lunes, 12 de abril de 2010

La Iglesia Show

La Iglesia – Show es la iglesia del espectáculo continuo. El espíritu de esta época, con su filosofía light, permea la visión de estas instituciones cristianas, que presentan un cristianismo diet, un evangelio soft.

Se ofrece allí lo que la gente desea ver y escuchar, no lo que realmente necesita. Los servicios cúlticos se convierten en puros espectáculos, sin que se lleve a la congregación a la profundidad en la adoración y la Palabra.

En muchas ocasiones, solo se escucha el tipo de música que gusta predominantemente entre la gente. Hacer esta observación no significa que se esté en contra de la alabanza y la adoración a través de un modo de expresión musical que responda a una cultura determinada. Lo que significa es que se debe cultivar, en toda congregación, una más amplia y profunda expresión de alabanza y adoración.

En materia de predicación y enseñanza (aunque esta última muchas veces se desconoce en este tipo de iglesia), se tratan temas interesantes para la audiencia, generalmente aquellos que están de moda. Se obvian aquellos asuntos que involucren la denuncia del pecado y de la carnalidad, y la demanda de santidad y de compromiso. La banalidad y la superficialidad hacen presa de las intervenciones de los predicadores, que más que sermones, parece que están dando charlas motivacionales.

Aquellas iglesias que tienen medios económicos adecuados, pueden llegar a invertir miles de dólares para poner detrás del púlpito al último predicador o último cantante de moda. Más que edificar a la congregación con variedad de ministerios, el objetivo es entretenerla, mantenerla contenta y a gusto.

Venga y espere un milagro. Ese es el lema de muchas iglesias – shows. Los servicios se convierten en pura búsqueda de señales maravillosas que encandilen a los visitantes, de modo que aún se llega a fabricar “milagros”, con tal de atraer a la gente. Acerca de esto, cabe una observación: cuando el Espíritu Santo de Dios opera en una iglesia, en una institución, en un lugar, no se necesita publicidad, no se necesita propaganda carnal, no se necesita inflar estadísticas, no se necesita inventar maravillas, no se necesita fabricar servicios de supuesto avivamiento, en los que se apela a las emociones y a los sentidos de manera tan exacerbada, que se llega a caer en la manipulación psicológica y aún en el control mental y espiritual.

Todos aquellos que hemos experimentado y sido testigos del genuino movimiento del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, sabemos que no cabe “fuego extraño” cuando la presencia de Dios se manifiesta, y entendemos que Dios puede estar tanto en el torbellino que contempló Job, como también en el silbo apacible que escuchó Elías.

Recuerde siempre esto: David no danzó para que el Santo Espíritu de Dios descendiera sobre él, sino porque ya había venido con poder sobre su vida. Los discípulos reunidos en el Aposento Alto, el día de Pentecostés, no empezaron a articular sonidos extraños, para que el Espíritu los bautizara. Ellos hablaron en lenguas porque el Espíritu Santo los bautizó.

El sonido estridente de los altoparlantes, las acrobacias de las bailarinas, el ondear de pañuelos y banderas, los gritos desaforados de los que conducen el servicio, las marchas y contramarchas, no “bajan” la presencia de Dios. A veces parece como que la antigua escena de los profetas de Baal, danzando en torno a su altar, se repite. Se sajan frenéticamente invocando su presencia. La sangre corre. Las gargantas desgarradas emiten sonidos disfónicos. Pero nada pasa y, mientras, arrinconado, el altar de Jehová se desmorona. Falta que aparezca Elías, y que el altar sea nuevamente levantado, con las doce piedras, la totalidad del pueblo de Dios representado en ellas, y que la oración poderosa se eleve hasta los cielos… Para que el fuego caiga y, entonces, no antes, sea consumido enteramente el holocausto.


Autora: Alba Llanes. Usado con permiso

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