulgar, que quería reducir toda la fe a un rígido sistema filosófico, puso a la razón humana como autoridad suprema y desestimó la autoridad de la Biblia. Este racionalismo, en su versión naturalista y materialista, dio origen al liberalismo teológico o modernismo, según el cual la mayoría de las escuelas teológicas del siglo XIX reformularon y reinterpretaron sus doctrinas cristianas en función de los descubrimientos científicos (e.g. evolucionismo), psicológicos (e.g. negación del pecado), históricos (e.g. datación tardía de los evangelios) y lingüísticos (e.g. crítica textual, depuración del texto griego en base a un par de manuscritos del siglo IV pero deficientes). El resultado de esto fue una concatenación de atentados doctrinales en contra de la trinidad, la inspiración de la Biblia, la divinidad de Jesucristo, los milagros, etc. Las herejías más arcaicas se apoderaron nuevamente del escenario teológico europeo, destacándose entre éstas: el deísmo (creencia en un dios personal, creador del universo, al cual dio leyes naturales inflexibles y enseguida lo dejó librado a ellas, sin volver a intervenir en él de ningún modo); el panteísmo (por el cual creían que todo es Dios, que Dios es la naturaleza, por lo cual cada ser humano debe buscarlo sólo dentro de sí mismo, sin ninguna otra autoridad que su propia razón. Idea fuertemente promulgada por Spinoza); el agnosticismo (según el cual negaron la posibilidad de conocer a Dios) y el ateísmo (la negación de la existencia de Dios). Basado en este liberalismo teológico, a veces contradiciéndolo, pero en el fondo, siempre en conformidad con sus ideas racionalistas básicas, han aparecido en el siglo XX una infinidad de falsas teologías, unidas en su rechazo y desprecio –ya sea implícito o explícito– por la Biblia como autoridad suprema. Las iglesias dieron cabida lentamente a los heresiarcas de la época y las bases de la apostasía moderna fueron instauradas sólidamente en los credos denominacionales. Para condecorar todo esto, surgió el afamado movimiento ecuménico del siglo XIX, tanto en círculos evangélicos (Consejo Mundial de Iglesias, 1948) como católicos (Concilio Vaticano II, 1959). Éste promulga, entre otras ideas antibíblicas, la conformación de una súperiglesia mundial que agrupe todos los credos religiosos, sin importar las divergencias doctrinales y su sustento escritural.


II. Argumento Cosmológico

La pregunta por el ser


Heidegger en su libro titulado “¿Qué es metafísica?” formalizó la pregunta por excelencia que la ontología se ha formulado desde tiempos inmemoriales: ¿por qué es el ser que no más bien la nada? El alcance que tiene esta interrogante supone un grito de incertidumbre por parte de quienes la profieren, puesto que se está cuestionando la misma existencia, no solo individual, sino además la de la totalidad del ser: todo lo que era, continúa siendo y será. El monumental misterio del ser, por más abstracto que parezca, es un misterio que está presente en cada individuo racional. ¿Cuál es el sentido de todo lo que existe? ¿Por qué existe el universo y en vez de aquello no hubo nada? En fin.


El problema del origen

Uno de los tantos intentos aproximativos que ha habido para abarcar este misterio astronómico es el que podríamos denominar finitud infinitud. Con ello aludimos a que el dilema del ser puede derivarse, entre sus muchas aristas, al problema del origen, si es que lo hubo realmente. Este problema es, de igual modo, otro gran misterio, pero, a diferencia de la pregunta por el ser, es más susceptible de dimensionar en términos lógicos, puesto que nos obliga a enfrentarnos a la ineludible alternativa de reconocer que el ser –o para delimitar más el problema, el universo tuvo un origen (es finito) o, por el contrario, ha existido desde siempre (es infinito).

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El universo es finito: prueba científica

Ahora bien, la concepción de un pasado infinito (es decir, un universo que siempre ha existido sin un comienzo) es imposible, tanto desde la óptica científica como filosófica. En primer lugar, posee serios problemas con la segunda ley de la termodinámica, según la cual sabemos que la energía utilizable del universo se está disipando gradualmente y, consecuentemente, jamás podrá ser reutilizada. Con certeza, este hecho vaticina que el universo está condenado a la muerte térmica, una vez que alcancemos la entropía máxima. Pues bien, en el supuesto de que el universo ha existido desde siempre es inconcebible que hayamos recorrido una temporalidad infinita hasta encontrarnos en un hoy, dado que si el tiempo que ha transcurrido es infinito, ¿cómo es que no hemos alcanzado esa entropía máxima? ¿Por qué hay tantos soles que no se extinguieron, entre ellos nuestro sistema solar, del cual nuestra tierra sigue aprovechando su energía térmica? En este supuesto pasado infinito, la entropía tuvo tiempo de sobra para regular todos los desniveles térmicos hasta llegar al cero Kelvin absoluto y, sin embargo, no fue así.


El universo es finito: prueba filosófica

Aun cuando esta prueba es suficiente para desacreditar el supuesto pasado infinito del universo, presentaremos, a continuación, un razonamiento lógico según el cual resulta imposible esta teoría. En la argumentación anterior, mencionamos que era imposible haber recorrido una temporalidad infinita a causa de la segunda ley de la termodinámica. Pero supongamos que no haya existido tal ley. En ese caso, el haber recorrido una temporalidad infinita es, de igual modo, una imposibilidad. La razón es la siguiente: si bien es posible de concebir una serie infinita abstracta de puntos, por ejemplo, entre una línea imaginaria que va desde A hasta B, sin importar el largo que ésta tenga, no obstante, en la realidad tangible esta abstracción es imposible de concretar. Pensemos, ahora, en los dos extremos de una piscina; por más ínfimas que sean las brazadas que demos, tarde o temprano llegaremos al otro extremo. En síntesis, el infinito no es concebible en nuestra materialidad tangible. En el caso del universo, si aceptamos el supuesto de que ha existido desde siempre, entonces tendríamos que admitir que hemos recorrido una distancia concreta y a su vez infinita hasta encontrarnos en un hoy, lo cual es totalmente improbable por lo ya indicado.

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¿Qué hay con “de la nada nada se hace”?

De paso, es preciso mencionar el argumento empleado por quienes adscriben a la teoría que hemos rebatido: ex nihilo nihil fit (de la nada nada se hace). Sobre este supuesto se ha pretendido demostrar que la materia es eterna. Sin embargo, el mismo tipo de silogismo –a saber: de noA no viene A usado en tal máxima no suele ser empleado con la misma fuerza argumentativa para el siguiente enunciado: de la novida no proviene la vida. La razón de ello es sumamente clara: la materia como tal es inanimada o, si se prefiere, muerta. La conclusión al respecto es evidente.


Primera conclusión

Por lo pronto, ha quedado al descubierto que la teoría del estado constante no se sostiene, pues carece de fundamento tanto científico como filosófico. En consecuencia, no nos queda más que admitir que hubo un origen.


La infranqueable ley de causalidad

En los segmentos anteriores hemos concluido que el universo es una entidad finita, de la misma clase que lo son entidades reales como una gota de rocío deslizándose por una ventana, el vidrio del cual se compone dicha ventana, la madera del marco que la circunda, el árbol del cual se extrajo semejante madera, la tierra, las galaxias, hasta llegar al universo mismo: una entidad inconmensurable para el ser humano, pero finita, tal como los entes anteriores. Por ley de causalidad, sabemos que todo ente finito es efecto de una causa anterior. Lo importante de esta relación causaefecto no es la relación en sí misma, sino el hecho de que la causa es algo, es decir, una sustancia existente que, con cierto poder inherente, es capaz de efectuar aquello de lo cual es causa. Para ilustrar este punto, pensemos en las entidades finitas ya mencionadas: una gota de rocío se desliza por una ventana es causa de una sustancia del mundo real posible de identificar con las condiciones atmosféricas que generan la lluvia; o en el caso del marco de dicha ventana, es presumible que pudo ser causado por un determinado carpintero, quien a su vez aprendió sus habilidades en cierto manual de carpintería o bajo la tutela de su padre. El caso de los hechos cíclicos tales como el sucederse de las estaciones del año, ameritan una consideración especial, puesto que las entidades que relacionan no pueden ser identificadas con una relación de causalidad. Por ejemplo, nadie pensaría que la primavera es efecto del

invierno. No obstante, el ciclo total de las estaciones necesariamente tuvo un origen o causa distinta de sí mismo, de lo contrario sería otro de los entes concretos y supuestamente infinitos, lo cual es falso.


Una causa incausada todo suficiente

En seguida, la cadena total de causas de efectos que a su vez son causas de otros efectos no puede ser eterna; necesariamente debió haber una causa que fuese causa de todas las causas y que a su vez sea causa de sí misma, es decir, una causa incausada o, como lo llama Leibniz, un principio de razón suficiente para todo lo que es. Esta causa –tal como todas las causas debe ser mayor que su efecto y, como ya indicamos, debe estar dotada de un poder adecuado que le permita causar esta suma de fenómenos astronómicos. Dicha causa no pudo ser el universo –pues, como ya lo expusimos, éste tuvo un origen, sino algo que está más allá del universo mismo…


Segunda conclusión

Es cierto que el resultado final de esta argumentación –aquel Ser incausado que es causa de todo lo que es no nos dice mucho acerca del Dios cristiano y del Génesis 1:1, pero nadie negará que desde aquí al ateísmo se requiere mayor fe que aquella por la cual nosotros creemos que



Dios es la causa.


Por Claudio Garrido Sepulveda

2 comentarios:

Gerardo Barrientos dijo...

Una de las ideas favoritas de los creyentes es esa de que “los ateos necesitamos más fe que los teistas” y nada más alejado de la realidad. ¿Cómo decir que requiere más fé el que considera cierto algo en base a pruebas que aquel que cree por que sus pastores , líderes o asesores espirituales le han amenazado con el castigo eterno si no cree?.

Las ideas planteadas en el artículo, deberían ser sometidas a ciertas actualizaciones, curiosamente la vía de la causa no causada, y el ser preeminente son originales de Santo Tomás de Aquino y no de ninguno de los filósofos citados. Hubiese sido conveniente citar la fuente original . Habría que recordar también que las primeras compilaciones del canon biblico incluyeron más libros que los 66 aceptados por las iglesias protestantes hoy en día., que fueron agregados y quitados textos durante 300 años antes de la formación original del texto y que hasta la época de la Reforma se volvieron a considerar como inspirados sólo los libros del primer canon y se eliminaron los deutorcanónicos, que habían sido aceptados por la cristiandad durante casi 15 siglos.

Pero analizando las ideas tomistas de las causas, hoy en día son incongruentes con la experiencia científica, la idea de que toda causa provoca un efecto fue aceptada mientras la humanidad no tuvo el conocimiento necesario sobre física y mecánica cuántica, hoy en día la premisa no es válida, debido al llamado Principio de Incertidumbre que ha demostrado que constantemente se producen en el universo pares de partículas , literalmente de la nada ,que se construyen y se destruyen en tiempos enormemente cortos (esta idea sustenta la mecánica cúantica), por lo tanto en nuestro universo sí existen efectos que no fueron precedidos por causa alguna. El argumento tambien falla en atribuir al Dios bíblico las causas, aún si las evidencias implicaran la creación espontánea de materia eso no significa en modo alguno que la causa sea Yahvé o Jehová o Jesús, desde ese punto de vista si utilizamos la razón bien podría atribuírsele a Kukulkán, Thor, Zeus, La Energía Universal, Las Hadas, Los Duendes, los extraterrestres, y un largísimo etcétera. Tanta validez tiene desde el punto de vista de la razón la Biblia como el Popol Vuh, el Corán y los demás textos sagrados
.
Desde el punto de vista científico, en el fondo, el universo no tuvo un comienzo, porque para que algo “comience” es necesario que exista un antes en el que no existe y un después en el que ya existe, pues bien, hoy en día la teoría más aceptada y con mejores pruebas ( galaxias en expansión, radiación cósmica de fondo, etc) es la del Big Bang, no la aceptamos por fe, sino porque las pruebas están alli y cualquiera que se especialice en el tema encontrará dichas pruebas, pues bien en el instante del Big Bang se formó el universo, pero también se formó el tiempo tal como lo conocemos hoy en día. Quiere decir que el tiempo se formó junto con el universo, no puede existir por lo tanto un “antes” ya que antes del Big Bang no existía el tiempo. Sin embargo pueden existir otras teorías alternativas que también son necesarias de probar. ¿Qué sucede si el universo se comporta como una esfera? En ese caso no sería infinito pero tampoco tendría límites. ¿Qué sucede si nuestro universo es consecuencia de los restos de un universo precedente, que a su vez es consecuencia de otro u otros más antiguos? En ese caso la ley de termodinámica no se aplica porque nuestro universo no sería un sistema cerrado. Todas son ideas factibles que esperan ser probadas científicamente y que no implican la presencia de un creador.

Anónimo dijo...

la entropía no es aplicable a nuestro universo, pues existen infinitos universos que pueden interactuar entre si por medio de agujeros negros y blancos, por lo que el universo no es un sistema cerrado y la entropía no se cumple.
por otro lado, así como se crean y desaparecen partículas en todo momento por medio de la mecánica cuántica , del mismo modo pueden surgir universos completos de unos más grandes, éstos serían finitos, pero el cosmos infinito para permitir la aparición de éstos.

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