sábado, 26 de febrero de 2011

Una reseña de Signature in the Cell: DNA and the Evidence for Intelligent

Pruebas contra pruebas:
El nuevo libro de Meyer desvela la irracionalidad de la evolución

New Oxford Review






Una reseña de Signature in the Cell: DNA and the Evidence for Intelligent Design por Stephen C. Meyer. Harper One, 2009.


En una escena que parece sacada directamente de una novela de Henry James, Stephen Meyer, en aquellos entonces un estudiante americano de postgrado en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, metió lo que se dice la pata. Cuando un prestigioso profesor visitante estaba en el turno de preguntas después de dar una conferencia, Meyer le pidió algunas fuentes acerca del tema que se trataba. 

El profesor le respondió con cortesía, pero Meyer se quedó con una extraña sensación de que había algo que no estaba bien. Después, Meyer fue tomado aparte por uno de los catedráticos de Cambridge. En su sofisticado acento de Oxbridge, el amable catedrático le dijo a Meyer que admitir ignorancia podría estar bien en América, pero que era mala educación en Cambridge. En palabras del catedrático: «Aquí todo el mundo se dedica al bluf, y si quieres triunfar, tienes que aprender la técnica del bluf también».

Este libro es un testimonio de que, afortunadamente, este consejo nunca arraigó en Meyer. Porque después de abandonar su vida de geofísico en busca de petróleo para Atlantic Richfield, y después de conseguir un doctorado en Cambridge, continuó haciendo preguntas al comenzar de forma humilde pero resuelta su nueva búsqueda: tratar de comprender el origen y la base de la vida.

Nauralmente, esta es una antigua búsqueda. Y desde entonces y hasta ahora, la mayoría de las personas han creído que el sublime orden que vemos en la naturaleza tiene que ser producto de un diseño. Pero Charles Darwin argumentó que el diseño deliberado es un espejismo. La naturaleza por sí sola, mediante un proceso accidental de prueba y error, llamado selección natural, había producido durante largas eras esta inefable armonía.

Sin embargo, a pesar de sus batallones de seguidores militantes y de su aceptación por parte de la mayoría de las personas educadas, la teoría de Darwin, desde el principio, se sostenía sobre unos débiles apoyos. Consiguió aceptación principalmente debido a razones culturales. Las ideas progresistas habían conseguido llegar a ser dominantes durante el siglo 19, y de forma correspondiente las instituciones tradicionales eran objeto de ataque, principalmente la religión. En este contexto, las críticas de Darwin fueron atacadas como retrógradas y como religiosamente motivadas, a pesar de su objetividad científica y su rigor. Esta traicionera forma de polémica prosigue hasta el día de hoy.

En este sentido, el amplio y completo compendio del doctor Meyer constituye un asalto final y devastador contra el pueblo de Potemkin darwinista. Y que este extraordinario tratado se publicase en 2009, que fue a la vez el 200 aniversario del nacimiento de Darwin y el 150 aniversario de la publicación de El Origen de las Especies, añade un carácter de clausura a este destructivo episodio darwinista en la historia occidental.
Viajar a lugares extraños y exóticos influyó profundamente en las perspectivas tanto de Darwin como de Meyer. Darwin a América del Sur, y Meyer al interior de la célula orgánica. Aunque en sus aventuras Darwin vio la gran prolijidad de la vida, no tenía ni idea de la complejidad microscópica en el interior de cada célula, de las que tenemos billones en nuestros cuerpos. Para él, las células eran meros grumos de protoplasma, toscos instrumentos como componentes constructivos. Pero para Meyer, como para la ciencia moderna, las células son abrumadoramente complicadas y proporcionan la base para la vida.

Meyer comenzó su viaje cuando las circunstancias le llevaron a una conferencia sobre el tema del origen de la vida. Esta conferencia le llevó a la conciencia de cuán perpleja se siente la ciencia acerca de cómo comenzó la vida. Luego Meyer se dio cuenta de que la teoría de Darwin presentaba un inmenso vacío al no proporcionar ninguna explicación para la transición desde la materia inerte hasta la vida.

Los darwinistas coetáneos ignoran este vacío cuando les conviene. Sin embargo, cuando hablan a sus fieles, pronostican confiados que la selección natural cubrirá este vacío, y que con ello se proporcionará una explicación naturalista global para la aparición de la vida.

El doctor Meyer cuenta una historia más precisa acerca de los tanteos para intentar comprender la estructura fundamental de la vida.

Los primeros discípulos progresistas de Darwin pensaban que como el agua procede de una mezcla de hidrógeno y oxígeno, siendo ambos diferentes del agua, quizá entonces la vida podría también emerger de alguna combinación de sustancias químicas simples. Aquel período, en el que se conocía mucho menos tanto acerca de la historia de la tierra como de la complejidad de la vida, fue un último y fugaz tiempo en el que esta ingenuidad fue posible. Sin embargo, hacia la década de 1920, un destacado pionero en los estudios acerca del origen de la vida, el ruso Aleksandr Oparin, escribió: «El problema de la naturaleza de la vida y el problema de su origen se han hecho inseparables». 

Esta observación infundió confianza a Meyer acerca de la dirección que su búsqueda estaba tomando.

Durante la primera mitad del siglo 20, a pesar del bombo publicitario que se daba a la promesa de simular la vida en el laboratorio, los científicos se veían crecientemente frustrados por sus fracasos. Cosa irónica, o quizá no tan irónica, al mismo tiempo iban acumulándose los avances en biología molecular y en la comprensión de la herencia genética.

Retrotrayéndonos a la década de 1860, Gregor Mendel, experimentando con sus icónicos guisantes, realizó el descubrimiento original de los rasgos hereditarios característicos. Los conocimientos que él aportó junto con la ayuda de modernas tecnologías como los rayos X y ultrasonidos en el siglo 20 posibilitaron imágenes crecientemente más nítidas del interior de la célula. Y el paisaje en el interior de la célula involucra toda una variedad de moléculas, estructuras proteínicas como las mioglobinas, configuraciones contorsionadas, extrañas, tridimensionales recordando a Jackson Pollock. Hay también centrosomas, orgánulos y una asombrosa batería de otras estructuras bioquímicas.

En 1953, Watson y Crick descubrieron la estructura en hélice de la molécula de ADN que reside en el núcleo de la célula. En palabras de Meyer: «Las secuencias de bases de nucleótidos en el ADN y las secuencias de los aminoácidos en las proteínas son sumamente improbables, y por ello tienen una gran capacidad de almacenamiento de información», Esto es, cuanto más largas y más complicadas sean estas cadenas bioquímicas, tanta más información llevan; y, correspondientemente, se hace menos probable que estas cadenas bioquímicas funcionales llegaran a existir por azar.

Además, el doctor Meyer nos informa que la construcción de una célula funcional demanda más que sólo la información genética que se acaba de mencionar aquí. «También hubiera necesitado, como mínimo imprescindible, de un conjunto de proteínas y moléculas de ARN preexistentes —polimerasas, ARNs de transferencia» y muchos otros ingredientes.

Además, la construcción de la arquitectura de una célula «hubiera exigido otros componentes preexistentes».

Meyer calcula que «las probabilidades de conseguir siquiera una sola proteína funcional de longitud modesta (150 aminoácidos) por azar de una sopa prebiótica no son superiores a 1 en 10164».

Cuando consideramos que en el universo conocido hay 1080 partículas, parece que las probabilidades para la construcción al azar de una proteína son prácticamente cero. Su trabajo como geofísico familiarizó a Meyer con las computadoras y la nanotecnología de sus capacidades de almacenamiento de información codificada digital. Esta experiencia lo abrió a la realidad de que estos procesos existen dentro de la arquitectura microscópica de la célula, donde la información genética también se transfiere, indexa y almacena para un uso posterior.

La tesis de Meyer es que el azar no es capaz de producir estas moléculas bioquímicas con una organización funcional tan armónica. Esta disposición tan improbable la designa como «complejidad especificada», un concepto que toma prestado del matemático y filósofo William Dembski.

Sin embargo, los materialistas darwinistas arguyen que fuerzas naturales como el viento y la erosión han producido accidentalmente la majestuosa arquitectura del Gran Cañón, de modo que, ¿por qué no pueden fuerzas naturales de alguna clase producir la arquitectura de la célula?

Cierto, unas fuerzas naturales y carentes de inteligencia produjeron el Gran Cañón. Pero son incapaces de producir las armonías orquestadas, especificadas y complejas de La Suite del Gran Cañón de Ferde Grofé. O bien, para ofrecer una comparación más cercana en lenguaje, comparemos el Dr. Seuss y Finnegans Wake. Mientras que la primera obra es repetitiva y predecible, la segunda está abundantemente repleta de contexto lleno de sentido, aunque superficialmente pueda parecer desorganizada.

Este conocimiento llevó a Meyer a plantear la pregunta fundamental: «¿Cuál es el mejor candidato como principio explicativo fundamental, aquello de lo que procede en último término la complejidad especificada o información? ¿La mente, o la materia?»

Meyer responde: «Nuestra experiencia uniforme constata que las mentes tienen la capacidad para producir información especificada». Los procesos materiales no inteligentes no tienen tal capacidad. Por tanto, el diseño inteligente «constituye una inferencia a la mejor explicación».

En una encantadora sección titulada «Cambridge, moderno y antiguo», Meyer visita los lugares en Cambridge donde trabajaron científicos pioneros. Destacado entre estos estaba Isaac Newton, que planteaba esta cuestión: «¿Cómo llegaron a ser los cuerpos de animales inventados con tanto artificio? ... ¿Fue acaso el ojo inventado sin conocimiento de la óptica, y el oído sin conocimiento de los sonidos?» Meyer se hace eco de estos sentimientos al preguntar: ¿Cómo pudieron sobrevivir los genes y las proteínas, y mucho menos reproducirse, antes que llegase a existir «el extraordinariamente complejo contexto organísmico cuando parece que sólo pueden funcionar en el seno del mismo?»

Teorías materialistas como la evolución no pueden ni empezar a explicar esta planificación tan de arriba abajo. Una vez más, la única causa conocida de estos sistemas de información tan dependientes de un contexto es una mente con conocimiento y previsión.

De hecho, en el Cambridge antiguo, la idea de que la naturaleza es producto de una mente con propósito proporcionó el crisol en el que se desarrolló la ciencia. Pero, a lo largo de los últimos 200 años, este punto de vista ha sido resistido por los pensadores del Cambridge moderno. Insisten en que, por cuanto el «designio» es una mera creencia religiosa, no es susceptible de falsación; por tanto, es acientífica. Aunque, inmediatamente después de pronunciar esta sentencia, estos críticos comenzaron a acumular argumentos en un intento de falsar el concepto del designio.

Uno de estos argumentos gira en torno a la idea de que el diseño inteligente sugiere una interdicción, una «carga frontal» de la naturaleza que viola la regularidad de las leyes naturales. Y, según se desarrolla el argumento, si Dios o alguna entidad es responsable de tal violación, esto meramente nos lleva a la pregunta de «¿Quién hizo a Dios?»

De nuevo rechazando el consejo que le habían dado en Cambridge de recurrir al bluf, Meyer responde a todas estas cuestiones de forma transparente y exhaustiva.

La primera cuestión la resuelve argumentando que las explicaciones científicas se apoyan con frecuencia en la discontinuidad de las leyes naturales a fin de explicar algo que se observa en la actualidad. Por ejemplo, Meyer observa que la altura excepcional del Himalaya es resultado de unos factores excepcionales, no observados en ninguna otra parte en tales episodios geológicos. El origen materialista de la vida también recurre a un suceso singular, no a una ley general, para explicar cómo se formó la primera célula viviente.

La pregunta «¿Quién hizo a Dios?» es también refutada por Meyer. Observa Meyer que las explicaciones materialistas mismas tienen finalmente que descansar sobre suposiciones. Por ejemplo, ¿quién o qué hizo la gravedad junto con las sustancias químicas, las partículas y sus afinidades sobre las que descansan las explicaciones materialistas?

Como concluye Meyer: «Todas las explicaciones causales tienen que finalizar en último término con entidades explicativas que no requieren ellas mismas explicación por referencia a nada más fundamental o primario».

Aceptar supuestos materialistas y luego rechazar supuestos de designio constituye una forma de razonamiento especioso, como observa Meyer.

Stephen Meyer ha escrito un libro seminal que trata acerca de temas complejos de una forma sumamente atractiva. Construido en forma de una búsqueda científica, el libro acompaña al lector mientras Meyer va gradualmente dándose cuenta de adónde esto le está llevando. Así, por mucho que se compliquen las cosas, esta es una gran historia, repleta de anécdotas iluminadoras, y también de muchos dibujos para facilitar la comprensión de esta, la más trascendental de todas las búsquedas.





* Terry Scambray vive y escribe en Fresno, California.



Traducción del inglés: Santiago Escuain
© Santiago Escuain 2011, por la traducción
© Copyright SEDIN 2011 para el formato electrónico - www.sedin.org. Este texto se puede reproducir libremente para fines no comerciales y citando la procedencia y dirección de SEDIN, así como esta nota en su integridad. Usado con permiso del traductor para: www.culturacristiana.org

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