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martes, 13 de diciembre de 2022

¿Ordenó Dios la Matanza de Bebés?

 Por: DAVE MILLER, Ph.D.

Los escépticos y ateos han criticado la descripción bíblica en cuanto a que Dios ordenó la destrucción de poblaciones completa—incluyendo a mujeres y niños. Por ejemplo, Dios instruyó a Saúl a través del profeta Samuel, diciendo, “Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel 15:3-4, énfasis añadido). Otros ejemplos incluyen el periodo de la conquista de Canaán cuando Dios instruyó al pueblo israelita a exterminar a las poblaciones cananeas que ocupaban Palestina en ese tiempo. Sin embargo, si se examina las circunstancias y se evalúa la lógica, la Biblia se auto-exonera consistentemente al ofrecer clarificación legítima y explicación que satisface al que investiga honestamente la verdad.

Por ejemplo, el término hebreo herem, que se encuentra en Josué 6:17, hace referencia a la dedicación completa del enemigo a Dios como un sacrificio que involucra la exterminación de la población. Se alega que el Dios de la Biblia es tan bárbaro y cruel como cualquier dios pagano. Pero este enunciado simplemente no es verdadero.

Si el crítico tomara el tiempo para estudiar la Biblia y realizar una evaluación honesta de los principios de la justicia, la ira y el amor de Dios, se daría cuenta de la interacción perfecta y armoniosa entre estas cualidades. La venganza de Dios no es como las explosiones impulsivas, irracionales y emocionales de los dioses paganos o los seres humanos. Él es infinito en todos Sus atributos, y por ende, perfecto en justicia, amor e ira. Así como la condenación final de los pecadores al castigo eterno será justo y apropiado, el juicio temporal de la gente impía en el Antiguo Testamento fue ético y justo. Los seres humanos no tienen un buen entendimiento de la gravedad del pecado y la naturaleza deplorable del mal y la maldad. El sentimentalismo no es una medida calificada para la verdad divina y la realidad espiritual.

Es increíblemente irónico que el ateo, el agnóstico, el escéptico y el liberal intenten juzgar el comportamiento ético de Dios, ya que si alguien sostiene su posición, entonces no existe tal cosa como un estándar autoritativo absoluto y objetivo por el cual se puede declarar que algo es correcto o incorrecto. Como el filósofo existencialista francés, Sartre, admitió: “De hecho, todo está permitido si Dios no existe… Tampoco…se nos provee ningún valor o mandamiento que pudiera legitimar nuestro comportamiento” (1961, p. 485). El ateo y el agnóstico no tienen fundamento en absoluto para hacer distinciones morales o éticas—excepto a causa de la simple preferencia personal. El mismo hecho que ellos admitan la existencia de la maldad objetiva es un reconocimiento involuntario que existe un Dios que estableció un sistema absoluto de juicios morales.

Lo cierto es que los cananeos, a quienes el pueblo de Dios debía destruir, fueron destruidos a causa de su maldad (Deuteronomio 9:4; 18:9-12; Levítico 18:24-25,27-28). La cultura y religión cananea en el segundo milenio a.C. estaba contaminada, corrupta y pervertida. Sin duda la gente estaba físicamente enferma a causa de su comportamiento ilícito. Simplemente no había solución viable para su condición excepto la destrucción. Su depravación moral había “llegado a su colmo” (Génesis 15:16). Ellos habían bajado a tal estado inmoral depravado, sin esperanza de recuperación, que se debía exterminar su existencia en la Tierra—como en el tiempo de Noé cuando Dios esperó mientras Noé predicaba por años, pero no pudo convencer a la población del mundo a dejar su maldad (Génesis 6:3,5-7; 1 Pedro 3:20; 2 Pedro 3:5-9). La inclusión de los niños en la destrucción de tales poblaciones realmente les libraba de una peor condición: ser criados para llegar a ser tan malvados como sus padres y por ende enfrentar el castigo eterno. Según la Biblia, todas las personas que mueren en la infancia son bienvenidas al paraíso y finalmente residirán en el cielo. Los niños que tienen padres que son malos naturalmente sufren inocentemente mientras están en la Tierra (e.g., Números 14:33).

Los que no están de acuerdo con la aniquilación divina del malo en el Antiguo Testamento tienen la misma actitud liberal que ha llegado a prevalecer en Norteamérica durante medio siglo. Esta actitud comúnmente se ha opuesto a la pena capital, como también a la disciplina corporal de niños. Tales personas simplemente no pueden ver justicia en el hecho que se castigue a los malhechores por medio de la muerte o el dolor físico. Sin embargo, su punto de vista es torcido—y el resto de nosotros está forzado a vivir con las consecuencias de ese pensamiento pervertido: jovencitos indisciplinados y fuera de control que provocan estragos en nuestra sociedad al perpetrar crímenes en niveles sin precedentes históricos.

Para ser consistentes, los que rechazan la ética de la actividad destructiva divina en el Antiguo Testamento deben rechazar a Jesús y el Nuevo Testamento. Una y otra vez, Jesús y los escritores del Nuevo Testamento aprobaron y defendieron tal actividad (e.g., Lucas 13:1-9; 12:5; 17:29-32; 10:12; Hebreos 10:26-31). La Biblia provee la explicación lógica, sensible y significativa en cuanto a los principios de la retribución, el castigo y las condiciones sobre las cuales se puede destruir la vida física.

REFERENCIAS

Sartre, Jean Paul, (1961), “El Existencialismo y el Humanismo” [“Existentialism and Humanism”], Filósofos Franceses desde Descartes a Sartre [French Philosophers from Descartes to Sartre], ed. Leonard M. Marsak (Nueva York: Meridian).

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