domingo, 11 de octubre de 2009

RESUCITO JESUCRISTO?

RESUCITO JESUCRISTO?

La resurrección de Jesucristo es el pilar fundamental de la fe cristiana, pues todas las cosas que Jesús dijo y enseñó, acerca de los secretos del más allá de la muerte, son verdad si lo es su propia persona. Vamos, pues, a analizar el suceso de su resurrección tratando de ver cómo muchos ya lo han intentado, de qué manera se podría explicar aquella fe intrépida que mostraron los cristianos primitivos si Jesucristo no hubiese resucitado.

Ilusión o realidad

Algunos escritores racionalistas han pretendido que los discípulos, afectados por la súbita desaparición de su Maestro, y deseando verle resucitado, pudieron ser víctimas de una ilusión mental, que ellos tomaron por realidad. La respuesta a esta teoría es que los discípulos no esperaban ver a Jesús resucitado y la incredu-lidad que manifestaron ante el suceso no favorece esta explicación. Las apariciones de Cristo tuvieron lugar, no una vez, sino varias, entre diferentes personas, las cuales habrían tenido que volverse locas todas a la vez, pues todas afirmaban que le habían visto y hasta comido con Él, e incluso repitieron las palabras que les había dicho. Un desequilibrio mental es muy posible en un solo testigo, pero no en once y menos en quinientos testigos juntos. La aparición de Jesús a Saulo, ¿fue también una ilusión del perseguidor? ¿Y qué podemos decir de los soldados que le acompañaban y oyeron la voz misteriosa que se juntó a la luz sobrenatural hasta el punto de dejar ciego al joven perseguidor de los cristianos? Además, si de ilusión se hubiera tratado, los sacerdotes judíos se habrían cuidado bien pronto de desvanecerla presentando el cuerpo de Jesús. Este era un argumento mucho más eficaz para suprimir al naciente cristianismo que los azotes y la cárcel. ¿Por qué no lo usaron? ¡Qué empeño no tendría el Sanedrín judío en poder desmentir la resurrección de Cristo! Antes de su entierro piden a Pilatos que ponga guardia en el sepulcro, que selle la piedra que lo cerraba; y Pilatos, en señal de deferencia al Senado judío, les permite que sean ellos mismos quienes pongan la guardia, poniendo a su disposición 16 soldados romanos. ¿Qué no harían los pontífices para buscar el cuerpo del Crucificado cuando se empezó a decir que había resucitado? ¿Qué no haría Pilatos, cuya sentencia era declarada injusta, cuyo sello había sido quebrantado y cuya autoridad quedaba por los suelos? Y sin embargo, el sepulcro estaba vacío, el cadáver de Jesús no se halló por ninguna parte.

No pudo ser un fraude

Otros, interesados en negar la resurrección, han dicho que quizá los discípulos robaron el cuerpo para tramar la farsa de la resurrección. Pero esta hipótesis, además de la dificultad material de su realización a causa de la guardia romana–que ningún pescador galileo por atrevido que fuese se habría aventurado a desafiar–, tiene otra dificultad insuperable. ¿Los primeros discípulos se habrían sacrificado por una mentira forjada sobre un cuerpo muerto? ¿Ninguno habría sido infiel ante el suplicio para descubrirla? El heroísmo por una fe sincera, sea de la clase que fuere, se comprende; pero el sacrificio de todas las comodidades materiales e incluso de la propia vida por el solo empeño de sostener una mentira conocida, forjada por uno mismo, es un caso sin precedentes y un absurdo inimaginable para toda mente sensata. Otros, por fin, han pretendido que Jesús no murió en la cruz y que sus amigos lograron reanimarlo. A esto podemos responder, en primer lugar, que sus enemigos tomarían las medidas necesarias, como las tomaron en efecto, para que esto no sucediera. Y en segundo lugar que los amigos que le habrían ayudado y cuidado sabrían muy bien cómo le habían hecho volver en sí, y que no era resurrección lo que se había verificado, sino reanimación de un desmayo. Y, como hemos indicado en el anterior supuesto de robo del cuerpo muerto, jamás habrían estado dispuestos a los sacrificios que les impuso la predicación del Cristo resucitado. Es muy de presumir que tal resurrección aparente, aun cuando de momento les hubiese llenado de alegría, estaría destinada a terminar con un fracaso rotundo.

Ninguno de sus discípulos habría estado dispuesto a dar la vida por un Cristo extenuado que hubiera necesitado de sus auxilios para volverle a su natural vigor. Aquella visión de dolor y de flaqueza de un Cristo postrado sobre un lecho habría constituido una pobre ayuda para su fe. Sólo la visión del «Hijo de Dios con potencia» podía llenar de un heroísmo hasta la muerte el corazón atribulado de los desalentados apóstoles. Es interesante notar la eficacia que tuvo el testimonio apostólico acerca de la resurrección de Jesucristo, cuando en pocas semanas se convirtieron unas 10.000 personas en Jerusalén. El Sanedrín judío se veía impotente para detener el movimiento.

La figura más alta de este supremo tribunal, según el historiador Josefo, el mismo Gamaliel, estaba en duda de si sería cosa de Dios o de los hombres cuando dijo: «No seamos tal vez hallados resistiendo a Dios». De este modo triunfó el cristianismo, no sólo en Judea, sino en todo el mundo antiguo. ¿Pudo esto ocurrir sin basarse en una realidad objetiva? Ahora bien, miremos y calculemos las consecuencias. Si Cristo cumplió su promesa de resucitar al tercer día y ascendió poco después a los cielos tras haber demostrado que tenía un cuerpo glorificado de un orden superior, según los describe el apóstol Pablo con la expresión griega soma ouranou (es decir, cuerpos espiritualmente anfibios, capaces de vivir a la vez en el ambiente terreno y en la cuarta dimensión de que nos habla Einstein), es capaz de cumplir las promesas que hizo a quienes creyeran en Él y le aceptaran como Salvador y Señor. En su última oración, dice: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo». No es extraño, pues, que el apóstol Pedro escriba en su primera carta a los que habían escuchado su discurso de Pentecostés: «Dios nos ha dado una esperanza viva (segura y cierta) por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos». Esto significa que si Cristo no se hubiese levantado de la tumba habrían dicho los apóstoles (y nosotros lo seguiríamos diciendo al igual que ellos): «Ojalá que fuera verdad lo que dijo aquel profeta judío, Jesús, antes de que le mataran, que él era el Hijo de Dios que vino a salvar a los que en él crean y le acepten como Redentor, y que él nos espera al otro lado de la muerte que se nos va acercando; pero, ¡ay!, murió como todos los hombres y nada más se ha sabido de él. ¿Será, pues, verdad lo que dijo?, ¿no lo será?». Pero ahora, porque Él resucitó, sabemos que está acreditado todo lo que prometió; no sólo al ladrón que murió crucificado con Él, a quien dijo que aquel mismo día estaría con Él en su reino, sino todo lo que nos ha prometido también a nosotros. Es por esta causa que el apóstol Pablo podía decir: «No mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven, porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas; porque sabemos que si la habitación de nuestro cuerpo físico se deshace, tenemos preparada por Dios una morada eterna en los cielos». Por consiguiente, como declara en otro lugar, ser desatado y estar con Cristo es muchísimo mejor que «estar en la carne». Aun cuando desde aquí no lo parezca, sino todo lo contrario.


Fuente: ¿Es razonable la fe cristiana? por: Samuel Vila

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