lunes, 25 de abril de 2011

Proceso a Darwin - Notas de investigación

Notas de
investigación



E

stas notas dan una guía a las fuentes reales empleadas en la redacción de este libro, e intentan responder a preguntas que podrían ocurrírseles a científicos y a otros lectores familiarizados con la literatura profesional.

Capítulo Uno El marco legal

La citación legal oficial para la decisión del Tribunal Supremo en Aguillard v. Edwards es 484 U.S. 578 (1987). La ley de Lousiana fue reimprimida en el apéndice a la opinión del Tribunal de Apelación federal en la misma causa, 765 F.2d 1251, 1258-59 (5º Cir. 1985). Aquella resolución fue dictada por un panel de tres jueces del Tribunal de Apelaciones; el tribunal en pleno rehusó conceder una nueva audiencia ante el pleno del tribunal, pero sólo por un voto de 8 a 7. Esta acción está registrada en 778 F.2d 225, junto con la enérgica opinión disidente del Juez Gee y la desconcertada respuesta del Juez Jolly, el autor de la decisión del panel.

En Edwards, el Tribunal Supremo aplicó lo que llama su criterio Lemon tridentado (anunciado por primera vez en la sentencia de 1971 en Lemon v. Kurtzman, 403 U.S. 602). Este criterio dice que una ley objeto de recusación se ajusta a la Cláusula de Establecimiento de la Primera Enmienda de la Constitución sólo si (1) la legislatura tenía un propósito secular; (2) el principal efecto de la ley no es ni impulsar ni inhibir la religión; y (3) la ley no involucra excesivamente al gobierno con la religión. Este criterio ha sido objeto de muchas críticas, y las críticas esenciales quedan cubiertas en la opinión discrepante del Juez Scalia en Edwards.

Yo presenté mi propio análisis de esta parte de la ley en mi artículo «Concepts and Compromise in First Amendment Religious Doctrine [Conceptos y Contemporizaciones en la Doctrina de la Primera Enmienda sobre la Religión]» en el volumen 72 de la revistaCalifornia Law Review, pág. 817 (1984). Mi opinión es que el criterio de Lemon es un artificio para justificar una resolución después de haber sido adoptada por otras razones, porque sus criterios son vacíos y manipulables.

Además de Edwards, hay otras dos causas acerca de la evolución que valen la pena de considerarse. En Epperson v. Arkansas, 339 U.S. 99 (1968), el Tribunal Supremo declaró inconstitucional una ley estatal nunca aplicada que databa de hacía cuarenta años y que declaraba delito «enseñar la teoría o doctrina de que la humanidad ascendió o descendió de un orden inferior de animales». Una versión anterior de la legislación de trato equilibrado fue declarada inconstitucional por el Juez Overton, del distrito federal, en McLean v. Arkansas Board of Education, 529 E.Supp 1255 (E. D. Ark. 1982). A diferencia del Tribunal Supremo, el Juez Overton intentó definir qué era «ciencia». Su opinión la analizo en el Capítulo Nueve.

El panfleto exponiendo la posición oficial de la Academia Nacional de las Ciencias se publicó en 1984, con unas hermosas ilustraciones, bajo el título «Science and Creationism: A view from the National Academy of Sciences». Extractos de este artículo se emplearon en el alegato de amicus curiæ [amigo del tribunal] de la Academia en la causa ante el Tribunal Supremo.

Stephen Jay Gould comentó acerca de la decisión del Tribunal Supremo en su artículo «Justice Scalia's Misunderstanding», 5 Constitutional Commentary 1 (1988). Gould critica a Scalia por adoptar una perspectiva incorrecta acerca de la naturaleza de la ciencia y por escribir que, ante el expediente que tiene delante, el Tribunal no debería decir que «la evidencia científica en favor de la evolución es tan concluyente que nadie sería suficientemente crédulo para creer que haya ninguna verdadera evidencia científica en contra». Gould responde: «Pero esto es exactamente lo que yo, y todos los científicos, decimos». Aparentemente Gould no comprendió un punto legal que todos los Jueces daban por supuesto: los tribunales no pueden enfrentarse con una parte en una cuestión factual disputada (por ejemplo, si existe evidencia científica contra la evolución) sin dar oportunidad a la parte para presentar sus alegaciones y testigos expertos a un juicio. El tribunal había declarado inconstitucional la ley de Louisiana por su presunto propósito religioso, sin dar al estado oportunidad para exponer qué clase de datos presentarían los científicos creacionistas en las aulas, si se les daba la oportunidad. Por tanto, el Tribunal Supremo no habría tenido base alguna para descubrir que los datos pudieran ser fraudulentos o inexistentes.

La conferencia de Colin Patterson en 1981 no fue publicada, pero yo he tenido acceso a una transcripción, y Patterson reafirmó su postura, que yo designaría como «nihilismo evolucionista», que había expuesto en una entrevista con el periodista Tom Bethell. (Véase Bethell, «Deducing from Materialism [Deducciones a partir del Materialismo]», National Review, 29 Ago. 1986, pág. 43. Yo mismo hable de evolución durante varias horas con Patterson en Londres en 1988, y no se retractó de ninguna de las declaraciones escépticas que ha hecho, pero sí dijo que sigue aceptando la «evolución» como la única explicación concebible de ciertos rasgos del mundo natural.

El ensayo de Irving Kristol «Room for Darwin and the Bible [Espacio para Darwin y la Biblia]» apareció en la página de contribuciones de The New York Times el 30 de septiembre de 1986. Este título era poco acertado, porque la tesis de Kristol no era que se la Biblia debiera incluirse en las clases de ciencia, sino que el darwinismo se enseñase de manera menos dogmática. El ensayo de réplica de Stephen Jay Gould apareció en el número de enero de 1987 de la revista Discover con el título de «Darwinism Defined: The Difference between Fact and Theory [La definición del darwinismo: La diferencia entre Hecho y Teoría]».

Las citas atribuidas a Richard Dawkins proceden de su libro The Blind Watchmaker[El relojero ciego] (1986) y de su reseña en The New York Times acerca del libroBlueprints, de Donald Johanson y Maitland Edey.

Para descripciones del juicio de Scopes, véase Kevin Tierney, Darrow: A Biography(1979); L. Sprague de Camp, The Great Monkey Trial (1968); y Edward J. Larson,Trial and Error: The American Controversy over Creation and Evolution (ed. rev. 1989). La historia también se vuelve a narrar de manera cautivante en el ensayo de Gould, «A Visit to Dayton», en Hen's Teeth and Horse's Toes [publicado en castellano, «Una visita a Dayton», en el libro Dientes de gallina y dedos de caballo, H. Blume Ediciones (Madrid 1984)], que se apoya en el libro de Ray Ginger, Six Days or Forever, de 1958. Este es tan buen lugar como otro para dejar registrado que soy un admirador de los ensayos de Gould; a pesar de la diferencia de perspectiva, casi siempre saco provecho de leerlos. Quizá él pensará que no he sacado el provecho suficiente. La historia de Henry Fairfield Osborn y del «Hombre de Nebraska» se vuelve a narrar en la obra de Roger Lewin, Bones of Contention (1987).

La cita legal para la opinión del Tribunal Supremo de Tennessee es Scopes v. State, 154 Tenn. 105, 289 S.W. 363 (1927). Al mantener la ley, el tribunal rechazó un argumento de que prohibir la enseñanza de la evolución se violaba una cláusula de la constitución del estado que exigía que la legislatura «protegiese la literatura y la ciencia». El tribunal razonó que la legislatura podría haber considerado que «por razón de prejuicio popular, la causa de la educación y del estudio de la ciencia en general será fomentada prohibiendo la enseñanza de la evolución en las escuelas del estado». Así, se podía argumentar que la ley en Scopes cumplía el requerimiento de «propósito secular» deEdwards, porque la legislatura tenía el propósito secular de obtener apoyo público para un currículo de ciencias.

Capítulo Dos Selección Natural

La fuente principal para la defensa de la selección natural neodarwinista que se ha empleado en este capítulo es el libro de 1983 de Douglas Futuyma, Science on Trial: The Case for Evolution. Este es el libro que más frecuentemente me han citado los darwinistas como presentando el argumento más poderoso en favor del darwinismo y contra el creacionismo. Futuyma hace un trabajo particularmente bueno de presentación de las pruebas, y su perspectiva es el neodarwinismo ortodoxo. Las citas en este capítulo son del Capítulo Seis de Futuyma.

Futuyma no es sólo un polemista, sino que es autor de uno de los principales libros de texto universitarios acerca de evolución y una autoridad reconocida a nivel internacional. La cubierta de Science on Trial exhibe entusiastas tributos de Ernst Mayr, Richard Leakey, David Pilbeam, Ashley Montagu e Isaac Asimov. El elogio de Mayr («El Profesor Futuyma ha proporcionado una recapitulación magistral de la prueba de la evolución …») es especialmente importante. Mayr es la más prestigiosa autoridad darwinista viviente, un hombre de prodigiosa erudición y cuyas opiniones virtualmente definen la ortodoxia en este campo.

Las citas de Pierre Grassé son de la traducción inglesa de 1977 de su libro Evolution of Living Organisms, págs. 124-25, 130. Este libro fue originalmente publicado en Francia en 1973 con el título L'Evolution du Vivant [y del que hay traducción castellana de H. Blume Ediciones (Madrid 1977), titulada La evolución de lo viviente]. Grassé era evolucionista, pero era antidarwinista. Como veremos en el siguiente capítulo, esta perspectiva le impulsó hacia la herejía del vitalismo, que los darwinistas consideran como poco mejor que el creacionismo. La reseña de su libro por parte de Dobzhansky comienza con el siguiente tributo:


El libro de Pierre P. Grassé es un ataque frontal contra todo tipo de «Darwinismo». Su propósito es «destruir el mito de la evolución como fenómeno sencillo, comprendido y explicado», y exponer que la evolución es un misterio acerca del que poco se sabe, y quizá poco se pueda saber. Ahora bien, se puede estar en desacuerdo con Grassé, pero no ignorarlo. Es el más distinguido de los zoólogos franceses, redactor jefe de los 28 volúmenes del Traite de Zoologie, autor de numerosas investigaciones originales, y ex presidente de la Académie des Sciences. Su conocimiento del mundo de lo viviente es enciclopédico.

Parece, por tanto, que es posible que una persona perfectamente conocedora de los hechos llegue a la conclusión de que el darwinismo es un mito. El párrafo final de la reseña de Dobzhansky indica la base filosófica para la disputa entre Grassé y los neodarwinistas:

La teoría de mutación y selección intenta, con mayor o menor éxito, hacer accesibles las causas de la evolución a la razón. El postulado de que la evolución está «orientada» por alguna fuerza desconocida no explica nada. Esto no significa que la teoría sintética … lo haya explicado todo. Lejos de ello, esta teoría abre a la vista un gran campo que precisa de investigación. Nada es más fácil que observar que este o aquel problema está irresuelto o que causa perplejidad. Pero rechazar lo que es conocido y apelar a algún maravilloso descubrimiento futuro que pueda explicarlo todo, es contrario al sano método científico. La sentencia con la que termina Grassé su libro es turbadora: «Es posible que en este dominio la biología, impotente, ceda la palabra a la metafísica».

¿Pero por qué no ha de ser posible que el desarrollo de la vida haya precisado de una fuerza orientadora que nuestra ciencia no comprende? Rechazar esta posibilidad porque sea «turbadora» es implicar que es mejor aferrarse a una teoría que está en contra del peso de la evidencia que admitir que el problema está irresuelto.

Mi discusión de la selección artificial trata sólo brevemente de los experimentos de laboratorio de crianza de la mosca de la fruta, y esto indudablemente suscitará las protestas de los darwinistas. Un experimentador puede aumentar o disminuir en gran manera el tamaño del ala, etc., pero las moscas de la fruta siguen siendo moscas de la fruta, generalmente mal adaptadas. Algunos informes acreditan a los experimentos con moscas de la fruta como productores de nuevas especies, en el sentido de poblaciones que no se cruzan entre sí; otros ponen en duda que se haya verdaderamente traspasado el límite de la especie. Aparentemente, la cuestión gira acerca de cuán estrecha o ampliamente se defina una especie, de manera especial con respecto a poblaciones que sean inhibidas de entrecruzarse pero que no sean totalmente incapaces de ello. No me siento interesado en seguir más adelante con esta cuestión, porque lo que está en juego es la capacidad de crear nuevos órganos y organismos por este método, no la capacidad de producir poblaciones de crianza separada. En todo caso, no hay razón alguna para creer que la clase de selección empleada en los experimentos de la mosca de la fruta tenga nada que ver acerca de cómo las moscas de la fruta llegaron a existir como tales.

Los horticultores han desarrollado híbridos de plantas que pueden cruzarse entre ellos pero no con ninguna de ambas especies progenitoras. Véase Ridley, The Problems of Evolution (1985), págs. 4-5. Por otra parte, la capacidad de alterar plantas mediante selección está también limitada por la dotación genética de la especie, y cesa una vez se ha agotado aquella capacidad de variación.

Las citas en la sección de «tautología» proceden de Norman Macbeth, Darwin Retried(1971), págs. 63-64; A Pocket Popper (1983), pág. 242; y C. H. Waddington, «Evolutionary Adaptation», en Evolution after Darwin, vol. 1, págs, 381-402 (Tax, ed., 1960). Las citas del «argumento deductivo» son de Evolution de Colin Patterson (1978), pág. 147, y A. G. Cairns-Smith, Seven Clues to the Origin of Life (1985), pág. 2.

Gould comentó acerca del tema de la tautología y de la analogía entre la selección artificial y natural en su ensayo «Darwin's Untimely Burial», en la colección Ever Since Darwin. Este ensayo era una respuesta a un artículo de revista de Tom Bethell, criticando el darwinismo, y ambos artículos están reimpresos en el libro de texto Philosophy of Biology (Ruse, ed., 1989). Gould concedía que la crítica de la tautología «se aplica a mucha de la literatura técnica sobre teoría evolutiva, especialmente a los tratamientos matemáticos abstractos que consideran la evolución sólo como una alteración en números, no un cambio cualitativo». Pero él argumentaba que «un diseño superior en medios cambiados» es un criterio de aptitud independiente del hecho de la supervivencia diferencial, y que por ello la teoría, tal como Darwin la formuló, no es una tautología. Estoy de acuerdo que en principio la selección natural puede ser formulada de manera no tautológica, como en el experimento de melanismo industrial de Kettlewell. El problema no es que la teoría sea inherentemente tautológica, sino que la ausencia de evidencia para las importantes pretensiones que los darwinistas presentan respecto a la selección natural les tientan una y otra vez a retirarse a la tautología. En el Capítulo Cuatro veremos al mismo Gould explicando la supervivencia de las especies debido a que poseen el rasgo de «resistencia a la extinción».

Al suscitar la cuestión de la tautología, no estoy meramente aprovechando algunas declaraciones descuidadas. Cuando los críticos no vigilan, los darwinistas persisten en emplear la selección natural en su forma tautológica como la explicación evidente por sí misma de todo cambio o ausencia de cambio que haya acontecido. El extremo importante es que los darwinistas se han sentido continuamente tentados por el pensamiento de que su teoría podría recibir la posición de verdad a priori, o de inevitabilidad lógica, de modo que podría ser sabida como cierta sin necesidad de demostración empírica. Cuando la teoría se formula como una hipótesis que precisa de confirmación empírica, la prueba con que se sustenta no es impresionante.

Para un excelente repaso de la cuestión de la tautología y de los defectos en los argumentos en pro de la selección natural como fuerza creativa, véase R. H. Brady, «Dogma and Doubt», en Biological Journal of the Linnaean Society (1982); 17:79-96.

La observación de Kettlewell del melanismo industrial en la polilla del abedul (Biston Betularia) ha sido citada en multitud de libros de texto y de divulgación como prueba de que la selección natural tiene la clase de poder creativo necesario para producir nuevas clases de órganos y organismos complejos. El Science Framework [Marco científico] publicado por la Junta de Educación Estatal de California para servir de pauta a los editores de libros de texto (véase el Capítulo Once para un análisis de su contenido) ha intentado corregir la falsa impresión:


Los estudiantes deberían comprender que aquí no tenemos un ejemplo de cambio evolutivo de polillas claras a oscuras y otra vez a claras, porque las dos clases estaban ya presentes en la población. Se trata de un ejemplo de selección natural, pero en dos sentidos. Primero, las condiciones temporales en el medio impulsaron la selección contra las polillas oscuras, y luego contra las claras. Pero segundo, e igualmente importante, es la selección para mantener un equilibrio de ambas formas, la blanca y la negra, que son adaptables a una variedad de circunstancias ambientales. Esta selección equilibrada aumenta la probabilidad de supervivencia de la especie. Es en muchas formas un rasgo de lo más interesante de la evolución de la polilla del abedul, pero que a menudo se ha tergiversado en libros de texto. [pág. 103.]

No es difícil comprender por qué ha tenido lugar esta frecuente tergiversación. Cuando se comprende de manera apropiada, el melanismo industrial ilustra la selección natural como una fuerza fundamentalmente conservadora, que induce alguna variación relativamente trivial dentro de los límites de la especie pero que también conserva la dotación genética original de modo que las frecuencias de la población pueden oscilar en la otra dirección cuando vuelven a cambiar las condiciones. Un proceso así no produce un cambio permanente, irreversible, de la clase exigida para producir nuevas especies, y mucho menos nuevos fílums o tipos. Pero lo que los escritores de los libros de texto querían ilustrar era un proceso de selección natural capaz de producir un insecto a partir de un microbio, un ave a partir de un reptil, y un hombre a partir de un simio. Y se precisaba de la supresión de las implicaciones conservadoras del melanismo industrial para lograr este objetivo.

¿Cómo explican los darwinistas la aparente contradicción entre selección natural y selección sexual? El ensayo de Mayr, «An Analysis of the Concept of Natural Selection», observa que la selección sexual volvió a la prominencia después de la conmemoración del centenario de El linaje del hombre en 1971. Concede él que «la existencia de selección egoísta para el éxito reproductivo impone un dilema al biólogo evolutivo», porque tiende a hacer que la especie sea menos apta para la supervivencia y puede incluso conducir a la extinción. Pero no se espera que surja la perfección de la selección natural, y la frecuencia de la extinción misma indica que la selección no necesariamente halla una respuesta apropiada a cada problema. Véase Mayr, Toward a New Philosophy of Biology (1988), págs. 105-06. Dawkins, que dedica varias páginas de The Blind Watchmaker a la selección sexual, pregunta: «¿Por qué no habría de coincidir la moda [en el gusto sexual de las mujeres] con la utilidad?» No hace intento alguno de responder, aparte de indicar que, fuese como fuese que surgió la preferencia antiutilitaria de la mujer, la fuerza de la selección sexual tendería a preservarla. (pág. 205).

En su segunda obra clásica, El linaje del hombre, Darwin se aproximó mucho a repudiar la teoría de la selección natural tal como la había expuesto en El Origen de las Especies:


Se puede dar con seguridad una gran pero indefinida extensión a los resultados directo e indirecto de la selección natural; pero ahora admito … que en ediciones anteriores de mi «Origen de las Especies» probablemente atribuí demasiado a la acción de la selección natural o a la supervivencia de los más aptos. … Antes no había considerado de manera suficiente la existencia de muchas estructuras que no parecen ser, hasta ahí donde podemos juzgar, ni beneficiosas ni dañinas; y creo que esta es una de las mayores omisiones hasta ahora detectadas en mi obra. A modo de excusa, se me permitirá decir que tenía dos objetos diferentes delante de mí, primero, mostrar que las especies no habían sido creadas por separado, y segundo, que la selección natural había sido el principal agente del cambio, aunque muy ayudada por los efectos heredados del hábito, y ligeramente por la acción directa de las condiciones ambientales. Sin embargo, no pude anular la influencia de mi anterior creencia, entonces ampliamente dominante, de que cada especie había sido creada con un propósito; y eso me llevó a suponer de manera tácita que cada detalle de la estructura, exceptuando los rudimentos, tenía alguna utilidad especial, aunque no se pudiese conocer. … Si he errado en dar un gran poder a la selección natural, lo que estoy lejos de admitir, o si he exagerado su poder, que es en sí mismo algo probable, he hecho al menos un buen servicio, espero, al ayudar a derribar el dogma de las creaciones separadas. [Darwin, El linaje del hombre, citado en Himmelfarb, Darwin and the Darwinian Revolution (1959), pág. 302.]

Himmelfarb observa «el ritmo alternante de autoacusación y autodefensa» en esta curiosa declaración. La explicación de Darwin de haber exagerado la importancia de la selección natural es particularmente enigmática, porque en 1859 no mantenía ningún vestigio de adhesión al creacionismo, y cualquier exageración habría sido motivada por un deseo de presentar el cargo contra la tesis de la creación de manera tan enérgica como fuese posible. Este pasaje casi implica que la selección natural era un instrumento retórico, importante principalmente para elaborar el cargo contra el creacionismo, y que podría ser reevaluado y rebajado una vez había servido su propósito.

La cita de Julian Huxley procede de la página 50 de Evolution in Action (1953).

Capítulo Tres Mutaciones, grandes y pequeñas

La carta de Darwin a Charles Lyell se cita en la pág. 249 de The Blind Watchmakerde Dawkins, quien luego prosigue y comenta: «Esto no es una pequeñez. Desde el punto de vista de Darwin, todo el objeto de la teoría de la evolución por selección natural era que proporcionaba un relato no milagroso de la existencia de adaptaciones complejas».

El «inflexible materialismo filosófico» de Darwin es el tema de los dos primeros ensayos en la colección de Gould Ever Since Darwin. Gould observa que «Otros evolucionistas hablaban de fuerzas vitales, de historia dirigida, de esfuerzos orgánicos y de la esencial irreductibilidad de la mente —una panoplia de conceptos que el cristianismo tradicional podía aceptar en una acomodación, porque permitían a un Dios cristiano obrar por evolución en lugar de creación. Darwin hablaba sólo de variaciones al azar y de selección natural» (págs. 24-25). Gould cree también que el giro de Darwin hacia el materialismo puede haber sido en parte una reacción contra el fundamentalismo religioso del imperioso Capitán Fitzroy, cuya compañía soportó durante cinco años en el Beagle. «Fitzroy puede bien haber sido mucho más importante que los pinzones, al menos para inspirar el tono materialista y antiteísta de la filosofía y teoría evolucionista de Darwin» (pág. 33).

La sincera presentación por parte de Gould del papel que la preferencia filosófica e incluso que los prejuicios personales pueden haber jugado en la formación de las teorías de Darwin es como una entrada de aire fresco, porque muchas veces se da la impresión de que Darwin era un devoto creacionista que desarrolló su teoría sólo debido a la irresistible presión de la evidencia empírica. La indiferencia de Darwin a las objeciones empíricas que presentaron T. H. Huxley y otros demuestra cuán falsa es esta percepción. Lo mismo que su amigo Charles Lyell, el fundador de la geología uniformista, Darwin estaba seguro de que los datos debían ser engañosos cuando iban en dirección contraria a su filosofía. Véase también el fascinante ensayo de Gould acerca de Lyell, donde observa que «Para esquivar esta apariencia literal [de cataclismos geológicos], Lyell impuso su imaginación sobre la evidencia. El registro geológico, argumentaba él, es extremadamente imperfecto, y hemos de interpolar en él lo que podemos razonablemente inferir pero no podemos ver» (Ever Since Darwin, pág. 150). Como veremos en el siguiente capítulo, Darwin aprendió concienzudamente de su ejemplo.

La biografía de Darwin por Gertrude Himmelfarb es reveladora acerca de la cuestión de sus inclinaciones religiosas (y también acerca de otras cuestiones). Robert, el padre de Darwin, era un incrédulo secreto que mantenía una fachada tan bien presentada de ortodoxia que incluía hasta una carrera eclesiástica para Charles. Según Himmelfarb:

Aunque la forma en que Robert expresaba, o más bien disimulaba, su incredulidad no era del agrado de su hijo, el conocimiento de esta incredulidad puede haber ejercido alguna influencia sobre él. No sólo hizo que la incredulidad, cuando vino, fuese un modo natural y aceptable de pensamiento, de modo que la pérdida de la fe nunca se le presentó como una crisis moral o rebelión; más aún, parecía impulsar a la incredulidad como deber filial. Uno de los pasajes que fue eliminado de la autobiografía explicaba por qué Charles no sólo no podía creer en el cristianismo, sino por qué no querría creer en él. Citando la «detestable doctrina» que condenaría a todos los incrédulos al castigo eterno, protestaba que «esto incluiría a mi padre, a mi hermano, y casi a todos mis mejores amigos» —lo que lo convertía en una idea impensable y totalmente inmoral. Puede que haya razones más sofisticadas para la incredulidad, pero difícilmente podría haber una razón emocional más persuasiva (pág. 22).

Esta clase de información no debería llevar a nadie a la «falacia genética», por la que una teoría es considerada errónea si es causada por factores irracionales. La conclusión correcta que se debe sacar es sencillamente que el darwinismo no debería quedar excusado de la prueba empírica rigurosa que la ciencia exige a las otras teorías.

Para la posición darwinista ortodoxa sobre la evolución de órganos complejos, este capítulo se basa en Ernst Mayr y Richard Dawkins. El libro de Dawkins The Blind Watchmaker se dedica principalmente a esta cuestión, y Dawkins es un defensor tan brillante de esta causa que un lector puede fácilmente pasar por alto (como ha sucedido con la mayor parte de sus reseñadores) la ausencia de pruebas para algunos de los puntos críticos. Para las citas, véanse las páginas 81, 84, 85-86, 89-90, 93, 230-33, 249. Las citas de Ernst Mayr son de su colección de 1988 Toward a New Philosophy of Biology:véanse páginas 72, 464-66.

Para Gould acerca de Goldschmidt (algunos detractores se refieren a los dos como «Gouldschmidt»), véase «The Return of the Hopeful Monster» en la colección The Panda's Thumb [publicado en castellano, «El regreso del monstruo esperanzado» (mejor sería, «El regreso del monstruo viable» —N. del presente T.), en el libro El pulgar del panda, H. Blume Ediciones (Madrid 1983/1986)]. El artículo de Gould «Una nueva teoría general» ha sido reimprimido en la colección Evolution Now: A Century After Darwin(Maynard Smith, ed., 1982). Los que quieran leer a Goldschmidt en sus propias palabras son remitidos a leer su artículo de 1952 en la revista American Scientist (vol. 40, pág. 84), en lugar de su detallado volumen de 1940 The Material Basis of Evolution, que se basa en las Conferencias Memoriales Silliman que dio en Yale en 1939.

El simposio del Instituto Wistar está transcrito en Mathematical Challenges to the Neo-Darwinian Interpretation of Evolution (P. S. Moorehead y M. M. Kaplan, ed., 1967). Las citas de Darwin son de El Origen de las Especies en su edición inglesa de Penguin Library, 1982, The Origin of Species, págs. 142, 219-20.

La teoría aceptada de mutaciones ha sido recientemente desafiada desde un lugar inesperado. Los investigadores en la Escuela de Harvard de Salud Pública publicaron un artículo en Nature en 1988 (vol. 335, pág. 142), comunicando datos experimentales de que algunas bacterias pueden producir mutaciones útiles dirigidas en respuesta a un cambio en el ambiente. Si estas indicaciones preliminares quedan apoyadas en un contexto más amplio, podría surgir una teoría enteramente nueva de las mutaciones en lugar de la teoría neodarwinista de que las mutaciones son aleatorias y sin dirección. Es concebible que esto pudiese conducir a una nueva teoría de la evolución más alineada con las perspectivas de Goldschmidt y de Grassé que con el neodarwinismo, pero por ahora nadie sabe cómo explicar un misterio como mutaciones guiadas, y la ciencia oficial evidentemente necesitará una gran cantidad de datos constatados antes de aceptar que un fenómeno así tenga una relevancia general.

Capítulo Cuatro El problema de los fósiles

El ensayo de Gould «The Stinkstones of Oeningen», en la colección Hen's Teeth and Horse's Toes [publicado en castellano, «Las antraconitas de Oeningen», en el libroDientes de gallina y dedos de caballo, H. Blume Ediciones (Madrid 1984)], sirve de buena y breve introducción a la ciencia de Georges Cuvier. Gould exhibe aquí la benévola comprensión que a menudo adorna sus bosquejos históricos. La reputación de Cuvier está en eclipse en la actualidad, pero en su época fue conocido como el Aristóteles de la biología, el virtual fundador de las modernas ciencias de la anatomía y de la paleontología y un gran estadista y hombre público. Gould refuta totalmente el prejuicio de que la creencia de Cuvier en cataclismos y en la fijeza de las especies estuviese arraigada en un prejuicio religioso. Al contrario, Cuvier estaba mucho menos dado a principios filosóficos apriorísticos que Lyell y Darwin.

Cuvier creía que la evolución era imposible debido a que los órganos principales de un animal son tan interdependientes que un cambio en una parte exigiría cambios simultáneos en todos los demás —una imposible macromutación sistémica. Gould comenta en un paréntesis: «En la actualidad no negaríamos la inferencia de Cuvier, sino sólo su premisa inicial de una estrecha correlación generalizada. La evolución es de carácter de mosaico, yendo a diferentes velocidades en diferentes estructuras. Las partes de un animal son mayormente disociables, lo que permite que suceda el cambio histórico». Por mi parte, sospecho que esta conclusión está basada no en pruebas experimentales, sino en un deseo voluntarista —«Esto ha de ser así, o no podría haber sucedido la evolución». La observación de Gould sugiere una forma de poner a prueba la hipótesis de la «evolución en mosaico», transplantando órganos de una clase de animal a otro.

Darwin esperaba que Charles Lyell diese un vuelco y prestase finalmente su apoyo a su teoría. Después de dar en la primera edición de El Origen de las Especies una lista de todos los distinguidos paleontólogos y geólogos que «mantenían la inmutabilidad de las especies», añadía que «tengo razones para creer que la eminente autoridad, Sir Charles Lyell, tras adicionales reflexiones, abriga graves dudas acerca de este tema». La biografía de Himmelfarb señala que cuando Lyell no dio un apoyo claro a la evolución en una obra publicada en 1863, «la frustración de Darwin se manifestaba casi en una sensación de haber sido traicionado». Lyell anunció su conversión a la mutabilidad en una edición posterior de la misma obra en 1867, quizá por convicción genuina, quizá por una combinación de amistad y de desgana de ser dejado atrás.

Las citas de Darwin son de la primera edición de El Origen de las Especies en su versión inglesa (The Origin of Species, edición de Penguin Library, 1982), págs. 133, 205, 292-93, 301-02, 305, 309, 313, 316, 322.

Louis Agassiz es el modelo de lo que sucedió a los científicos que intentaron resistir la marea en ascenso de la evolución. La tragedia de Agassiz se describe en el ensayo de Gould, «Agassiz in the Galapagos», en Hen's Teeth and Horse's Toes [publicado en castellano, «Agassiz en las Galápagos», en el libro Dientes de gallina y dedos de caballo, H. Blume Ediciones (Madrid 1984)]. Tal como lo explica Gould, el profesor de Harvard de extracción suiza era «indudablemente el naturalista más grande e influyente de la América del siglo diecinueve», un gran científico y un león social que era íntimo de todas las personas importantes. «Pero el verano de fama y fortuna de Agassiz se transformó en un invierno de duda y de confusión», porque su prejuicio filosófico idealista le impidió abrazar la teoría de Darwin. Todos sus estudiantes se volvieron evolucionistas y cuando murió en 1873 se había convertido en una triste figura aislada. Estoy de acuerdo en que el prejuicio filosófico de Agassiz era intenso, pero no más intenso que el prejuicio uniformista de Lyell y Darwin, y puede que su conocimiento incomparable de la naturaleza de los datos del registro fósil fuese más importante para refrenarle de abrazar una teoría que se apoyaba tan intensamente en buscar excusas frente a dichos datos. Irónicamente, la obra mejor recordada de Agassiz, el Ensayo sobre clasificación, fue publicada en 1859, ahora recordado como el año de El Origen de las Especies.

El desdén con que Futuyma despacha a Agassiz ilustra el ansia con que los darwinistas aceptaron una sola forma fósil intermedia como demostrativa de su causa: «El paleontólogo Louis Agassiz insistía en que los organismos se clasifican en grupos delimitados, basados en planes creativos singulares y diferentes, entre los que no podría haber formas intermedias. Sólo unos años después, en 1868, el fósil Archaeopteryx, una exquisita forma intermedia entre aves y reptiles, derribó el argumento de Agassiz, y no tuvo más que decir acerca del singular carácter de las aves». Futuyma, Science on Trial, pág. 38. En el Capítulo Seis se discuten casos específicos de intermedios fósiles.

Douglas Dewar, un líder del Evolution Protest Movement en Inglaterra en la década de 1930, describió el prejuicio darwinista en términos que eran una premonición de la crítica puntuacionista de la actualidad. Escribió que los biólogos «se permitían quedar dominados por el concepto filosófico de la evolución. Dieron una cálida acogida a la hipótesis, y se dedicaron a buscar pruebas en su favor.… [Cuando se encontró alguna prueba favorable] no es sorprendente que la hipótesis llegase a ser generalmente aceptada por los biólogos. Quizá era sólo natural que en su entusiasmo considerasen la teoría no sólo como una muy útil hipótesis de trabajo, sino como una ley de la naturaleza. En la década de los ochenta del siglo pasado encontramos al Presidente de la Asociación Americana, el Profesor Marsh, diciendo: «No encuentro necesario ofrecer argumento alguno en favor de la evolución, porque dudar de la evolución es dudar de la ciencia, y la ciencia es sólo otro nombre para la verdad». Después de la adopción de esta actitud, se impuso una interpretación evolucionista sobre cada descubrimiento. Los hechos que no parecían concordar con la teoría eran considerados como enigmas que serían finalmente resueltos». Dewar, Difficulties of the Evolution Theory (1931), págs. 2-3.

El libro de Gould de 1989, Wonderful Life, da una espléndida descripción de la Explosión Cámbrica y del «Calzador de Burgess», uno de los muchos esfuerzos de los paleontólogos por dar una descripción de los datos fósiles que sea consecuente con sus postulados darwinistas. Las observaciones de Gould acerca de la teoría artificial y su rechazo proceden de las págs. 271-73. Gould se refiere también al actual estado de la disputa acerca de la fauna ediacarana en las págs. 58-60 y 311-14. Véase también su ensayo «Death and Transfiguration», en la colección Hen's Teeth and Horse's Toes[publicado en castellano, «¡Oh! tumba, ¿dónde está tu victoria?», en el libro Dientes de gallina y dedos de caballo, H. Blume Ediciones (Madrid 1984)].

La tesis filosófica de Gould en Wonderful Life es lo menos interesante del libro, aunque ha recibido una gran publicidad. Especula allí que no se podría esperar de la evolución que produjese el mismo resultado (esto es, humanos) por segunda vez, porque procede con factores fortuitos, no deterministas. La imagen de la evolución como progreso que conduce inevitablemente a formas «más elevadas» de vida como la nuestra ha sido atractiva para muchos darwinistas, y ha ayudado a hacer aceptable la evolución a muchos teístas como una versión naturalista de un plan divino. Me parece que un teísta podría tomar la descripción científica de Gould y sacar la conclusión de que tiene que haber la implicación de una inteligencia creativa y conductora fuera de la naturaleza, porque la creación de la humanidad (o de los insectos, por la misma razón) es inexplicable sin ninguna poderosa fuerza direccional para conformar la vida a pautas de mayor complejidad.

La teoría de Steven M. Stanley de evolución por ramificaciones rápidas se presenta al gran público en su libro The New Evolutionary Timetable (1981). Las citas en este capítulo proceden de las páginas 71, 93-95, 104.

El artículo «Punctuated Equilibria, an Alternative to Phyletic Gradualism», publicado en 1972 por Eldredge y Gould, está reimpreso como apéndice en el libro de Eldredge, Time Frames. Este libro es la fuente de la mayoría de las citas de Eldredge en este capítulo, y proceden de las páginas 59, 144-45. La cita más larga es de su artículo «Evolutionary Tempos and Modes: A Paleontological Perspective», en la colección What Darwin Began; Modern Darwinian and Non-Darwinian Perspectives on Evolution (Godfrey, ed., 1985). El Capítulo Tres de Time Frames da una buena introducción al dilema básico de la paleontología, que es si se ha de leer la evidencia fósil en sus propios términos (ejemplo: Schindewolf), o si se ha de adherir uno a una interpretación aceptable para los darwinistas (ejemplo: Simpson).

La descripción básica del equilibrio puntuado en el texto es una adaptación del artículo de Gould, «The Episodic Nature of Evolutionary Change», en The Panda's Thumb[publicado en castellano, «La naturaleza episódica del cambio evolutivo», en el libro El pulgar del panda, H. Blume Ediciones (Madrid 1983/1986)]. El ensayo que sigue justo a continuación en la colección es «El regreso del monstruo esperanzado» (mejor sería, «El regreso del monstruo viable» —N. del presente T.)], lo que indica por qué algunas personas tuvieron la impresión de que «equilibrio puntuado» era un término en clave para designar la tesis «Goldschmidt-Schindewolf». Las dos citas introductorias de T. H. Huxley en el encabezamiento del artículo de Gould y Eldredge en 1977 son: (1) la dirigida a Darwin: «Usted se ha cargado con una dificultad innecesaria al adoptar de manera tan incondicional el principio de que natura non facit saltum;» y (2) la dirigida al macromutacionista William Bateson: «Veo que usted está inclinado a defender la posibilidad de considerables “saltus” por parte de la Vieja Naturaleza en sus variaciones. Yo siempre tuve la misma postura, con considerable disgusto del señor Darwin».

El hecho de que las acusaciones de «Goldschmidtismo» no eran carentes de base se puede documentar fácilmente en base de los artículos de Gould de 1980 y 1984. El artículo de 1980, «Una nueva teoría general», argumentaba la siguiente tesis: (1) Richard Goldschmidt tenía razón al concluir que la especiación es un proceso fundamentalmente diferente al de la microevolución, exigiendo otra clase de mutaciones. Gould denominó a esta barrera frente a la especiación la «discontinuidad de Goldschmidt». (2) La especiación es aleatoria en su direccionamiento, en contraste a las tendencias macroevolutivas, de modo que las tendencias macroevolutivas son el resultado de un éxito diferencial entre especies (esto es: «selección de especies», en lugar de selección natural entre organismos individuales, que era el pensamiento de Darwin). «Con excusas por el juego de palabras, la ruptura jerárquica entre especiación y tendencias macroevolutivas podría ser llamada la discontinuidad de Wright» [por Sewall Wright].[1] (3) El éxito reproductivo de una especie no es necesariamente resultado de ventajas adaptativas, sino que se puede deber a la presencia fortuita de un nicho ecológico, o de factores como «altas tasas de especiación y una intensa resistencia a la extinción». Con respecto a la evolución de órganos complejos, Gould desechó apoyarse en «un origen saltacional de diseños enteramente nuevos», y propuso en su lugar «un origen saltacional potencial para los rasgos esenciales de adaptaciones clave».

Para una respuesta neodarwinista al artículo de Gould, véase Stebbins y Ayala, «Is a new Evolutionary Synthesis Necessary?» en Science, vol. 213, pág. 967 (agosto 1981). La línea básica que proponen es que la síntesis puede incorporar cualquier rasgo específico de la macroevolución «que sea compatible con las teorías y leyes de la biología de poblaciones». Esta limitación es de suma importancia, porque la necesidad de una teoría separada de macroevolución surge del hecho de que las teorías de la biología de poblaciones son inadecuadas para explicar la macroevolución, si se hace frente al registro fósil de manera honrada y no se intenta cubrir con una cortina de humo de hipótesis ad hoc.

La explicación de Gould de que el propósito de la hipótesis del equilibrio puntuado era permitir que se pudiese escribir acerca de la estasis se cita de su ensayo «Cardboard Darwinism», en The Urchin in the Storm.

La opinion de Mayr acerca de la controversia del equilibrio puntuado puede encontrarse en su ensayo de 1988, «Speciational Evolution through Punctuated Equilibria», en la colección de sus artículos titulada Toward a New Philosophy of Biology. Generalmente, Mayr intenta dar la interpretación más razonable (desde una perspectiva neodarwinista) que lo que escribieron Gould y Eldredge. Sus palabras más severas son que «Nada indignó más a algunos evolucionistas que las pretensiones de Gould y de sus asociados de haber sido los primeros en descubrir, o el menos de haber enfatizado por vez primera, varios fenómenos evolutivos ya ampliamente aceptados en la literatura evolucionista» (pág. 463). Para una presentación más enérgica del mismo punto de vista, véase la descripción de esta controversia en la obra de Dawkins, The Blind Watchmaker.

Mucha de la controversia en los círculos paleontológicos sobre extinciones en masa ha tenido lugar acerca de si la evidencia sustenta teorías como la de Louis y Walter Alvarez. La teoría de Alvarez es que un asteroide impactó sobre la tierra al final de la era del Cretáceo (el límite K-T), causando una nube de polvo a nivel mundial que suprimió temporalmente la fotosíntesis y perturbó la cadena trófica. Según una reseña de 1982 acerca de esta cuestión por Archibald y Clemens [American Scientist, vol. 70, pág. 377], la evidencia paleontológica como un todo sustenta un patrón más gradual de extinción, ocurriendo a lo largo de miles o incluso millones de años. Un artículo de 1988 en Science(vol. 239, pág. 729), que informaba de discusiones en la reunión anual de la Sociedad Geológica de América, concluía que el patrón de extinciones se extendía a lo largo de miles de años al final del período Cretáceo, pero que la evidencia en favor de la teoría del asteroide es importante y que «el gran impacto en el límite pudo desde luego haber hecho caer un sistema ecológico desestabilizado».

La cuestión de si las grandes extinciones fueron precedidas por períodos de extinción más gradual es el objetivo de una investigación en marcha. Según un informe en Science(11 de enero de 1991, pág. 160), unos nuevos estudios están revelando que los dinosaurios y los ammonites (unos antiguos moluscos) estuvieron prosperando hasta la época del impacto del asteroide. Es cosa a destacar que la única evidencia sólida que Darwin citó en su pasaje en defensa de extinciones graduales fue el exterminio «maravillosamente repentino» de los ammonites.

Un buen relato breve del actual estado de la investigación lo dio el reportero científico Richard Kerr en The Los Angeles Times del 12 de junio de 1989, parte II, pág. 3 (reproducido de The Washington Post). Parece seguro decir que la opinión científica predominante en la actualidad es que hubo una extinción en masa en el límite K-T, causada por un impacto de un asteroide o cometa. Una minoría de geólogos atribuyen la extinción en masa a una actividad volcánica, y muchos paleontólogos siguen insistiendo en una explicación gradualista de las extinciones. Naturalmente, es difícil determinar con ninguna precisión cuándo tuvieron lugar las extinciones, especialmente si el registro fósil es tan imperfecto como lo tendría que ser para que el darwinismo sea una posibilidad seria. Incluso si las extinciones en masa tuvieron lugar a lo largo de muchos años debido a cambios climáticos, océanos en recesión o cualquier otra causa, este patrón no sería necesariamente congruente con la obsolescencia gradual postulada por Darwin.

Acerca de la cuestión de si los libros de texto de ciencia y otras fuentes han estado presentando una imagen distorsionada del registro fósil tanto al público general como a la profesión científica, es también de gran interés una carta publicada en Science en 1981 por David Raup. Raup, basado en la Universidad de Chicago y en el Museo Field, es uno de los paleontólogos de más prestigio en el mundo. La carta contiene este pasaje:

Desafortunadamente, un gran número de científicos bien instruidos fuera de los campos de la biología y paleontología evolutivas han recibido la impresión de que el registro fósil es mucho más darwiniano que lo que realmente es. Esto se debe probablemente a la excesiva simplificación inevitable en fuentes secundarias: libros de texto de bajo nivel, artículos semipopulares, etcétera. También, hay probablemente algo de intención voluntarista. En los años siguientes a Darwin, sus defensores esperaban descubrir progresiones predecibles. Por lo general, no se han encontrado — pero el optimismo ha persistido, y algo de pura fantasía se ha deslizado a los libros de texto.… Una de las ironías del debate creación-evolución es que los creacionistas han aceptado el erróneo concepto de que el registro fósil muestra una progresión detallada y ordenada y han hecho grandes esfuerzos para acomodar este «hecho» en su geología diluvial. [Science, vol 213, pág. 289.]

La carta de Raup comenta también que «la teoría darwinista es meramente uno de varios mecanismos biológicos propuestos para explicar la evolución que observamos que ha tenido lugar». Pero la cuestión es si se ha propuesto ningún mecanismo aparte de la selección darwiniana que pueda explicar a la vez el desarrollo de sistemas complejos y dar satisfacción a las demandas de los genetistas de poblaciones.

El ensayo de Raup acerca de la cuestión del registro fósil en la colección de GodfreyScientists Confront Creationists es de particular interés. En lo que se suponía que sería una polémica contra el creacionismo incluyó el siguiente párrafo:

Darwin predijo que el registro fósil mostraría una continuidad razonablemente progresiva de pares antecesor-descendiente con un número satisfactorio de intermedios entre los grupos principales. Darwin fue incluso tan lejos como decir que si no se hallaba tal cosa en el registro fósil, su teoría general de la evolución peligraría gravemente. Estas transiciones graduales no se encontraron en tiempos de Darwin, y él explicó esto en parte sobre la base de un registro geológico incompleto y en parte alegando una falta de estudio de dicho registro. Ahora han transcurrido más de cien años después de la muerte de Darwin, y la situación ha cambiado bien poco. Desde Darwin ha tenido lugar una tremenda expansión de conocimiento de la paleontología, y sabemos mucho más sobre el registro fósil que lo que se sabía en su tiempo, pero la situación básica no es muy diferente. En realidad podemos tener menos ejemplos de transiciones graduales que las que teníamos en época de Darwin, porque algunos de los antiguos ejemplos han resultado ser inválidos al ser estudiados de manera más detallada. Desde luego, se han encontrado algunas nuevas formas intermedias o de transición, particularmente entre los vertebrados terrestres. Pero si Darwin fuese a escribir hoy, tendría que seguir citando una perturbadora ausencia de eslabones o de formas de transición entre los principales grupos de organismos. [Énfasis añadido.]

Raup proseguía explicando que los evolucionistas explican la perturbadora ausencia de evidencia de tres maneras: (1) Debido a la naturaleza de los sistemas de clasificación, los seres tienen que ser puestos en uno y otro grupo, y por ello la ausencia de formas intermedias es en cierto sentido una consecuencia artificial de la práctica taxonómica; (2) El registro fósil sigue siendo incompleto; y (3) La evolución puede que suceda rápidamente por equilibrio puntuado. La conclusión de Raup: «Con estas consideraciones en mente, se tiene que argumentar que el registro fósil es compatible con las predicciones de la teoría evolutiva» (De Godfrey, ed., págs. 156-58). Me parece a mí que la formulación de esta conclusión insinúa una cierta falta de convicción.

Para una comparación erudita de las teorías evolucionistas de Schindewolf y Simpson, véase el artículo de Marjorie Grene, «Two Evolutionary Theories», en The British Journal for the Philosophy of Science, vol. 9, págs. 110-27, 185-93. Grene concluye que la teoría de Schindewolf era la más adecuada de las dos porque el reduccionismo darwinista de Simpson hizo que este último «pasase por alto aspectos esenciales del fenómeno», y que en general intentase evitar el empleo de conceptos molestos que eran sin embargo inevitables y que por ello tendían a entrometerse en su análisis de manera críptica. Raup ha descrito a Schindewolf, que murió en 1972, como «el erudito en el campo de los fósiles más prestigioso de Alemania y quizá del mundo, ampliamente conocido por su investigación de la gran extinción en masa del final del período Pérmico hace 250 millones de años». Schindewolf fue el primer experto en sugerir una causa extraterrestre para las extinciones en masa. (Raup, The Nemesis Affair, pág. 38.)

Capítulo Cinco El hecho de la evolución

El argumento de Darwin acerca de la clasificación procede del Capítulo 13 de El Origen de las Especies. La observación de que «en biología nada tiene sentido excepto bajo la luz de la evolución» es el título de una famosa conferencia de Theodosius Dobzhansky. Se cita en prácticamente cada apología darwinista como argumento decisivo en favor de la teoría.

Las citas de Gould proceden del ensayo «Evolution as Fact and Theory», en la colección Hen's Teeth and Horse's Toes [publicado en castellano, «La evolución como hecho y como teoría», en el libro Dientes de gallina y dedos de caballo, H. Blume Ediciones (Madrid 1984)]. Gould da prácticamente los mismos argumentos en su réplica a Irving Kristol, que es descrita en otros respectos en el Capítulo Uno. Empleo a Gould como punto de partida porque presenta el caso de manera sucinta y tan persuasiva como nadie pueda hacerlo. Gould observa en la primera página de su Ontogeny and Phylogeny(Harvard Belknap, 1977) que las escuelas públicas de New York le enseñaron la doctrina de Haeckel, que la ontogenia recapitula la filogenia, cincuenta años después de haber sido abandonada por la ciencia. Gould prosigue contando que detrás de puertas cerradas muchos científicos admitirán que piensan que «después de todo hay algo en ello». Aunque la ley de Haeckel no es acreditada como proposición general, algunos rasgos embrionarios considerados de forma aislada parecen ilustrarla, y se supone que esto es vagamente significativo.

La cita de Futuyma en este capítulo es de la página 48 de Science on Trial. La cita de Mark Ridley acerca de como la evolución universal queda demostrada por la microevolución más uniformismo procede de su libro Evolution and Classification. Ridley da el mismo argumento en el primer capítulo de Problems of Evolution.

El término «homología» fue empleado por vez primera por Richard Owen, el rival de Darwin y director fundador del Museo Británico de Historia Natural. Se deriva de la palabra griega para concordancia. Como se observa en el texto, Darwin incluyó un glosario en la sexta edición de El Origen de las Especies donde se definía «homología» como «aquella relación entre partes que resulta de su desarrollo de partes embrionarias correspondientes». Según una monografía de 1971 de Sir Gavin de Beer, que era a la sazón director del Museo Británico de Historia Natural y una destacada autoridad en embriología, «esto es precisamente lo que no es la homología».

De Beer escribió que «la correspondencia entre estructuras homólogas no se puede remontar a correspondencia de posiciones de las células del embrión o a las partes del huevo de las que estas estructuras finalmente se diferencian». Además, «las estructuras homólogas no necesariamente están controladas por genes idénticos, y la homología de los fenotipos no implica similitud de genotipos». De Beer pregunta retóricamente: «¿Qué mecanismo puede haber que resulte en la producción de órganos homólogos, de los mismos «patrones», a pesar de no estár controlados por los mismos genes? Hice esta pregunta en 1938, y nadie me ha contestado.»

Es divertido ver a de Beer, uno de los más dogmáticos de todos los neodarwinistas, sonando en esta ocasión como otro Richard Goldschmidt. La monografía de De BeerHomology: An Unsolved Problem, está publicada en la serie de Oxford Biology Readers (1971). Sus principales argumentos están sumarizados en el capítulo sobre homología en la obra de Denton, Evolution: A Theory in Crisis.

Las tempranas diferencias en el desarrollo de los vertebrados que preceden al estadio de faríngula (que por lo general se emplea para ilustrar semejanzas embrionarias) se describen en Scott F. Gilbert, Developmental Biology (3a. ed., Sinauer Associates, 1991), págs. 75-154, 840. La desemejanza de las pautas en el desarrollo de las extremidades de los vertebrados se expone en Neal H. Shubin, «The Implications of “the Bauplan” for the Development and Evolution of the Tetrapod Limb», en Developmental Patterning of the Vertebrate Limb (J. R. Hinchliffe et al., eds., Plenum Press, 1991), págs. 411-21; Richard Hinchliffe, «Towards a Homology of Process: Evolutionary Implications of Experimental Studies on the Generation of Skeletal Pattern in Avian Limb Development», en Organizational Constraints on the Dynamics of Evolution (J. Maynard Smith y G. Vida, eds., Manchester University Press, 1990), págs. 119-31. Véase también Brian K. Hall, Evolutionary Developmental Biology (Chapman & Hall, 1992), pág. 190.

Debería hacer la observación de que ninguno de los embriólogos aquí citados considera que las anomalías que surgen de la embriología constituyan una contradicción al paradigma darwinista. Pero lo que se debe recordar constantemente es que la mayoría de los biólogos contemporáneos, incluyendo los embriólogos, no consideran que la descendencia con modificación (descendencia común) sea una teoría que tenga que ser demostrada. Sería más preciso decir que en la biología la descendencia común ha venido a ser un axioma. Los rasgos como el miembro pentadáctilo en los vertebrados son tan generalmente aceptados como homólogos que su posición no resulta amenazada cuando resulta que en diferentes clases surgen a través de diferentes modelos de desarrollo. Tal como nos lo explica Thomas Kuhn (véase Capítulo Nueve), las anomalías, por sí mismas, nunca refutan un paradigma atrincherado, al menos hasta que se haya encontrado una explicación más satisfactoria para las mismas. El objeto de la discusión en este capítulo no es argumentar que la evidencia de la embriología refuta por sí la hipótesis de la descendencia común, sino desmentir el falso concepto tan extendido de que la embriología da la clase de apoyo positivo a la teoría que han pretendido Futuyma y muchos.

Me siento particularmente agradecido a Jonathan Wells y Paul Nelson por ayudarme con información y fuentes acerca del desarrollo embrionario.

Capítulo Seis La secuencia de los vertebrados

La fuente primaria de la información en este capítulo acerca del registro de los vertebrados fósiles es el exhaustivo libro de texto de Barbara J. Stahl Vertebrate History: Problems in Evolution (Dover 1985), especialmente los Capítulos Cinco y Nueve.

La información acerca del celacanto y de los ripidistios procede de Stahl, págs. 121-48; véase también Denton, págs. 179-80, y un excelente artículo de Max Hall (enHarvard Magazine, enero de 1989) titulado «The Survivor», con hermosas ilustraciones. Los celacantos y ripidistios están clasificados juntos como peces crosopterigios, y este término más general es empleado en muchos textos y artículos para describir el supuesto grupo ancestral de los anfibios. Stahl observa que los seymouriamorfos llegan demasiado tarde al registro fósil para ser antecesores de los reptiles, y en todo caso son actualmente considerados como verdaderos anfibios; págs. 238-39.

El comentario de Gareth Nelson acerca de cómo se escogen los antepasados procede de una entrevista con el periodista Tom Bethell, publicada en la revista The Wall Street Journal (9 de diciembre de 1986).

La discusión de los reptiles mamiferoides está basada en Stahl (Capítulo Nueve) así como en los capítulos correspondientes en Futuyma y Grassé. La cita de Futuyma acerca de eso procede de la página 85 de Science on Trial, y la cita de Gould procede del ensayo «Evolution as Fact and Theory» que ha sido considerado en el Capítulo Cinco. Siguiendo el ejemplo de otros escritores, he agrupado a todos los reptiles mamiferoides como «Terápsidos», evitando el uso de términos técnicos más específicos —como Cynodontos, Teriodontos, etc.—, que habrían distraído innecesariamente al lector general. Los reptiles mamiferoides son también en ocasiones llamados Sinápsidos, la subclase a la que pertenece el grupo. El punto esencial es que allí donde uno disponga la línea alrededor de un grupo de candidatos a antecesores para mamíferos, contiene una gama de grupos y de numerosas especies, ninguno de los cuales se puede identificar en particular de manera concluyente como antepasado de los mamíferos. Aquí será útil una cita de Grassé (pág. 35):


Todos los paleontólogos observan … que la adquisición de rasgos mamíferos no ha sido el privilegio de un orden en particular, sino de todos los órdenes de Teriodontos, aunque en diferente grado. Esta evolución progresiva hacia los mamíferos ha sido observada con mayor claridad en tres grupos de Terápsidos carnívoros: los Terocéfalos, Bauriamorfos y Cynodontos, cada uno de los cuales ha sido considerado en una u otra ocasión antecesor de algunos o de todos los mamíferos.

James A. Hopson, de la Universidad de Chicago, es un experto destacado acerca de los reptiles mamiferoides, y defiende el argumento de la posición de los mismos como antecesores de los mamíferos en su artículo «The Mammal-like Reptiles: A Study of Transitional Fossils», en The American Biology Teacher, vol. 49, nº 1, pág. 16 (1987). Hopson no está poniendo a prueba la hipótesis ancestral en el sentido en que yo lo hago en este capítulo, sino que intenta demostrar la superioridad del «modelo evolucionista» respecto del modelo creacionista científico de Duane Gish. A este fin muestra que los terápsidos pueden ser dispuestos en una secuencia progresiva que van de formas reptilianas a mamíferas, con las formas crecientemente mamíferas apareciendo posteriormente en el registro fósil. Hasta ahí, muy bien, pero Hopson no presenta ninguna línea ancestral genuina. En lugar de ello, mezcla ejemplos de diferentes órdenes y subórdenes, y termina la línea con un mamífero (el Morganucodonte) que es sustancialmente más antiguo que el terápsido que le precede. La prueba que da puede ser suficientemente buena para apoyar el punto específico de Hopson, que es el de que para este ejemplo será preferible cualquier forma de modelo evolutivo al modelo creacionista científico de Gish, pero su argumento no es idóneo, ni pretende serlo, como prueba genuina de la hipótesis misma de descendencia común.

Futuyma defiende el Archaeopteryx como forma de transición en las págs. 188-89 deScience on Trial. Stahl observa en su texto que «por cuanto Archaeopteryx ocupa una posición aislada en el registro fósil, es imposible saber si este animal condujo al surgimiento de voladores más avanzados o si representa sólo una rama lateral de la línea principal». En el prefacio a la edición de 1985 de Dover, añade la observación de que «el hallazgo de fósiles de aves verdaderas en la era del Cretáceo inferior sólo ha fortalecido el argumento de que el famoso emplumado Archaeopteryx puede ser una rama lateral arcaica del ancestral grupo aviano» (págs. VIII, 369). La informativa reseña de Peter Wellnhofer «Archaeopteryx» apareció en el número de mayo de 1990 de Scientific American. No menciona el anuncio de Paul Sereno del descubrimiento del ave fósil en China, del que se informó en The New York Times del 12 de octubre de 1990.

Roger Lewin es un buen escritor de ciencia que ha escrito varios libros sobre evolución humana. Para este capítulo me he apoyado en particular en su Bones of Contention(1987). Los dos más importantes descubridores de fósiles, Donald Johanson y Richard Leakey, son también autores o coautores de unos informativos libros. Para un breve examen de todo este tema, recomiendo el artículo de Cartmill, Pilbeam e Isaac, «One Hundred Years of Paleoanthropology», en American Scientist, vol. 74, pág. 410 (1986).

Hay dos narrativas desmitificadoras de la historia de la evolución humana escritas por autores desde fuera de la ciencia oficial que merecen una cuidadosa lectura. Uno es el libro editado privadamente Ape-Men, Fact or Fallacy, de Malcolm Bowden. Bowden es un científico creacionista, pero los lectores no prejuiciados encontrarán su libro totalmente documentado y repleto de interesantes detalles. Bowden aporta un fascinante relato del fraude de Piltdown, y lo mismo que Stephen Jay Gould, concluye que el filósofo y paleontólogo jesuita Teihlard de Chardin estuvo probablemente implicado como culpable en el fraude. Bowden me persuadió de que hay razones para abrigar sospechas tanto acerca de los hallazgos del Hombre de Java como del Hombre de Pequín, que establecieron lo que en la actualidad se llama Homo erectus. Este libro se puede adquirir también en castellano. Ha sido publicado por CLIE (Terrassa, España. 1984) bajo el títuloLos Hombres-Simios — ¿Realidad o ficción?, con el número ISBN 84-7228-819-6, y se puede pedir en las siguientes direcciones: desde España y toda la Unión Europea Occidental: a Biblio Club - c/ Galvani 125 bis - 08224 Terrassa (Barcelona) España. Teléf. (93) 733 32 63. Desde la América Hispana: Spanish House - P.O. Box 8337, 3585 N.W. 54th St - Fort Lauderdale - FL 33309 USA - Teléf. (305) 739-4654. En inglés se puede solicitar a Sovereign Publications, P.O. Box 88, Bromley, Kent BR2 9PF, Inglaterra.

La otra desmitificación no oficial es The Bone Peddlers: Selling Evolution, de William R. Fix. Para mí, este libro resulta arruinado por sus capítulos posteriores, en los que se aceptan sin sentido crítico testimonios de fenómenos parapsicológicos, pero los capítulos acerca de los datos de la evolución humana son demoledores. Fix comienza con un relato acerca de un reportaje en 1981 de la cadena de televisión CBS sobre la declaración del candidato presidencial Ronald Reagan en el sentido de que la teoría de la evolución «no es creída por la comunidad científica como tan infalible como lo había sido antes». Un portavoz de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia respondió que los 100 millones de fósiles que han sido identificados y datados «constituyen 100 millones de hechos que demuestran la evolución más allá de toda duda».

El libro de Stephen Stanley The New Evolutionary Timetable proporciona un análisis de los datos sobre homínidos en el Capítulo Siete. Stanley señala que la actual secuencia homínida es radicalmente incongruente con la teoría neodarwinista de Dobzhansky (enMankind Evolving) de que la evolución de los Australopitecinos al hombre ocurrió en un linaje continuo dentro de un solo fondo genético. Al contrario, informa Stanley, hubo un número muy pequeño de especies intermedias concretas y de larga persistencia que pueden haberse solapado unas con otras. Stanley propone un modelo basado en una «especiación divergente rápida».

Las declaraciones de Solly Zuckerman (ahora Lord Zuckerman) proceden de su libro de 1970 Beyond the Ivory Tower. Zuckerman volvió a esta cuestión en 1988 en su obra autobiográfica Monkeys, Men and Missiles, donde relata su «continuo debate» con Sir Wilfred Le Gros Clark acerca de la interpretación de los australopitecinos. Zuckerman cree que Le Gros Clark estaba «obsesionado» acerca del tema y que era incapaz de una consideración racional de las evidencias. Indudablemente, la opinión era correspondida.

El popular libro de Donald Johanson y Maitland Edey acerca del descubrimiento de A. Afarensis, Lucy: The Beginnings of Mankind (1981) describe bien el punto principal de controversia entre Zuckerman y los antropólogos:

Para darle a Zuckerman lo que le corresponde, había parecidos entre los cráneos de simios y de los australopitecinos. Los cerebros eran aproximadamente del mismo tamaño, ambos tenían mandíbulas prognáticas (largas, proyectándose hacia fuera), y así. Lo que Zuckerman perdió de vista era la importancia de algunos rasgos que los australopitecinos tenían en común con los hombres. Charles A. Reed, de la Universidad de Illinois, había recapitulado con acierto los malos entendidos de Zuckerman en una reseña de la controversia acerca de los australopitecinos: «No importa que Zuckerman escribiese acerca de que estos rasgos sean “a menudo inconspicuos”; lo importante era la presencia de varios de estos caracteres incipientes en combinaciones funcionales. Este último punto de vista era el que, en mi opinión, no llegaron a entender Zuckerman y sus colaboradores, aunque decían que sí lo entendían. Su enfoque era extremadamente estático en tanto que exigían esencialmente que para que ellos considerasen que un fósil mostraba alguna indicación de evolución hacia humanos vivientes, tendría que haber prácticamente llegado al último estado antes que le considerasen como habiendo comenzado el viaje evolutivo». En otras palabras: si no era ya sustancialmente humano, no podría ser considerado como de camino a ser humano. (pág. 80)

Este argumento apoya de manera reveladora uno de los principales argumentos de Zuckerman, que era que los intentos de situar a los fósiles en una secuencia evolutiva «dependen … en parte de suposiciones, y en parte de algún concepto preconcebido acerca del curso de la evolución homínida». Los Australopitecinos poseían rasgos incipientes, más visibles para los ojos de algunos que los de otros, que podrían haberse desarrollado a rasgos humanos, o no. Si esas criaturas fosilizadas estaban «de camino a ser humanos», entonces lo mismo era sin duda cierto acerca de los controvertidos «caracteres incipientes», pero si no lo estaban, entonces estos caracteres carecían probablemente de significación. La descripción de lo que eran los fósiles queda decisivamente condicionada por la suposición acerca de qué iban a llegar a ser.

El artículo de Zuckerman, «A Phony Ancestor», en The New York Review of Bookspara el 8 de noviembre de 1990, aporta algunos comentarios adicionales en el curso de una reseña de un libro acerca del fraude de Piltdown. Remite a sus lectores a un artículo que había publicado él en 1933 negando la «singularidad del Hombre de Pequín» y sugiriendo que los homínidos deberían ser divididos en dos familias conteniendo: (1) El Hombre de Pequín y los Neandertales; y (2) los que tienen cráneos como los hombres modernos. Zuckerman atribuyó el éxito del fraude de Piltdown al hecho de que los antropólogos se engañaban a sí mismos al pensar que podían «diagnosticar con el ojo desnudo lo que se imaginaban que eran caracteres homínidos en los huesos y en los dientes». Concluye diciendo: «El problema es que siguen en lo mismo. Una vez entregados a lo que sus ojos o los de otros les han dicho, todo lo demás ha de ocurrir en base del diagnóstico».

La desmitificación biométrica que realizó Zuckerman de los Australopitecinos tuvo lugar antes del descubrimiento de «Lucy» por parte de Johanson. Lucy es un espécimen más primitivo del género que el A. Africanus de Dart, y por ello quedaría descalificado a fortiori si las conclusiones de Zuckerman acerca del Africanus son correctas. Aunque Johanson y su colega Owen Lovejoy declaran confiados que Lucy andaba erguida como un humano, esta declaración no ha carecido de impugnaciones. La controversia queda brevemente recapitulada en Roger Lewin, Human Evolution: An Illustrated Introduction:

Aunque queda bien claro que la pelvis de Lucy no es la de un simio, tampoco es plenamente de forma humana, particularmente en el ángulo de las paletas de la pelvis. Sin embargo, concluye Owen Lovejoy de la Universidad Estatal de Kent, los estudios biomecánicos y anatómicos de la pelvis en mosaico indica que la estructura es congruente con un estilo de locomoción bípeda que es notablemente moderna. En contraste, dos investigadores en la Universidad Estatal de New York en Stony Brook interpretan la mezcla de caracteres en la pelvis de Lucy como indicativa de una forma algo simia de bipedalismo, con una pelvis doblada, y las rodillas dobladas. La diferencia de opinión todavía no ha quedado resuelta.
Estudios sobre el esqueleto de Lucy y sobre los otros especímenes de Hadar indican que el A. Afarensis tuvo unas extremidades anteriores largas y unas extremidades posteriores relativamente cortas —una configuración simiesca. (Milford Wolpoff, de la Universidad de Michigan, argumenta, sin embargo, que las pequeñas piernas de Lucy son de la longitud que uno podría esperar en un humano de su diminuta estatura.) Aún más simiescos son los huesos distintivamente curvados de los dedos de las manos y de los pies. Los investigadores de Stony Brook, Randall Susman y Jack Stern, interpretan estos rasgos como adaptaciones a una condición arborícola significativa. Otros, incluyendo Lovejoy y White, sugieren que hay otras interpretaciones posibles. (pág. 41.)

Es indudable que hay muchas interpretaciones posibles, pero la hipótesis que se está sometiendo a prueba en este capítulo es que Lucy y otros homínidos han sido identificados de manera concluyente como antecesores de los seres humanos, sin ayuda de ninguna presunción de que tenga que haber ocurrido la cuestionada transición de los simios a los hombres.

La hipótesis de la «Eva mitocondrial» y el resultante conflicto entre los biólogos moleculares y los antropólogos físicos recibe un buen tratamiento popular (si se puede pasar por alto el vulgar estilo de redacción) en la obra de Michael H. Brown The Search for Eve (Harper & Row, 1990). Brown parece inseguro acerca de si su tema es ciencia o ficción imaginativa, y creo que muchos lectores pensarán que su incertidumbre está justificada. El libro muestra el menosprecio que los biólogos moleculares, de la «ciencia pura y dura», sienten por los paleontólogos, más «blandos», que basan sus teorías de la evolución humana en reconstrucciones de dientes aislados, cráneos fragmentados y trozos de mandíbulas. Según la colega de Allan Wilson, Rebecca Cann: «Muchos paleontólogos temen que si exponen los legítimos límites científicos de la certidumbre de sus teorías, los fundamentalistas y los “científicos” creacionistas pueden presentar falsamente estos datos para poner en duda el hecho de que la evolución ocurrió.» (pág. 239.)

Brown cita también una interesante observación de Alan Mann, profesor de Paleoantropología en la Universidad de Pennsylvania: «La evolución humana es en estos días un gran tema. Leakey es célebre en todo el mundo, Johanson es como una estrella de cine, y las mujeres le persiguen para pedirle autógrafos. Circuito de conferencias. Fundación Nacional de la Ciencia. Montones de dólares. Todo es discutible, especialmente allí donde está mezclado el dinero. A veces la gente manipula deliberadamente los datos para que se ajusten a lo que ellos están diciendo» (pág. 241).

La reconstrucción del Basilosaurus está descrita para científicos en el artículo «Hind Limbs of Eocene Basilosaurus: Evidence of Feet in Whales», por Philip D. Gingerich, B. Holly Smith y Elwyn L. Simons, en Science, vol. 249, págs. 154-57 (15 de julio de 1990). Este artículo dice que «los huesos de extremidades y pies descritos aquí fueron todos encontrados en asociación con esqueletos articulados de Basilosaurus isis e indudablemente representan a esta especie». Aunque acepto la descripción de los autores para el propósito de este capítulo, confieso que expresiones como «encontrado en asociación directa con» e «indudablemente» despertaron mi curiosidad. ¿Es cierto que elBasilosaurus tenía extremidades traseras atrofiadas, o es sólo cierto que se encontraron huesos fósiles de pies a una distancia razonablemente corta de los esqueletos deBasilosaurus? Los reportajes en la prensa diaria citan al descubridor Philip Gingerich como diciendo que «Me siento confiado acerca de que podemos volver a cualquier esqueleto, medir la distancia desde la cabeza —unos cuarenta pies—, barrer la arena y encontrar más pies.» Ésta es una predicción admirablemente arriesgada, y si Gingerich puede confirmarla, se deberían abandonar todas las dudas acerca de a quién pertenecían los pies.

Douglas Dewar, un biólogo creacionista destacado que disentía de la ortodoxia evolucionista en Gran Bretaña en la década de 1930, dio una divertida descripción de los problemas involucrados en un hipotético escenario de la evolución de la ballena:

Consideremos lo que se implicaría en la conversión de un cuadrúpedo terrestre, primero en una criatura semejante a la foca, y luego a una ballena. El animal terrestre, aún en tierra, habría tenido que dejar de emplear sus extremidades posteriores para locomoción, y tendría que haberlas mantenido permanentemente estiradas hacia atrás a cada lado de la cola y arrastrarse empleando sus extremidades anteriores. Durante sus incursiones al agua, tiene que haber retenido sus extremidades posteriores en su posición rígida y nadar moviéndolas junto con la cola de lado a lado. Como resultado de este acto de propia negación, hemos de suponer que las extremidades traseras quedaron finalmente fijadas a la cola con el desarrollo de una membrana. De esta manera, la parte trasera del cuerpo se habría vuelto como la de una foca. Habiendo llegado a esta etapa, la criatura, en anticipación de un tiempo futuro en el que daría nacimiento a sus pequeños debajo del agua, fue desarrollando gradualmente un aparato mediante el que la leche es forzada a la boca del pequeño, y mientras tanto se ha de formar una caperuza alrededor del pezón en la que se ajuste herméticamente el hocico del pequeño, la epiglotis y el cartílago laríngeo se alargan hacia abajo para conectarse firmemente a este tubo, a fin de que el adulto pueda respirar mientras toma agua en la boca, y el joven mientras toma la leche. Estos cambios han de ser conseguidos en su totalidad antes que la cría pueda nacer debajo del agua. Obsérvese que no hay ninguna etapa intermedia entre nacer y mamar debajo del agua y nacer y mamar en el aire. Al mismo tiempo tienen que aparecer otros varios cambios anatómicos, el más importante de los cuales es la transformación completa de la región de la cola. La parte posterior del cuerpo se tiene que haber comenzado a doblar en la zona anterior, y el doblamiento tiene que haber continuado hasta que el movimiento lateral se transforma en un movimiento arriba y abajo. Mientras tuvo lugar este proceso de doblamiento, las extremidades posteriores y la pelvis tuvieron que ir disminuyendo de tamaño, hasta que las primeras dejaron de existir como extremidades externas en todas las ballenas, y desaparecieron completamente en la mayoría de ellas. [Citado en Denton, págs. 217-18.]

Los darwinistas se han concentrado casi totalmente en el tema de la evolución animal y han dado mucha menos atención a los problemas de la macroevolución en las plantas, probablemente porque este tema no es tan pertinente al linaje del hombre. La monografía de 1971, «The Mysterious Origin of Flower Plants», por Kenneth Sporne (Profesor de Botánica de la Universidad de Cambridge) comenta:

Se han propuesto teorías innumerables acerca del origen y posterior evolución de las plantas con flores, pero ninguna ha recibido aprobación generalizada. Darwin, en una carta a Hooker escrita en 1879, hizo el siguiente comentario: «El rápido desarrollo, hasta ahí donde podemos juzgar, de todas las plantas superiores en tiempos geológicos recientes, es un abominable misterio», y la situación apenas si ha cambiado desde entonces, a pesar de los notables avances logrados en el siglo veinte.

Laurie Godfrey escribe que los paleobotánicos han identificado recientemente polen y hojas fósiles como «miembros de una radiación adaptativa de angiospermas», enScientists Confront Creationism, pág. 201. Me gustaría que hiciesen los paleobotánicos con la evidencia de las plantas lo que yo he intentado hacer con los vertebrados, y que pusiesen a prueba la hipótesis de descendencia común mediante el registro fósil de las plantas. Sospecho que el resultado sería turbador para los darwinistas. Las fuentes creacionistas frecuentemente citan la observación del botánico E. Corner de la Universidad de Cambridge acerca de esta cuestión:

Se puede aducir mucha evidencia en favor de la teoría de la evolución —de la biología, biogeografía y paleontología; pero sigo pensando que, para los carentes de prejuicios, el registro fósil de las plantas está en favor de la creación específica. No obstante, si se puede encontrar otra explicación para esta jerarquía de clasificación, sonaría el toque a difuntos para la teoría de la evolución. ¿Podemos imaginar cómo una orquídea, una lenteja y una palmera pueden haber procedido de un mismo antecesor común? ¿Y tenemos alguna prueba para esta presunción? El evolucionista ha de estar preparado con una respuesta, pero creo que la mayoría se derrumbarían bajo un interrogatorio. [Del ensayo de Corner «Evolution», en Contemporary Biological Thought, véanse págs. 95 y 97 (McLeod & Colby, ed., 1961).]

Capítulo Siete La evidencia molecular

Para la información de fondo acerca de la evidencia molecular he recurrido principalmente a tres artículos de destacadas autoridades en la revista Scientific American: Motoo Kimura, «The Neutral Theory of Molecular Evolution» (Nov. 1979); G. Leylard Stebbins y Francisco Ayala, «The Evolution of Darwinism» (Jul. 1985) y Allan Wilson, «The Molecular Basis of Evolution» (Oct. 1985).

Los datos acerca de las divergencias en la secuencia molecular del citocromo c proceden de una tabla en el Atlas of Protein Sequence and Structure de Dayhoff; se reproduce en la obra de Denton, Evolution: A Theory in Crisis (1985). Denton sigue la tesis de que los datos moleculares exhiben un mundo de agrupaciones naturales discontinuas que apoyan la perspectiva esencialista o tipológica, y no la perspectiva darwinista de continuidad a lo largo del tiempo. La respuesta darwinista es suponer que los grupos discontinuos del presente surgieron por evolución continua de distantes antecesores comunes. La cuestión es si la suposición darwinista es meramente una preferencia filosófica, o si está apoyada por datos sustanciales.

La cita apoyando el pan-seleccionismo de Ernst Mayr y las citas atribuidas a Kimura proceden del artículo de Kimura en Scientific American. Kimura reconoce que para poner a prueba la teoría neutral «es necesario evaluar cantidades como tasas de mutación, coeficientes de selección, tamaños de población y tasas migratorias» [a lo largo de grandes lapsos de tiempo geológico]. Concede que «muchos biólogos evolucionistas mantienen que estas magnitudes de genética de población nunca podrán ser determinadas y que consiguientemente cualquier teoría que dependa de ellas es un ejercicio de futilidad». Kimura responde que sin embargo «estas magnitudes han de ser investigadas y medidas si se han de llegar a comprender los mecanismos de la evolución». Si se lee de manera cuidadosa, la lógica de Kimura no nos da razón alguna para suponer que los «mecanismos de evolución» puedan realmente ser comprendidos por la investigación científica, por cuanto no tiene ninguna verdadera respuesta a la crítica de que es imposible establecer los hechos esenciales acerca de cuestiones como los tamaños de población y coeficientes de selección en el remoto pasado. Por otra parte, Kimura observa con razón que la incapacidad de someter a ensayo es también una acusación válida contra las teorías seleccionistas, «que pueden invocar tipos especiales de selección para ajustarse a circunstancias especiales, y que generalmente dejan de hacer predicciones cuantitativas».

Un ejemplo que menciona Kimura ilustra la esencia del debate entre neutralismo y seleccionismo. La teoría neutral predecía casi un 100 por ciento de heterocigosidad proteínica en una población grande. Francisco Ayala informa que la heterocigosidad en una gran población de mosca de la fruta era del 18 por ciento, y que por ello la teoría neutral era errónea. Sin problemas, respondió Kimura: la discrepancia se podía resolver suponiendo que hubiese un embotellamiento de población de un tamaño adecuado en alguna ocasión (quizá causado por la última era glacial), o con un ajuste de las suposiciones del modelo matemático en algún otro respecto. De todas maneras, los seleccionistas se encontraban con sus propios problemas para explicar por qué la selección natural iba a preservar tanta heterocigosidad como parece existir. Ambos lados de la controversia suponían que o bien la versión neutralista o la seleccionista del darwinismo había de ser cierta, y de este modo cada bando podía apoyar sus razones refutando las del otro.

Los artículos citados en la nota número 2 son el de Roger Lewin, «Molecular Clocks Run Out of Time», New Scientist, 10 de febrero de 1990, pág. 38; y el ya citado artículo de Allan Wilson en Scientific American.

Christian Schwabe expresó lo que yo considero como una perspectiva apropiadamente escéptica de las teorías evolutivas moleculares en su artículo «On the Validity of Molecular Evolution» en Trends in Biochemical Sciences, 1986, vol. 11, págs. 280-82. Observa él que «parece desconcertante que existan muchas excepciones a la progresión ordenada de las especies tal como queda determinado por las homologías moleculares; tantas, de hecho, que la(s) excepción(es), los rasgos caprichosos, puede que estén comunicando un importante mensaje». Schwabe se quejaba del frecuente uso de hipótesis ad hoc para conciliar los datos moleculares discrepantes con el neodarwinismo, y observaba que «la hipótesis neodarwinista … permite interpretar diferencias simples de secuencia como las que representan procesos complejos, entre ellas duplicación de genes, mutaciones, eliminaciones e inserciones, sin ofrecer la más mínima posibilidad de prueba, ni en la práctica ni en principio».

Una razón por la que puede que sea imprudente sacar conclusiones acerca de la evolución de los datos moleculares es que la evolución molecular es un campo relativamente nuevo, y los informes más detallados de seguimiento pueden poner en tela de juicio algunos de los resultados publicados por entusiasmados pioneros. Por ejemplo, el número de septiembre de 1989 de Evolutionary Biology contiene un artículo del bioquímico Siegfried Scherer, titulado «The Protein Molecular Clock: Time for a Reevaluation». Scherer estudió diez proteínas diferentes que representaban a más de 500 secuencias de aminoácidos individuales. Informó que en ningún caso los datos eran congruentes con predicciones basados en el concepto del reloj, y concluyó que «la hipótesis del reloj molecular de las proteínas ha de ser descartada».

La obra de Edey y Johanson, Blueprints, hace un buen trabajo al nivel popular de explicar las arqueobacterias, el reloj molecular, y el impacto de la aproximación molecular a la paleoantropología. Naturalmente, estos autores no cuestionan las presuposiciones darwinistas.

Capítulo Ocho La evolución prebiológica

Como lectura de fondo acerca de la evolución prebiológica, recomiendo de manera particular los siguientes libros: A. G. Cairns-Smith, Seven Clues to the Origin of Life(1985); Robert Shapiro, Origins: A Skeptic's Guide to the Creation of Life on Earth(1986); y Charles Thaxton, Walter Bradley y Roger Olsen, The Mystery of Life's Origin(1984). Cairns-Smith y Shapiro son químicos destacados en su campo. Ambos son dotados popularizadores que revelan con sinceridad que los problemas para la explicación del origen de la vida han sido frecuentemente subestimados al exagerar los investigadores la importancia de éxitos de poca importancia. Ambos afirman la existencia de una solución naturalista como asunto de fe. The Mystery of Life's Origin es un exposición pionera escéptica acerca de este campo que apareció al mismo tiempo que gente como Carl Sagan estaban ocupados asegurando al público que el problema estaba virtualmente solucionado. Muchos le han hecho el vacío porque considera de manera explícita el argumento en favor de una creación inteligente. Pero se mantiene totalmente a la par de la norma de este campo de estudio, y puede que sea demasiado difícil para lectores que carezcan de conocimientos de química. El libro de Francis Crick Life Itself (1981) es inferior a la competencia, a pesar de la fama de su autor, pero el lector no debería perderse su descripción de la panspermia dirigida. Para los que prefieran un enfoque más circunscrito a lo terrenal, la obra experimental y teórica de Manfred Eigen y su equipo sobre el «gen desnudo» del ARN está descrito en Blueprints, de Edey y Johanson.

Hay un buen tratamiento escéptico de la evolución prebiológica en el Capítulo Once deEvolución: A Theory in Crisis, de Michael Denton (1985). La conclusión de Carl Sagan de que el origen espontáneo de la vida ha de ser sumamente probable porque tuvo lugar en un período tan breve de la tierra primitiva se cita en la pág. 352 de Denton. Esta lógica de Sagan de «comenzar desde la conclusión favorita e ir hacia atrás» es típica de los investigadores en este campo. Por ejemplo, algunos científicos han rehusado dar crédito a las pruebas de que la atmósfera primitiva no era de la naturaleza intensamente reductora que se presuponía en el experimento de Miller-Urey, razonando que tienen que haber estado presentes las condiciones necesarias para la producción de aminoácidos, porque en caso contrario la vida no podría existir. Robert Shapiro comenta que «hemos llegado a una situación en la que algunos han aceptado una teoría como un hecho, y donde las posibles pruebas contrarias se pasan por alto. Esta condición, naturalmente, describe a la mitología, no a la ciencia».

Para un excelente y breve examen general de la escena para el científico profesional, recomiendo el artículo «The Origin of Life: More Questions than Answers», por Klause Dose, en Interdisciplinary Science Reviews, vol. 13, nº 4, pág. 348 (1988). Véase también la breve reseña por Dose de una colección de artículos acerca de la tesis del origen mineral de la vida, que apareció en Bio Systems, vol. 22 (1), pág. 89 (1988). Dose, una figura destacada en el campo de la evolución prebiológica, es Director del Instituto de Bioquímica en la Universidad Johannes Gutenberg en Maguncia, Alemania.

El artículo citado en el texto por Gerald F. Joyce, «RNA Evolution and the Origins of Life», apareció en Nature, vol. 338, págs. 217-24 (16 de marzo de 1989). Joyce concluye con la sombría observación de que los investigadores del origen de la vida se han llegado a acostumbrar a una «carencia de datos experimentales relevantes» y a un elevado nivel de frustración.

El Capítulo Seis de Richard Dawkins, sobre «Origins and Miracles [Orígenes y Milagros]» en The Blind Watchmaker, es una partitura de virtuoso en defensa del darwinismo, donde se presta una particular atención al escenario de la evolución sobre arcilla de Cairns-Smith. Dawkins emplea la metáfora de la «chatarrería» de Hoyle para explicar cómo una micromutación en los genes que regulan el desarrollo embrionario podría producir costillas y músculos adicionales, etc., en el organismo adulto. La mutación sería sencillamente añadir más de lo que ya estaba en el programa, y de esta manera Dawkins pensaba que se trataría de una mutación de «alargamiento del DC-8» y no de formación de un «Boeing 747». Considera él mucho más probable que un tornado que azotase un DC-8 en una chatarrería lo transformase en una versión alargada del mismo avión que no que un tornado pudiese transformar pura chatarra en un 747.

La investigación que involucra modelos informáticos de sistemas de autoorganización queda descrita de manera muy completa en dos colecciones de artículos comunicando conferencias celebradas en 1987 y 1990 en Los Alamos National Laboratory. De la conferencia de 1990 se informa en el artículo «Spontaneous Order, Evolution, and Life», en Science, 30 de marzo de 1990, pág. 1543. Este es el artículo citado en el texto.

También me he beneficiado de dos artículos inéditos de Charles Thaxton: «DNA, Design and the Origin of Life» (1986); y «In Pursuit of Intelligent Causes: Some Historical Background» (1988).

Capítulo Nueve Las reglas de la ciencia

La cita legal de la opinión del Juez Overton es McLean v. Arkansas Board of Education, 1529 F.Supp. 1255 (W.D. Ark. 1982). La opinión está reimpresa en la colección But Is It Science? (Ruse, ed., 1988). Esta colección contiene también artículos críticos de la definición Ruse-Overton por los filósofos Larry Laudan y Philip Quinn, acompañados de réplicas de Ruse. Para narraciones adicionales del juicio por parte de participantes, véase Langdon Gilkey, Creationism on Trial: Evolution and God at Little Rock (1985), y la obra de Robert V. Gentry, Creation's Tiny Mistery (2ª edición, 1988). Gilkey es un teólogo liberal que testificó del lado de los querellantes; Gentry es un físico y científico creacionista que testificó en defensa de la ley.

Stephen Jay Gould elogió la opinión en los siguientes términos: «La brillante resolución del Juez Overton, de hermosa redacción, es el mejor documento legal jamás escrito acerca del tema — pasando bien de lejos cualquier escrito generado por el juicio de Scopes, ni ninguna opinión [en los otros dos casos que fueron presentados ante el Tribunal Supremo]. Las definiciones de ciencia del Juez Overton son tan convincentes y expresadas de una manera tan clara que podemos emplear sus palabras como modelo para nuestros propios procedimientos. Science, la principal revista de la ciencia profesional americana, publicó la decisión del Juez Overton de manera literal como artículo principal.» («Postscript»,Natural History, Noviembre de 1987, pág. 26.)

Los reportajes en los medios de comunicación y las opiniones judiciales dan por sentado que las leyes de tratamiento equilibrado fueron obra de una coalición de científicos creacionistas sumamente organizada a nivel nacional, pero esto ha sido desmentido. Según el abogado científico creacionista Wendell R. Bird, la mayor parte de las organizaciones nacionales de ciencia creacionista se oponen a legislaciones de este tipo, «prefiriendo más bien persuadir a los profesores y a los administradores acerca del mérito científico de la teoría de la creación sin imposiciones legales». Parece que un individuo llamado Paul Ellwanger tomó la iniciativa de proponer una legislación de trato equilibrado, con el resultado de que algunos científicos creacionistas nada entusiasmados se vieron llevados a batallas perdidas sobre un terreno que no habían escogido. Véase Wendell R. Bird, The Origin of Species Revisited, vol. 2, págs. 357-359 (1989).

Las citas de Thomas Kuhn The Structure of Scientific Revolutions (2ª ed., 1970) proceden de las páginas 5, 24, 77-79 y 127-128. Cosa interesante, el modelo de Kuhn de la empresa científica se basa ella misma en la filosofía darwinista. Kuhn observó que el rasgo distintivo de la teoría darwinista, desde un punto de vista filosófico, era que abolía el concepto de que la evolución sea un proceso dirigido a una meta. La selección natural no tenía ningún objetivo, y sin embargo produce el progreso en forma de órganos maravillosamente adaptados como el ojo y la mano. De manera semejante, la ciencia progresa mediante «la selección, por conflicto dentro de la comunidad, de la mejor manera de practicar la ciencia futura. El resultado neto de una secuencia de estas selecciones revolucionarias, separadas por períodos de investigación normal, es el conjunto maravillosamente adaptado de instrumentos que designamos como conocimiento científico.… Y todo el proceso puede haber tenido lugar, como ahora suponemos que lo hizo la evolución biológica, sin el beneficio de un objetivo establecido, ni de una verdad científica fija permanente, de lo que cada etapa en el desarrollo del conocimiento científico resulta un mejor ejemplar». (págs. 172-173.)

El pasaje de la obra de Heinz Pagel, The Dreams of Reason (1988), procede de las págs. 156-58. Los dos párrafos citados quedan separados por tres párrafos en los que Pagels discute la lógica de las matemáticas como ejemplo adicional del código cósmico de construcción del Demiurgo. Los pasajes de George Gaylord Simpson proceden de The Meaning of Evolution (ed. rev., 1967), págs. 279, 344-45. Aunque el criterio de Karl Popper de falsabilidad es insatisfactorio como definición de «ciencia», los escritos de Popper acerca de este tema son sumamente valiosos por su percepción acerca de la diferencia entre ciencia y pseudociencia. Este es el tema del Capítulo Doce.

Capítulo Diez La religión darwinista

La declaración de 1984 de la Academia Nacional de las Ciencias y la réplica de Gould a Irving Kristol se describen en las notas de investigación al Capítulo Uno. Gould replicó a la acusación de Kristol de que los libros de texto sobre evolución tienen un prejuicio antirreligioso citando la evidente imparcialidad de los autores de destacados libros de texto como Dobzhansky y Futuyma. La interpretación naturalista de la «neutralidad» ante la religión no inhibe a los científicos de hacer explícita su suposición de que la religión teísta es un absurdo. Esto es lo que Futuyma tiene que decir en las págs. 12-13 de Science on Trial: The Case for Evolution (1983):

Cualquiera que crea Génesis como una descripción literal de historia tiene que sustentar una visión del mundo totalmente incompatible con la idea de la evolución, por no hablar de la ciencia misma.… Donde la ciencia insiste en causas materiales y mecanicistas que puedan ser comprendidas por la física y la química, el creyente literal en Génesis invoca fuerzas sobrenaturales incognoscibles.
Quizá más importante, si el mundo y sus criaturas se desarrollaron puramente por fuerzas materiales y físicas, no podría haber sido diseñado y no tiene propósito ni objetivo. En cambio, el fundamentalista cree que todo en el mundo, cada especie y cada característica de cada especie, fue diseñado por un artífice inteligente y con un designio en mente, y que fue hecho para un propósito. En ninguna parte este contraste aparece con mayor fuerza que en la especie humana. Algunos retroceden de la conclusión de que la especie humana no fue diseñada, de que no tiene ningún propósito, y que es el producto de unos mecanismos meramente mecánicos —pero este parece ser el mensaje de la evolución.

El artículo de William Provine «Evolution and the Foundation of Ethics» apareció enMBL Science (una publicación del Laboratorio Biológico Marino en Woods Hole, Massachusetts), vol. 3, nº 1, págs. 25-29. Una versión más breve apareció como editorial invitado en el número del 5 de septiembre de 1988 de The Scientist con correspondencia y réplicas en posteriores números. Provine también dio conferencias acerca de este tema en una magna reunión de biólogos evolutivos en el Museo Field en Chicago en 1987.

El folleto «Teaching Science in a Climate of Controversy» se puede conseguir solicitándolo a la American Scientific Affiliation, P.O. Box 668, Ipswich, MA 01938-9980. La edición de 1989 ha sido trabajosamente revisada para afrontar varias objeciones, justas e injustas, a anteriores versiones. Las reseñas darwinistas citadas en el texto aparecieron en la revista The Science Teacher de febrero y septiembre de 1987.

La cita de la obra de Julian Huxley Religion Without Revelation (1958) es de la página 194. Muchos científicos han fomentado filosofías éticas o inspiracionales basadas en la evolución. Para los deprimentes detalles, véase Mary Midgely, Evolution as a Religion (1986), y los ensayos en la colección de John C. Greene Science, Ideology and World View (1981). En especial recomiendo el artículo de Marjorie Grene, «The Faith of Darwinism», en Encounter, vol. 74, págs. 48-56 (1959), cuyo tema es que «Es comoreligión de la ciencia que el darwinismo principalmente capturó, y mantiene cautivas, las mentes de los hombres».

La corroboración que hace Dobzhansky de la filosofía de Teilhard de Chardin aparece al final de su libro de 1962, Mankind Evolving (edición de Bantam, 1970). Las citas de Teilhard proceden de The Phenomenon of Man (1959). Dobzhansky describió la fe de Teilhard como «indemostrable por hechos científicamente establecidos» pero no contradichos por ningún conocimiento científico, y como un «rayo de esperanza» para el hombre moderno y que «se ajusta a las necesidades de nuestro tiempo».

La aspiración de Teilhard de reformular la fe católica con la evolución en su centro ilustra la necesidad de desembrollar los motivos religiosos y científicos a ambos lados de la controversia sobre la evolución. Teilhard no era sólo un teólogo, sino también una figura principal de la paleontropología. Estuvo estrechamente implicado con el buscador amateur de fósiles Charles Dawson y con Sir Arthur Smith Woodward en el descubrimiento del fraudulento «Hombre de Piltdown» en 1912-13.

Hay fuertes razones para sospechar que el entusiasmo religioso de Teilhard por la evolución le llevó a participar en un fraude. Muchas personas familiarizadas con este asunto (incluyendo Stephen Jay Gould y Louis Leakey) han llegado a la conclusión de que Teilhard estuvo probablemente involucrado de manera culpable en la preparación del fraude de Piltdown, aunque la prueba no es concluyente y los admiradores de Teilhard insisten en que su carácter humano era de tal santidad que nunca habría pensado tal cosa. Los ensayos de Gould «The Piltdown Conspiracy» y «A Reply to Critics» en Hen's Teeth and Horse's Toes (1983) dan una buena introducción al tema [publicados en castellano, «La conspiración de Piltdown» y «Réplica a los críticos», en el libro Dientes de gallina y dedos de caballo, H. Blume Ediciones (Madrid 1984)]. Véanse también las Notas de Investigación al Capítulo Seis.

El Hombre de Piltdown vino a ser una anomalía tras el descubrimiento del «Hombre de Pequín» en China en la década de 1930 (en el que Teilhard también desempeñó un importante papel), y eso llevó a los expertos a la hipótesis de un diferente camino para la evolución del hombre primitivo, y unas nuevas pruebas establecieron en 1953 que la calavera combinaba de manera hábil la mandíbula de un orangután con el cráneo de un hombre moderno. Hasta que el fósil de Piltdown no llegó a ser un inconveniente, y hasta que los científicos británicos acreditados con su descubrimiento no hubieron desaparecido de la escena, la calavera fue guardada lejos de los investigadores escépticos en una caja fuerte en el Museo Británico de Historia Natural. Considerando que algunos eruditos científicos habían expresado su escepticismo acerca del Hombre de Piltdown desde el momento de su descubrimiento, este ocultamiento de la evidencia es un mayor escándalo que el fraude original.

Capítulo Once La educación darwinista

La historia de la controversia en el Museo Británico de Historia Natural procede principalmente de las páginas editoriales y de correspondencia de Nature para los años 1980-82, volúmenes 288-291. Las cartas de L. B. Halstead aparecieron en el vol. 288, pág. 208; vol. 289, págs. 106, 742, y vol. 292, pág. 403. El primer editorial de Nature, «Darwin's Death in South Kensington», apareció en el número del 26 de febrero de 1981, vol. 289, pág. 735. La carta de respuesta de los veintidós científicos del Museo aparece en el vol. 290, pág. 82. El editorial de seguimiento, «How True is the Theory of Evolution», aparece en vol. 290, pág. 75. La última palabra editorial apareció en un artículo firmado por Barry Cox, vol. 291, pág. 373. La carta de Gareth Nelson aparece en el vol. 289, pág. 627.

Relatos adicionales de la controversia acerca del Museo se pueden encontrar en Anthony Flew, Darwinian Evolution, págs. 33-34; Alan Hayward, Creation and Evolution: Some Facts and Fallacies, págs. 1-2 (1985), y Francis Hitching, The Neck of the Giraffe, págs. 219-23. La entrevista con el Director de Servicios Públicos del Museo, doctor Roger Miles, se describe en Hitching, págs. 222-23.

La conferencia de Michael Ruse titulada «The Ideology of Darwinism» fue presentada en un congreso patrocinado por la UNESCO en Alemania Oriental en 1981, y publicada en inglés bajo los auspicios de la Akademie der Wissenschaften der DDR en enero de 1983.

El Marco de ciencia [Science Framework] para las escuelas públicas de California fue publicado por la Junta de Educación del Estado de California en 1990. La versión publicada contiene la Declaración de Principios sobre la enseñanza de las Ciencias Naturales, que fue adoptada por la Junta en 1989 para que sustituyese los Principios de antidogmatismo de la Junta de 1972. La tabla de citocromo c aparece en el Frameworken la página 116; las cifras en esta tabla fueron copiadas literalmente del libro Of Pandas and People, pág. 37, de Percival Davis y Dean H. Kenyon, con Charles Thaxton (Haughton, 1989). Este libro es «creacionista» sólo en el sentido de que yuxtapone un paradigma de «designio inteligente» frente al paradigma dominante de evolución (naturalista), y defiende la causa del primero. No se apoya en la autoridad de la Biblia, y desde luego su metodología es mucho más empírica que la del Framework [Marco].

Capítulo Doce Ciencia y pseudociencia

El ensayo de Popper, «Science: Conjetures and Refutations», de la colecciónConjectures and Refutations (1963), es la fuente principal para este capítulo. El pequeño libro de Bryan Magee, Popper (1973), da un lúcido sumario de la filosofía de Popper para el gran público. La cita de Douglas Futuyma procede del primer capítulo de su libro de texto Evolutionary Biology (1986). La cita de Julian Huxley procede del volumen 3 de Evolution after Darwin (Tax ed., 1960), el registro de la Celebración en la Universidad de Chicago del Centenario de la publicación de El Origen de las Especies.

El texto observa que el darwinismo se ajustaba tanto al espíritu de su época que la teoría atrajo una sorprendente proporción de apoyo de parte de líderes religiosos. Muchos de los primeros partidarios de Darwin fueron o bien clérigos o devotos laicos, incluyendo su más destacado defensor americano, el congregacionalista profesor de Harvard, Asa Gray. Los defensores de la «evolución» incluían no sólo a personas que nosotros consideraríamos como liberales religiosos, sino también a evangélicos conservadores como el Profesor del Seminario Teológico de Princeton Benjamin Warfield. Dos factores específicos influyeron en este apoyo: (1) los intelectuales religiosos estaban decididos a no repetir el escándalo de la persecución contra Galileo; y (2) con ayuda de un poco de autoengaño, el darwinismo podía ser interpretado como «creación al por mayor» por parte de una Deidad mentalizada en el progreso actuando por medio de causas secundarias racionalmente accesibles. Acerca de la sorprendente receptividad de los teólogos conservadores hacia el darwinismo, véase David N. Livingstone, Darwin's Forgotten Defenders: The Encounter Between Evangelical Theology and Evolutionary Thought(1987).

Epílogo El libro y sus críticos

Proceso a Darwin no fue reseñado en ninguno de los principales diarios o revistas para el gran público excepto en National Review. Sí que fue objeto de extensas reseñas o comentarios en revistas científicas y en publicaciones religiosas. Mi fichero contiene docenas de reseñas, y siguen apareciendo más después de los años de su publicación. En estas notas no he hecho ningún esfuerzo por revisar esta masa de material como un todo, sino que me he concentrado en los principales desafíos críticos de los naturalistas científicos y de los evolucionistas teístas. Esta selección puede que dé una impresión unilateral, porque no tiene en cuenta a las muchas reseñas que se mostraron de acuerdo con el libro.

Steven Weinberg analizó uno de mis artículos que se publicaron en diversas revistas en el penúltimo capítulo de su libro Dreams of a Final Theory (págs. 247-29). Las citas atribuidas a Weinberg en este capítulo proceden de estas páginas. Weinberg es un físico Premio Nóbel que busca una gran teoría unificada de la física de las partículas, que constituiría en efecto un conjunto completo de las leyes naturales que gobernaron el universo en el instante más temprano del Big Bang. En la filosofía reduccionista que atrae a los físicos de las partículas, esta teoría unificada constituiría una «teoría de todo»; en principio regiría todo lo que ha sucedido en la historia del cosmos, aunque en la práctica podría predecir bien poco. Mi ensayo de reseña sobre el reduccionismo de Weinberg apareció bajo el título de «Science Without God [Ciencia sin Dios]» en el Wall Street Journal, 10 de mayo de 1993, pág. A12. Weinberg y yo debatimos algunas de estas cuestiones en una muy estimulante comida de trabajo de la facultad en Austin, Texas, en marzo de 1993.

Stephen Jay Gould observó que «antes de Darwin, creíamos que un Dios benevolente nos había creado», en su ensayo «So Cleverly Kind an Animal», en Ever Since Darwin, pág. 267. El contexto era una reflexión acerca de cómo el avance de la ciencia ha ido sacando a la humanidad de un puesto central en el cosmos y, en el caso de la biología evolutiva, ha destacado nuestra «unidad con otros animales». El pasaje acerca de que no hay ningún espíritu benevolente que interfiera y que esté involucrado en la naturaleza aparece en «In Praise of Charles Darwin», de Darwin's Legacy, págs. 6-7 (Charles L. Hamrum, ed., 1983). Este ensayo apareció originalmente en la revista Discover, febrero de 1982.

La reseña de Gould de Proceso a Darwin, titulada «Impeaching a Self-Appointed Judge», apareció en el número de julio de 1992 de Scientific American, págs. 118-92. Mi réplica, «The Religion of the Blind Watchmaker», se puede leer en Perspectives on Science and Christian Faith (la revista de la Afiliación Científica Americana — American Scientific Affiliation), vol. 45, págs. 46-48 (marzo de 1993). Partidarios míos consiguieron también fondos para circular la réplica a listas de direcciones de profesores de ciencias y otros. Desafortunadamente, no pudimos incluir la reseña de Gould en los envíos porque nos negó el permiso. Antes no me he preocupado por replicar de manera específica a la lista de objeciones de Gould —mayormente nimiedades— porque no quería cooperar con su intento de distraer la atención de la línea principal del argumento. Para los que estén interesados en los detalles, aquí están los puntos que él presenta [con mi respuesta entre corchetes].

1. El libro no tiene citas completas de las fuentes ni bibliografía. [Las citas y referencias aparecen en estas notas de investigación, para presentar la necesaria información de una manera legible. Gould mismo es citado como autoridad más que ninguna otra persona; me siento complacido de que no afirme haber sido citado fuera de contexto.]

2. Johnson emplea unas transiciones de capítulos por las que «la Sra. McInerney, mi dura pero querida maestra de tercer grado», le «hubiese vareado los nudillos». [Mi propia maestra de tercer grado, la Srta. Daisy Poplin, se atenía a la ortografía y a la gramática.]

3. La afirmación de Johnson de que el darwinismo está aliado con el naturalismo queda desmentida por ejemplos contrarios, como «Theodosius Dobzhansky, un ruso ortodoxo creyente». Según Gould, «la ciencia del darwinismo es totalmente compatible con las creencias religiosas convencionales —e igualmente compatible con el ateísmo, lo que demuestra que los dos grandes ámbitos de la objetividad de la naturaleza y de la fuente de la moralidad humana no se solapan intensamente». [En realidad, Dobzhansky era un panteísta que hizo una religión de la evolución. Gould mismo ha escrito que el darwinismo contradice la creencia en una deidad que asuma un papel activo en la creación biológica. Dejando esto de lado, me gustaría realmente que Gould desarrollase su implicación de que la «moralidad» está exclusivamente en el ámbito de la «religión». ¿Quiere realmente decir que le pertenece a la «religión» decidir si los científicos pueden experimentar con tejidos embrionarios de hombres o con animales? ¿Sobre qué base puede la «religión» decidir acerca de estas cuestiones? Me parece que la discusión no tendrá que ir muy lejos para poder descubrir que Gould no tiene intención alguna de dejar que la religión (y especialmente la religión teísta) tenga ninguna verdadera autonomía o autoridad en el ámbito de la moral.]

4. Johnson escribe que el mecanismo darwinista para la creación de nuevos órganos se compone de dos elementos principales, mutación y selección. «Luego se da cuenta que se ha olvidado de la recombinación sexual, la inmensa y dominante fuente de variación inmediata en las especies sexuales, pero empeora este error al incluir la recombinación como una categoría de mutaciones.» [Bobadas: Es una práctica normativa emplear el término «mutación» como una designación conveniente para los cambios genéticos supuestamente al azar sobre los que se dice que trabaja la selección natural. La nota al pie 2 en el Capítulo Dos explica claramente esta utilización. La recombinación es una importante fuente de variación inmediata, pero por definición no es una fuente de innovaciones genuinas.]

5. Johnson escribe que «La selección sexual es un componente relativamente poco importante en la teoría darwinista actual», pero la selección sexual «es quizá el tema darwiniano más candente de la pasada década». [El argumento era no si la selección sexual es un tema que esté de moda, sino si los biólogos evolucionistas contemporáneos le darían un campo explicativo tan amplio como el que le asignó Darwin en El Linaje del Hombre.]

6. La nota al pie 3 en la página 41 identifica erróneamente la poliploidía con la autoploidía, ignorando la forma «evolutivamente más potente» de poliploidía llamada «aloploidía». [Cierto: hasta mis más diligentes consultores científicos, que corrigieron muchos otros errores antes de la publicación, pasaron este por alto. Nada importante para el argumento principal depende de este detalle. No creo que Gould replicaría a lo dicho en la nota al pie: que haga lo que haga la poliploidía, no explica la creación de nuevos órganos complejos.]

7. Johnson llama a Otto Schindewolf un saltacionista, pero Schindewolf mantenía una teoría más «sutil» y pasó la mayor parte de su carrera estudiando cambios pequeños y continuos en las pautas de las suturas de los ammonites. [Es indudable que una etiqueta como «saltacionista» no resume de manera adecuada la obra de toda la vida de Schindewolf, pero al menos estoy en buena compañía al emplear este término. Ernst Mayr describió a Schindewolf como saltacionista en su libro One Long Argument (1991), pág. 46. El mismo Gould clasificó a Schindewolf como «macromutacionista» en Ontogeny and Phylogeny (1977), pág. 377n.]

8. Johnson critica al darwinismo por no ser una ciencia experimental, pero en lugar de ello debería ser juzgado como una ciencia histórica con éxito por haber «reunido una información dispersa y diversa bajo una explicación singular y coherente». [Este es un punto importante, pero lo he tratado de manera exhaustiva en el libro. En el Capítulo Cinco expongo este tema: «Es indudable que la teoría de Darwin tiene un impresionante poder de explicación, pero, ¿cómo podemos saber si es verdad?» Mi rechazo a aceptar el poder unificador de la teoría darwinista como el equivalente a la verdad se mantiene muy en línea con el famoso comentario de Gould: «Bien recuerdo como la teoría sintética me sedujo con su poder de unificación cuando yo era estudiante graduado a mediados de la década de 1960. … He sentido desgana de admitirlo, … pero si la descripción que hace Mayr de la teoría sintética es precisa, entonces esta teoría, como proposición general, está efectivamente muerta, a pesar de su persistencia como ortodoxia de libro de texto». Véase Gould: «Is a New and General Theory of Evolution Emerging?» en Evolution Now(Maynard Smith, ed., 1982).]

9. Los primeros anfibios han «conservado rasgos de un pasado ictíneo» [No discuto que alguien pueda observar rasgos de varios organismos que parecen señalar a algún proceso de desarrollo histórico. La cuestión es: ¿cuánto sabemos acerca de este proceso? ¿Existe realmente un mecanismo sostenible para transformar a un pez en anfibio, y finalmente a un ser humano?]

10. Johnson da insuficiente crédito a la transición terápsida (huesos maxilares a huesos auditivos) como indicio convincente de macroevolución. [Para más material sobre esta cuestión, véase mi respuesta a la reseña de William Hasker, citada más adelante. A la espera de un examen no prejuiciado de la prueba que espero alentar, acepto el ejemplo terápsido por el momento como una rara excepción del constante patrón de desconfirmación fósil de las expectativas darwinistas. Mi argumento era que un solo ejemplo de esta clase no puede ser concluyente, e incluso esta «joya de la corona» del alegato fósil desde el darwinismo ilustra puntos en un pretendido «zarzal» y no una línea ancestral específica conduciendo a un primer mamífero identificado. No es cosa sorprendente que un ejército de investigadores dedicados a buscar confirmación para un paradigma haya encontrado aquí y allá alguna evidencia aparentemente confirmadora. Para evaluar el paradigma mismo hemos de considerar también las montañas de pruebas negativas — como la ausencia de cualquier antecesor precámbrico para los fílums o tipos animales. También hemos de considerar si la descripción aceptada de la secuencia de los terápsidos ha sido condicionada por presuposiciones darwinistas.]

11. Johnson escribe que «la posibilidad de que una entidad tan compleja [una molécula de ADN o ARN] pudiese ensamblarse a sí misma por casualidad sigue siendo fantásticamente improbable», pero «ningún científico ha empleado este argumento durante veinte años, ahora que comprendemos mucho más acerca de las propiedades de autoorganización de las moléculas y de otros sistemas físicos». [Mi afirmación aparece al comienzo de una discusión acerca de los principales escenarios sobre el origen de la vida, que intentan resolver el problema de las grandes improbabilidades estableciendo un punto de partida más sencillo. Pensar que el problema se pueda resolver con el uso de términos mágicos como «propiedades de autoorganización» es un mero espejismo.]

12. Johnson «ataca» declaraciones superadas de George Gaylord Simpson y Ernst Mayr. [Estas citas (págs. 77, 89) están situadas en un contexto histórico para mostrar cómo prestigiosos darwinistas abordaron o anticiparon cuestiones en su tiempo.]

13. Johnson no da el crédito debido a H. F. Osborn por corregir su error acerca del «Hombre de Nebraska», Hesperopithecus haroldcookii. [Osborn ridiculizó una y otra vez a Bryan por rehusar aceptar este falso antecesor humano como evidentemente genuino. Mi argumento era que unos adversarios listos e implacables como Darrow y Mencken podrían haber confundido y ridiculizado a Osborn si hubiesen querido hacerlo, lo que no es inconsecuente con el argumento de Gould de que críticos más comprensivos podrían haber encontrado algo bueno que decir en su defensa (o en defensa de Bryan). Por otra parte, críticos de la conducta de Osborn después que el fiasco salió a relucir podrían haber escrito algo tan demoledor como esto: «Osborn, que nunca había mostrado una disposición generosa hacia los demás, simplemente cerró el pico y nunca volvió a mencionar el Hesperopithecus en sus numerosos artículos posteriores acerca del linaje del hombre. Había gozado de la gloria, pero dejó que [su colega] recibiese el oprobio con una retractación clara publicada en Science». Estas son palabras del mismo Gould en su ensayo Bully for Brontosaurus (1991), pág. 442.]

Creo que esto cubre casi todos los puntos suscitados. Espero que Gould volverá a la discusión de una forma más digna de su talento, porque muchos lectores han observado que en realidad él y yo estamos de acuerdo en un montón de cosas. Lo que nos divide son las mismas cuestiones metafísicas que he debatido con Steven Weinberg y Michael Ruse: ¿Es la «ciencia», por definición, simplemente una filosofía naturalista aplicada? En tal caso, ¿es el naturalismo esencialmente lo mismo que «la razón»? ¿O puede el naturalismo mismo ser puesto en tela de juicio sobre una base racional? Mucho depende de las respuestas a estas preguntas, y por eso debería ser posible tratar acerca de esta cuestión sin ofuscarse.

David Hull fue franco acerca de la estrecha relación entre el darwinismo y el naturalismo metafísico. Su reseña «The God of the Galapagos» apareció en Nature, vol. 352, págs. 485-86 (8 de agosto de 1991). Hull, un profesor de filosofía que ha escrito extensamente acerca de biología y darwinismo, identifica naturalismo y razón de la misma manera que el ensayo de Arthur Shapiro en NCSE Reports (véase más adelante). Hull expresa esto bastante bien:

Johnson encuentra dogmático y cerrado el compromiso de los científicos con las explicaciones totalmente naturalistas, pero los científicos no tienen elección. En el momento en que permitan hacer referencia a Dios o a fuerzas milagrosas para explicar el primer origen de la vida o la evolución de la especie humana, no tienen forma de limitar esta clase de explicación. ¿Por qué tiene la tierra un campo magnético, por qué los organismos emplean los levo-aminoácidos, por qué las Cajas de Ahorros se encuentran con tan graves problemas? Ya es bien fácil responder que estos fenómenos forman parte todos del gran plan de Dios, pero en ausencia de algún conocimiento parcialmente independiente de Dios y de Sus intenciones, estas explicaciones no son menos vagas que las usuales parodias del principio de la supervivencia de los más aptos.

Esto, naturalmente, es una caricatura de la racionalidad teísta. Los teístas no se cruzan de brazos y lo atribuyen todo al gran plan de Dios, pero sí que reconocen que los intentos de explicar toda la realidad en términos totalmente naturalistas pueden dejar de lado algo importante. Así, rechazan los non sequiturs rutinarios del cientificismo que impregnan la literatura darwinista: Que debido a que la ciencia no puede estudiar un propósito cósmico, el cosmos no puede tener propósito alguno; que debido a que la ciencia no puede emitir juicios de valor, los valores han de ser algo puramente subjetivo; que debido a que la ciencia no puede estudiar a Dios, sólo pueden haber existido fuerzas materiales sin propósito en la creación biológica, y un largo etcétera.

Michael Ruse, Arthur Shapiro y el Simposio de Dallas. La cinta con la grabación de la conferencia de Michael Ruse citada en el texto se puede adquirir en NCSE, P. O. Box 9477, Berkeley, CA 94709. Solicitar el programa «The New Antievolutionism [El Nuevo Antievolucionismo]», registrado en la reunión de 1993 de la AAAS el 13 de febrero de 1993. El comentario de Arthur Shapiro, «Did Michael Ruse Give Away the Store? [¿Es que Michael Ruse destapó el pastel?]» apareció en NCSE Reports, primavera de 1993, págs. 20-21. Shapiro es profesor de zoología en la Universidad de California, Davis. El programa de «El Nuevo Antievolucionismo» fue reseñado en el Times Higher Education Supplement, 9 de abril de 1993, en el artículo «The Ascent of Man's Ignorance» por Michael Ince. Este largo artículo era muy completo en su cobertura del programa, con una sola excepción: omitió en absoluto mencionar a Michael Ruse, aunque Ruse fue el orador más destacado. Encuentro en esta omisión una deliciosa ironía. Como Thomas Kuhn nos enseña, un paradigma debilitado sobrevive por su capacidad de hacer invisibles las anomalías.

Arthur Shapiro participa de manera regular en discusiones con construccionistas sociales, post-modernistas, teóricos del feminismo y semejantes en su campus, y por ello (lo mismo que Ruse), es bien consciente de que los intentos de definir términos como «ciencia» con la intención de excluir a los oponentes ideológicos están a menudo cargados de polémicas presuposiciones filosóficas y de retórica autojustificadora. Por otra parte, él desea con razón evitar el relativismo extremado y el oportunismo político que caracteriza en estos días a la ideología izquierdista, así como el anti-intelectualismo y la rigidez asociada con el fundamentalismo religioso. Hay una manera de hacer esto, pero se precisa que los científicos abandonen su mentalidad de búnker y se vuelvan dispuestos a entablar un diálogo con personas que no aceptan el naturalismo científico como la única forma válida de comprender la realidad. Para ilustrar el problema: Shapiro intentó invitarme al campus de Davis para hablar con biólogos, pero la invitación fue vetada por los colegas del departamento, que temían prestar respetabilidad al «creacionismo». Está extendida la opinión entre los profesores de ciencia y administradores que aunque en general la libertad de investigación y expresión es cosa buena, la discusión crítica de las raíces filosóficas del darwinismo es «religión», lo que ha de quedar rigurosamente excluido de las universidades seculares.

El simposio en la Universidad Metodista del Sudoeste en Dallas fue particularmente importante a este respecto, porque los naturalistas científicos que asistieron quedaron gratamente sorprendidos ante la calidad académica y la cortesía que caracterizaron esta ocasión. Los artículos del simposio de Dallas, incluyendo contribuciones de Ruse, Shapiro y mías, serán publicadas durante 1994 por la Foundation for Thought and Ethics [Fundación para el Pensamiento y la Ética]. Aquí tenemos un informe de la conferencia en los NCSE Reports dado por el participante darwinista K. John Morrow de la Universidad Texas Tech: «Mis sentimientos positivos acerca del simposio superaron a mis aprensiones. La operación estuvo bien organizada, los anfitriones constantemente corteses, la discusión tuvo lugar en un plano intelectual. Los participantes parecían genuinamente comprometidos con establecer sus puntos de vista sobre la base del discurso lógico.»

Invito a los naturalistas científicos a que asistan a otras conferencias donde se susciten estas cuestiones, y que vean por sí mismos si es posible discutir acerca de la metafísica del naturalismo científico a un nivel intelectual similarmente elevado.

William Provine and «First Things». El artículo en una revista contra el que Provine dio su «mordaz respuesta» es mi «Evolution as Dogma: The Establishment of Naturalism», en First Things, octubre de 1990. Las respuestas de Provine, Gareth Nelson, Irving Kristol, Thomas Jukes y Matthew Burke aparecieron en el número de noviembre. Todo el simposio fue reeditado en forma de folleto por la Foundation for Thought and Ethics [Fundación para el Pensamiento y la Ética]. Se pueden solicitar copias a Haughton Publishing Company, P.O. Box 180218, Dallas, TX 75218-0218 (tel.: 1-214-288 7511).

Este parece un buen lugar para insertar un poco de publicidad para First Things, una destacada revista de la que tengo el honor de ser un frecuente colaborador. Siento una gran deuda de gratitud hacia los editores Richard John Neuhaus, James Neuchterlein y Matthew Burke por el apoyo que me han prestado. Para la suscripción, envíese un cheque por 24 dólares para la suscripción por un año (10 números) a First Things, Dept. FT, P.O. Box 3000, Denville, NJ 07834-9847.

Reseñas de evolucionistas teístas. A mi juicio, la mejor de estas es la de William Hasker, «Mr. Johnson for the Prosecution», en Christian Scholar's Review, vol. 22, págs. 177-86 (diciembre de 1992). Mi respuesta a esta reseña y la réplica de Hasker aparecen en el siguiente número del mismo volumen, en las págs. 297-308. Otra reseña que hace frente a las cuestiones de una manera bastante completa es la de Nancey Murphy, «Phillip Johnson on Trial: A Critique of His Critique of Darwin», en Perspectives on Science and Christian Faith, vol. 45, págs. 26-36 (marzo de 1993). Para un fogoso debate entre Howard Van Till y yo, véase «God and Evolution: An Exchange», en el número de junio/julio de First Things. Van Till se sintió ofendido por mi descripción de la posición acomodacionista como «naturalismo teísta» en mi artículo «Creator or Blind Watchmaker?» en el número de enero de 1993 de First Things. No me arrepiento. Para una crítica más limitada y ambivalente, véase la reseña de Owen Gingerich enPerspectives on Science and Christian Faith, vol. 44, págs. 140-42 (marzo de 1993).

Las citas de Richard Dawkins acerca del relojero ciego proceden del primer capítulo de su libro con este título [«The Blind Watchmaker»]. Yo introduje el concepto de «la tesis del relojero ciego» en una conferencia publica en la Universidad de California en Irvine a principios de 1992. Está disponible la cinta de video de esta conferencia, con un animado período de coloquio, con el título de Darwinism on Trial, del catálogo de Reasons to Believe, P.O. Box 5978, Pasadena, CA 91117. También hay cintas de video de conferencias disponibles de Access Research Network, P. O. Box 38069, Colorado Springs, CO 80937-8069. Escriba para solicitar detalles.

Hay otras dos publicaciones de 1993 que merecen mención aquí. Un simposio tituladoMan and Creation: Perspectives on Science and Theology, editado por Michael Bauman, ha sido publicado por Hillsdale College Press. Contiene ensayos míos y de varias otras personas destacadamente involucradas en estas cuestiones, incluyendo varios de mis críticos evolucionistas teístas. Esta colección con cubiertas blandas es apropiada para su uso en aulas universitarias, y se puede solicitar a Hillsdale College Press, Hillsdale MI 49242. Luego, la American Scientific Affiliation ha lanzado una nueva edición de su folletoTeaching Science in a Climate of Controversy, que se trata en el Capítulo Diez de este libro. La nueva edición contiene unos excelentes materiales de enseñanza para desarrollar capacidades de pensamiento crítico en los estudiantes de ciencia. Se puede pedir al Committee for Integrity in Science Education, American Scientific Affiliation, P.O. Box 688, Ipswich, MA 01938-0668.


La nave que se hunde. Ruego la indulgencia de los lectores por la metáfora quizá excesivamente dramática del último párrafo. A un escritor se le debería permitir su poco de diversión. La referencia a mecanismos de «alta tecnología» de contención de desperfectos tiene en la mira a la escuela de pensamiento representada por la obra de Stuart Kauffmann Origins of Order (1993). Supongo que esto es lo que tenía Gould en mente cuando se refirió a «las propiedades de autoorganización de las moléculas y de otros sistemas físicos». Si los gobernantes de la ciencia realmente tienen la intención de saltar a este bote salvavidas, estaré bien dispuesto a participar en la discusión que seguirá, pero creo que después de haber medido los riesgos decidirán quedarse en la nave que se está hundiendo, tratando de cerrar las vías de agua.



[1] Habiendo hecho este juego de palabras, no sé cómo Gould pudo resistirse a añadir que las especies que triunfan son las que tienen el «material Wright». [Nota del Traductor: Los juegos de palabras son por lo general y desafortunadamente intraducibles. El juego de palabras a que se hace referencia aquí gira en torno al apellido Wright, que en inglés suena fonéticamente idéntico al adjetivo right (correcto, idóneo, etc.). Wright era un teorizador neodarwinista, y por tanto el juego de palabras está en tomar su apellido (Wright) en el sentido fonético de «correcto» (Right), refiriéndose a la «discontinuidad correcta» (Right = Wright), y en el caso de Johnson, al «material correcto» (otra vez Right = Wright).].


[1] Véanse las notas de investigación después de este capítulo para un sumario de las objeciones específicas de Gould.

Título - Proceso a Darwin

Título original - Darwin on Trial
Autor - Phillip E. Johnson, A.B., J.D.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Publicado en línea por SEDIN con permiso expreso del autor, Dr. Phillip E. Johnson. Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.

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