lunes, 25 de abril de 2011

Proceso a Darwin - Capítulo 8 La evolución prebiológica

Capítulo 8
La evolución prebiológica


C

uando el Tribunal Supremo abolió la ley de Louisiana que exigía un trato equilibrado para la ciencia creacionista, el Juez Antonin Scalia disintió de la decisión porque pensaba que «El pueblo de Louisiana, incluyendo aquellos que son cristianos fundamentalistas, tienen todo el derecho … a que se presente en sus escuelas toda aquella evidencia que pueda haber contra la evolución». Stephen Jay Gould se sintió perplejo de que un jurista de la erudición de Scalia (había tenido cátedras en varias universidades principales) sostuviese la absurda idea de que los fundamentalistas pudiesen tener evidencias científicas contra la evolución. Gould se dedicó a leer la opinión de Scalia buscando una explicación de aquello, y la encontró en varias frases en las que se implicaba que la evolución es una teoría acerca del origen de la vida.

En un artículo en el que corrige «El malentendido del Juez Scalia», Gould intentó deshacer el entuerto. La evolución, escribió Gould, «no es el estudio del origen último de la vida, como una vía para intentar discernir su sentido más profundo». Incluso los aspectos puramente científicos de la primera aparición de la vida en la tierra pertenecen a otros departamentos de la ciencia, porque «evolución» es simplemente el estudio de cómo la vida cambia una vez está ya en existencia. Debido a que había entendido mal el tema estrictamente limitado de la evolución, Scalia había tropezado en el malentendido de que es posible tener objeciones racionales a las doctrinas de la ciencia evolucionista.

De hecho, el Juez Scalia empleó el término general «evolución» exactamente como lo emplean los científicos —para incluir no sólo la evolución biológica, sino también la evolución prebiológica o química, que intenta explicar cómo evolucionó la vida al principio, a partir de sustancias químicas inertes. La evolución biológica es sólo una parte principal de un gran proyecto naturalista que intenta explicar el origen de todo, desde el Big Bang hasta el presente, sin dejar papel alguno al Creador. Si los darwinistas han de mantener al Creador fuera de la escena, han de dar una explicación naturalista al origen de la vida.

Las especulaciones acerca de la evolución prebiológica comenzaron a aparecer tan pronto como El Origen de las Especies hubo hecho su impacto, siendo el «Bulldog alemán» de Darwin, Haeckel, quien asumió el papel principal. Darwin mismo hizo una famosa contribución a este campo en una carta de 1871:

Se dice con frecuencia que todas las condiciones para la primera producción de un organismo vivo que pudiesen existir están ahora presentes. Pero si (¡y oh, que «si» tan enorme) pudiésemos concebir que en algún pequeño estanque caliente, con todas clases de amoniaco y de sales fosfóricas, luz, calor, electricidad, etc., presentes, se formase químicamente un compuesto de proteína listo para pasar por cambios aún más complejos, en la actualidad esta materia sería inmediatamente devorada o absorbida, lo que no podría ser el caso antes que se formasen criaturas vivientes.

Robert Shapiro observó en 1986 que esta informal especulación de Darwin «es insólitamente actual en nuestros días, lo cual es un tributo bien a su visión de gran alcance, bien a nuestra falta de progreso». Hace una generación el campo de la evolución biológica parecía estar al borde de un éxito espectacular; en la actualidad se encuentra prácticamente allí donde Darwin lo dejó.

La dificultad básica para explicar cómo la vida pudo comenzar es que todos los organismos vivientes son extremadamente complejos, y que la selección darwiniana no puede llevar a cabo este diseño ni en teoría hasta que existan organismos vivientes y que estos sean capaces de reproducir su naturaleza. Un darwinista puede imaginar que aparezca un roedor mutante con una membrana entre sus dedos, y que con ello consiga alguna ventaja en la lucha por la supervivencia, con el resultado de que se esparza un nuevo rasgo por la población, para esperar adicionales mutaciones que finalmente lleven al vuelo alado. El problema es que este escenario depende de que el roedor tenga descendencia que herede la característica mutante, y las sustancias químicas no tienen descendencia. El reto de la evolución química es encontrar una manera de conseguir alguna combinación química hasta el punto donde pudiese iniciarse la reproducción y la selección.

Este campo de estudio logró su mayor éxito a comienzos de la década de 1950, cuando Stanley Miller, a la sazón estudiante graduado en el laboratorio de Harold Urey en la Universidad de Chicago, obtuvo pequeñas cantidades de dos aminoácidos haciendo pasar una chispa por una mezcla de gases que se pensaba que simulaban la atmósfera de la tierra primitiva. Debido a que los aminoácidos son los componentes de las proteínas, a veces se les llama «los ladrillos de la vida». Experimentos posteriores basados en el modelo de Miller-Urey produjeron una variedad de aminoácidos y otros compuestos complejos empleados en el proceso genético, con el resultado de que los investigadores más optimistas llegaron a la conclusión de que los productos químicos necesarios para producir la vida podrían haber estado presentes en suficiente cantidad sobre la tierra primitiva.

El experimento de Miller-Urey validó en parte un modelo teórico propuesto por Alexander Oparin y J. B. S. Haldane en la década de 1920. El modelo Oparin-Haldane postulaba primero que la tierra primitiva tuvo una atmósfera «reductora» compuesta de gases como metano, hidrógeno y amoniaco, con poco o nada de oxígeno libre. Segundo, en esta atmósfera actuaban diversas formas de energía, como las chispas eléctricas en el aparato de Miller-Urey, que formarían los compuestos orgánicos esenciales. Tercero, en palabras de Haldane, estos compuestos «debieron acumularse hasta que los primitivos océanos llegaron a la consistencia de una sopa caliente diluida». La metáfora de Haldane capturó la imaginación de los reporteros, y la «sopa prebiótica» ha venido a formar parte del folklore científico, y se presenta al público en libros y exhibiciones museísticas como la fuente conocida de la vida primitiva. El cuarto elemento en la teoría era el más importante y asimismo el más misterioso. De alguna manera, la vida surgió de la sopa prebiótica.

El limitado éxito del experimento de Miller-Urey tuvo lugar en los años justo anteriores a las celebraciones del Centenario Darwiniano en 1959. Fue la cumbre del triunfalismo neodarwinista, precisamente cuando el debut literalmente demoledor de la energía atómica hacía parecer que todos los misterios iban a ceder al poder de la investigación científica. En aquel clima de opinión, el experimento parecía haber creado vida de una manera tranquilizadoramente similar a la empleada por el doctor Frankenstein en las películas. En cambio, la década de 1980 ha sido un período de reevaluación escéptica, durante el que los especialistas han puesto en duda cada uno de los cuatro elementos del escenario Oparin-Haldane.

Los geoquímicos informan ahora que la atmósfera de la tierra primitiva no era probablemente de la intensa capacidad reductora necesaria para que el aparato de Miller-Urey diese los resultados apetecidos. Incluso bajo condiciones ideales y probablemente irreales, los experimentos no pudieron producir algunos de los componentes precisos para la vida. Quizá la crítica más desalentadora es la que proviene de los químicos, que han estropeado la sopa prebiótica al mostrar que los compuestos orgánicos producidos en la tierra primitiva quedarían sujetos a reacciones químicas que los harían inapropiados para la vida. Con toda probabilidad, la sopa prebiótica nunca pudo existir, y sin ella no hay razones para creer que la producción de pequeñas cantidades de algunos aminoácidos por descargas eléctricas en una atmósfera reductora tuviese nada que ver con el origen de la vida.

Aunque estas objeciones a la relevancia de los resultados del experimento de Miller-Urey sean importantes, prefiero para el propósito que nos ocupa dejarlas de lado como una digresión del punto principal. Concedamos que de una u otra forma todos los componentes químicos necesarios hubiesen estado presentes en la tierra primitiva. Esto sigue dejándonos en un callejón sin salida, porque no hay razón alguna para creer que la vida tenga tendencia a surgir cuando las sustancias químicas adecuadas están en disolución en una sopa. Aunque algunos componentes de los sistemas vivos puedan ser duplicados con tecnologías muy avanzadas, los científicos, empleando toda la capacidad de su inteligencia, no pueden fabricar organismos vivos en base de aminoácidos, azúcares y cosas semejantes. ¿Cómo se consiguió este truco antes que llegase a existir la inteligencia científica?

El organismo más simple capaz de vida independiente, la célula bacteriana procariota, es una obra maestra de complejidad organizada que hace que una nave espacial parezca bastante burda. Incluso si se supone que sería suficiente una forma mucho más simple que una célula bacteriana para iniciar la evolución darwinista en su camino —digamos, por ejemplo, que una macromolécula de ADN o ARN— la posibilidad de que una entidad tan compleja pudiese montarse a sí misma por casualidad sigue siendo fantásticamente improbable, incluso si estuviesen disponibles miles de millones de años.

No citaré cifras, porque los números exponenciales son irreales para las personas que no están acostumbradas a emplearlos, pero una metáfora de Fred Hoyle se ha hecho famosa, porque comunica de una forma vívida la magnitud del problema: Que un organismo vivo surgiese por azar procedente de una sopa prebiótica es más o menos tan probable como que «un tornado que azotase una chatarrería montase un Boeing 747 en base de los materiales encontrados allí». El montaje al azar es sólo una manera naturalista de decir «milagro».

No hay una necesidad absoluta de una explicación científica de este milagro, porque in extremis los darwinistas pueden hacer frente al problema con un argumento filosófico. La vida evidentemente existe, y si la única explicación concebible de su existencia es un proceso naturalista, entonces las dificultades no pueden ser tan insuperables como parecen. Incluso los aspectos más desalentadores de la situación pueden ser tornados en ventaja cuando se contemplan con los ojos de la fe. Por ejemplo, la vida parece haber existido en forma celular hace casi cuatro mil millones de años, quizá tan pronto como la tierra se hubo enfriado lo suficiente. Esto significa que el surgimiento de las primeras moléculas autorreplicantes y la consiguiente evolución de toda la maquinaria de la célula tuvieron que ocurrir dentro de un breve período de tiempo geológico. Bien lejos de quedar desalentado por el poco tiempo disponible, Carl Sagan llegó a la conclusión de que es probable que la vida evolucionase también en otros planetas. Su razonamiento es que el origen espontáneo de la vida tiene que ser relativamente fácil, por cuanto sucedió tan rápidamente en la tierra primitiva.

Para los que no se dan tan pronto por satisfechos, está disponible el «principio antrópico» para domar las desfavorables improbabilidades. Este principio comienza con la existencia de observadores —nosotros— y funciona hacia atrás. Si no hubiesen existido las circunstancias precisas para que la vida evolucionase, no estaríamos aquí para hablar de ello. Estas circunstancias pueden parecer muy improbables, dado lo limitado de nuestro conocimiento, pero no tenemos forma de saber cuántos universos puede haber, o pueden haber existido. En una infinidad de tiempo y espacio, hasta el acontecimiento más improbable ha de tener lugar por lo menos una vez, y nosotros existimos necesariamente en el rincón de la realidad donde precisamente sucedió el conjunto de coincidencias necesario para nuestra existencia.

Richard Dawkins, que tiene la facilidad que tenía Darwin para transformar dificultades en puntos positivos, incluso ha argumentado que la improbabilidad de los escenarios del origen de la vida es un punto a favor de ellos. Razona él que «Una teoría aparentemente (para la conciencia humana ordinaria) milagrosa es precisamente la clase de teoría que deberíamos esperar en esta cuestión particular del origen de la vida». Esto se debe a que la «evolución ha equipado nuestros cerebros con una conciencia subjetiva de riesgo e improbabilidad apropiada para criaturas con un lapso de vida menor que un siglo».

Dawkins se siente en realidad alentado por el fracaso de los científicos por duplicar la generación espontánea de la vida en sus laboratorios. A fin de cuentas, los científicos tampoco pueden duplicar la macroevolución biológica. Si la formación de la vida fuese cosa suficientemente fácil como para que los científicos pudiesen hacerlo, entonces la naturaleza habría causado que la vida se originase espontáneamente sobre la tierra en muchas ocasiones, así como sobre los planetas dentro del alcance de la radio. Como parece que esto no ha sucedido, el fracaso en duplicar el origen de la vida en el laboratorio es precisamente lo que la teoría darwinista nos llevaría a esperar.[1]

Cuando se hace necesario apoyarse en argumentos de este tipo, el trabajo experimental debe estar yendo muy mal. Para los que prefieren aproximarse al problema con metodología científica en lugar de con virtuosismo retórico, se tiene que encontrar una manera para extender el concepto de evolución a un nivel anterior a las moléculas del sistema genético. En los organismos contemporáneos, el ADN, ARN y las proteínas son mutuamente interdependientes, donde el ADN almacena la información genética y la copia a ARN, el ARN dirige la síntesis de las proteínas, y las proteínas llevan a cabo el trabajo químico esencial de la célula. Un escenario evolutivo tiene que suponer que este sistema complejo evolucionó de un predecesor mucho más sencillo, empleando al principio probablemente sólo uno de los tres constituyentes principales. ¿Qué vino primero, los ácidos nucleicos (ADN y ARN) o las proteínas? ¿Y cómo funcionó la primera molécula viviente y evolucionó, en ausencia de las otras?

Estas cuestiones definen la agenda para el campo de la evolución química, donde varios escenarios compiten por captar la atención. Describiré sólo por encima a los candidatos principales, porque el tema está bien tratado en otros libros y porque se está generalmente de acuerdo en que ninguna teoría ha recibido ninguna confirmación experimental sustancial.

Durante algún tiempo el contendiente más popular ha sido la hipótesis del «gen desnudo» o «ARN primero», que se basa en la premisa de que la vida comenzó cuando una molécula de ARN logró de alguna manera sintetizarse a sí misma de entre los componentes orgánicos de la sopa prebiótica. El ARN es el candidato más probable como primer componente del sistema genético, porque no sólo actúa como portador de información genética en su papel «mensajero», sino que también puede catalizar algunas reacciones químicas a la manera de las proteínas. Con esta versatilidad, es concebible que el ARN pudiese haber llevado a cabo las funciones esenciales de la vida de alguna manera primitiva hasta que pudiesen evolucionar el ADN y las proteínas.

Naturalmente, «concebible» está muy lejos de «probable» o de «verificable experimentalmente». En capítulos anteriores hemos visto que no hay prueba de que la selección darwiniana sea una fuerza suficientemente poderosa para transformar una molécula o una célula en una abundancia de plantas y animales complejos, ni siquiera dando unos cuantos miles de millones de años. Los químicos dedicados al estudio del origen de la vida dan por supuesto el darwinismo biológico universal, pero pueden identificar abundantes problemas en la proposición de que pudo evolucionar una molécula de ARN autorreplicante en base de compuestos orgánicos en la tierra primitiva. Los obstáculos a la síntesis prebiótica del ARN fueron examinados en 1989 en un largo artículo de G. F. Joyce en Nature. Joyce llegó a la conclusión de que el ARN «no es una molécula prebiótica plausible, porque es improbable que haya sido producida en cantidades significativas en la tierra primitiva». Tal como sucedió en el caso de modelos de evolución prebiológica que parecían prometedores, la teoría del «ARN primero» no puede sobrevivir a un examen detallado.

Joyce conjeturó que el ARN mismo tendría que haber evolucionado de un sistema genético más simple que ya no existe. A. G. Cairns-Smith propuso recientemente, en un encantador libro titulado Seven Clues to the Origin of Life (Siete pistas para el origen de la vida), una imaginativa idea acerca de cómo podría haber sido un sistema genético prebiótico. Por extravagante que pueda parecer la idea al principio, o incluso tras una reflexión, Cairns-Smith cree que los cristales de arcilla tienen cualidades que podrían posibilitar su combinación a una forma de vida mineral pre-orgánica. Según las suposiciones darwinistas, la selección natural favorecería luego a los replicantes de arcilla más eficaces, preparando el camino para una final «sustitución genética» de moléculas orgánicas que hubiesen evolucionado debido a su creciente utilidad en el proceso pre-orgánico.

Es impresionante la imaginación involucrada en la tesis del origen mineral de la vida, pero para mi propósito es suficiente decir que carece totalmente de confirmación experimental. Según el bioquímico Klaus Dose, «Esta tesis está más allá de la comprensión de todos los bioquímicos o biólogos moleculares que están a diario enfrentados a los hechos experimentales de la vida». Esto sería por lo general razón más que suficiente para descartar una teoría, pero muchos científicos siguen tomándose aún en serio la idea de un origen mineral de la vida, porque no hay ningún competidor claramente superior.

Hay otras posibilidades, incluyendo un escenario de las «proteínas primero», que parecía que estaba pasando de moda, pero que puede que haga un retorno debido a la devastadora crítica sufrida recientemente por el rival ARN. De hecho, la ausencia de apoyo experimental para cualquier teoría deja la puerta abierta para casi cualquier especulación que no sea creacionismo. Una revisión general hecha por Klaus Dose acerca de las teorías evolucionistas prebiológicas en 1988 concluía que «actualmente todas las discusiones sobre las principales teorías y experimentos en el campo o bien terminan en tablas, o con una confesión de ignorancia». El artículo de reseña de Gerald Joyce terminaba con la sombría observación de que los investigadores del origen de la vida se han ido acostumbrando a «una falta de datos experimentales relevantes» y a un elevado nivel de frustración.

Las perspectivas de éxito experimental son tan desalentadoras que los investigadores más emprendedores han pasado a simulaciones por ordenador que pasan por alto las barreras experimentales empleando presuposiciones cómodas. Un artículo en Science en 1990 resumía el estado de investigación por ordenador como «autoorganización espontánea», un concepto basado en la premisa que los sistemas dinámicos complejos tienden a caer en un estado muy organizado incluso en ausencia de presiones selectivas. Esta premisa puede parecer una contradicción a la famosa Segunda Ley de la Termodinámica, que dice que la energía organizada inevitablemente se derrumba hacia el desorden o máxima «entropía». Hay razones para creer, sin embargo, que en un sistema local (la tierra) que recibe energía externa (el sol), la segunda ley permite que sucedan algunos casos de auto-organización espontánea. Por ejemplo, son comunes las estructuras ordenadas como cristales de nieve y la cristalización. Más concretamente, la mayoría de los científicos dan por supuesto que la vida se originó de manera espontánea, y que luego evolucionó a su actual estado de complejidad. Esto no podría haber sucedido excepto si en la naturaleza hubiese poderosas tendencias a la autoorganización.

Comenzando con este tipo de suposiciones, los científicos pueden diseñar modelos informatizados que imitan el origen de la vida y su consiguiente evolución. Que esos modelos tengan alguna relación con la realidad ya es otra cosa. Según Science, «los proponentes de la organización espontánea admiten en el acto que no están basando su propuesta en datos empíricos ni en experimentos de laboratorio, sino en matemáticas abstractas y en modernos modelos informáticos». El bioquímico G. F. Joyce comentaba: «Habrán de andar un largo camino para persuadir a los biólogos tradicionales acerca de la relevancia [de estos estudios].»

Esquivar los puntos difíciles es una manera de resolver un problema irresoluble. Otra manera es enviar el problema al espacio. Esta fue la estrategia de uno de los más famosos científicos del mundo, Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN. Crick está totalmente al corriente de la maravillosa complejidad de la vida de la célula y de la extrema dificultad de explicar cómo esta vida pudo evolucionar en el tiempo disponible sobre la tierra. De modo que especuló que las condiciones podrían haber sido más favorables en algún planeta distante.

Esta táctica se encuentra con el problema de llevar la vida desde el planeta de origen hasta la tierra. Primero en un artículo con Leslie Orgel y luego en un libro suyo, Crick propuso una teoría a la que denominó como «panspermia dirigida». La idea básica es que una civilización extraterrestre avanzada, quizá haciendo frente a la extinción, envió formas de vida primitivas a la tierra en una nave espacial. Los constructores de la nave espacial no pudieron venir debido a la gran cantidad de tiempo necesario para el viaje interestelar; de modo que enviaron bacterias capaces de sobrevivir al viaje y las duras condiciones que les habrían acogido al llegar a la tierra primitiva.

¿Qué clase de evidencia científica da su apoyo a la panspermia dirigida? Crick escribió que si la teoría es cierta, que sería de esperar que los microorganismos celulares apareciesen de repente, sin evidencia de ser precedidas por ningunas formas más simples. También sería de esperar el hallazgo de que las formas primitivas estuviesen lejanamente relacionadas pero sumamente distintas, sin evidencia de antecesores, porque estos sólo existieron en el planeta original. Esta expectativa se ajusta perfectamente a los hechos, porque las arqueobacterias y las eubacterias son a la vez demasiado diferentes para haber evolucionado de un antepasado común en el tiempo disponible, y a la vez demasiado similares (comparten el mismo lenguaje genético) para no tener una fuente común en algún lugar. Los que se sienten tentados a ridiculizar la idea de la panspermia dirigida deberían refrenarse, porque los extraterrestres de Crick no son más invisibles que el universo de antepasados que los darwinistas, tan anclados en esta tierra, tienen que invocar.

Crick arrojaría escarnio sobre cualquier científico que abandonase la investigación científica y adscribiese el origen de la vida a un Creador sobrenatural. Pero la panspermia dirigida viene a ser lo mismo. Las mismas limitaciones que hicieron imposible que los extraterrestres viniesen a la tierra hace imposible que los científicos puedan jamás inspeccionar aquel planeta. La investigación científica sobre el origen de la vida queda tan efectivamente cerrada como si Dios se hubiese reservado el tema para Sí.

Cuando un científico del calibre de Crick piensa que tiene que invocar extraterrestres indetectables, es hora de considerar si el campo de la evolución prebiológica no ha llegado a un callejón sin salida. Sin embargo, a pesar de la ausencia de éxito experimental, muchos científicos siguen confiados acerca de que el problema quedará resuelto en un futuro previsible. Para comprender esta confianza, tenemos que examinar la cuestión intelectual más importante en este campo — la manera en que los científicos definen la «vida» cuyo origen están tratando de descubrir.

En Seven Clues to the Origin of Life (Siete claves para el origen de la vida), A. G. Cairns-Smith explica el concepto darwinista de vida que subyace al campo de la evolución prebiológica. «La vida es un producto de la evolución», escribe él, y el elemento indispensable en la evolución es la selección natural. Esto significa que el propósito de un ser vivo «es sobrevivir, competir, reproducir su naturaleza contra las presiones ambientales». Por lo tanto, la meta de la ciencia prebiológica es encontrar (o al menos imaginar) la combinación más simple de sustancias químicas que podrían competir y reproducirse, de modo que la selección natural pueda comenzar su operación. De esta forma, la selección natural no es simplemente algo que le suceda a la vida: es la característica definitoria de la vida.

Cuando la «vida» se define como materia evolucionando por selección natural, hay todas las razones para confiar en encontrar una explicación evolucionista de su origen. Si Darwin explicó realmente en 1859 cómo todas las complejas y diversas formas de vida pueden evolucionar a partir de un simple microorganismo, entonces ciertamente nuestra ciencia, mucho más avanzada, no se quedará parada ante el paso final. Pero, ¿qué si Darwin estaba equivocado y la selección natural no tiene el prodigioso poder creativo que le atribuyen los darwinistas? En este caso, la ciencia prebiológica ha planteado mal el problema, y sus esfuerzos están tan condenados a la futilidad como los esfuerzos de los alquimistas medievales por transformar el plomo en oro.

La definición darwinista de la vida es la preferencia filosófica de Cairns-Smith. Pero cuando describe lo que realmente ve, nos dice algo muy diferente:

A fin de cuentas, lo que nos impresiona acerca de un ser vivo es el ingenio que lleva incorporado, su apariencia de haber sido diseñado, pensado — de haber sido construido con un propósito.… El rasgo singular es el [enorme] intervalo entre la versión más simple concebible de los organismos tal como los conocemos, y los componentes que la Tierra pudiese haber generado de una manera razonable.… Pero el gran problema surge porque demasiada de la complejidad parece necesaria para toda la forma en que funcionan los organismos.

Cairns-Smith describe también los «mensajes» que aparecen contenidos en la información genética almacenada en la «biblioteca» de cada ADN celular, que se transcriben y traducen para dirigir la síntesis de las proteínas. Su lenguaje es totalmente típico de otros que escriben acerca de este tema: prácticamente todos destacan la apariencia de designio y de propósito, la inmensa complejidad de la célula más sencilla, y la aparente necesidad de que muchos componentes complejos actúen coordinadamente para sostener la vida. Todos emplean el vocabulario de la comunicación inteligente para describir la síntesis de las proteínas: mensajes, instrucciones programadas, lenguajes, información, codificación y descodificación, bibliotecas.

¿Por qué no considerar la posibilidad de que la vida sea lo que tan evidentemente parece ser, producto de una inteligencia creadora?[2] La ciencia no llegaría a su fin, porque queda la tarea de descifrar los lenguajes en los que se comunica la información genética, y descubrir en general cómo funciona todo el sistema. Lo que los científicos perderían no es un inspirador programa de investigación, sino el espejismo de un total dominio de la naturaleza. Tendrían que hacer frente a la posibilidad de que haya más allá del mundo natural una realidad adicional que trasciende a la ciencia.

Pero hacer frente a esta posibilidad es algo totalmente inaceptable. La razón de ello es el tema de los siguientes dos capítulos.



[1] Si los lectores sospechan que Dawkins no estaba hablando en serio al presentar este argumento, probablemente están en lo cierto. Concluía este pasaje con la siguiente frase: «Habiendo dicho todo lo anterior, he de confesar que, debido a que hay tanta incertidumbre en los cálculos, si un químico sí tuviese éxito en crear la vida espontáneamente, ¡no me sentiría desconcertado!»

[2] La respuesta de Cairns-Smith es que él se siente inclinado al «prejuicio de la mayoría», que es que «el exorcismo [de las fuerzas sobrenaturales] que inició Darwin proseguirá hasta el mismo origen de la vida».

Título - Proceso a Darwin

Título original - Darwin on Trial
Autor - Phillip E. Johnson, A.B., J.D.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Publicado en línea por SEDIN con permiso expreso del autor, Dr. Phillip E. Johnson. Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.

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