lunes, 31 de enero de 2011

La Irracionalidad de la Incredulidad (fragmento)

(...) Pero ahora pregunto: ¿Qué se significa por «crítica libre», en el sentido de que, en su naturaleza, excluye toda posible autoridad? Significa la absoluta supremacía y competencia de la mente humana para juzgarlo todo. Dios queda totalmente excluido. Y éste es el magno principio de la «libre crítica». Porque juzgar a Dios, si Él está ahí, es absurdo e imposible. Su autoridad y palabra tienen que prevalecer; si Él está ahí, Él tiene que ser perfecto y estar en lo cierto; pero es Él quien juzga y no puede ser juzgado, o no está ahí como Dios. En la «libre crítica» se supone que el hombre juzga si algo es de Dios o no, pero si la crítica excluye la autoridad, desde luego excluye de entrada al mismo Dios. Siempre supone la ausencia de Dios y de Su Palabra. Significa esto: Yo excluyo a Dios, y juzgo de todo por mí mismo sin Él; y nunca haré nada distinto. Así pensó Job, hasta que se encontró con Él, y descubrió Su propia pequeñez. Pero éste es el principio de la «libre crítica» como un todo. No se admite en ningún caso que Dios entre en el contexto; porque entonces, y desde luego, se acaba la crítica. Esto, dicho aquí en principio, se encuentra en todo lo que es «crítica libre». Introduzcamos a Dios en el pensamiento ... y todo es falso. Pero que el hombre excluya a Dios es siempre falso. Abandona la gran fuente, prueba y piedra de toque de toda verdad moral.

Si el hombre dice: ¿Qué, pues, es lo que se tiene que hacer? ¿No debo juzgar moralmente antes de recibir nada como siendo de parte de Dios? Si no fuera así, podría recibir el hinduismo o el mahometismo. Diré qué se debe hacer, si es realmente esto lo que se desea. Confiesa que estás alejado de Él. ¿Y es éste el estado normal del hombre? Estás alejado de Dios ... o no tendrías que emplear este esfuerzo para saber si algo es de Él o no. Y añado: si estás alejado de Él, confiesa entonces tu necesidad de Él. Pero esto supone o revelación o ruina. Y tal es la verdad, y los esfuerzos de la libre crítica estan envueltos en ella.

Sin embargo, tomado como un instrumento humano justo, la crítica, en el verdadero y legítimo uso del mismo, no destruye la autoridad. Admito que, moralmente, es necesaria la gracia de Dios, por cuanto se tiene que tratar con una voluntad corrompida, «antagonista»; pero, en el sentido humano, la crítica no excluye la autoridad. Puedo determinar que una carta de mi padre sea realmente de mi padre. Cuando se obtiene una evidencia adecuada de ello, la carta adquiere en el acto su autoridad sobre mí. Ahora bien, lo único que establece una diferencia en una comunicación divina es que el hombre es incompetente para juzgar acerca de Dios, y que posee una voluntad antagonista que no quiere recibirle. Pero esto demuestra la necesidad de la revelación y de la gracia divina—esto es, del cristianismo—a no ser que el hombre deba permanecer ignorante de Dios y opuesto a Él. (35-36)

(...)

Pero la constante y laboriosa ejercitación de la libre crítica, el estrecho examen y criba de la Biblia, que ha tenido lugar a lo largo de las eras, la ansiosa investigación en búsqueda de errores o de contradicciones en ella, demuestra que hay una ansiedad en demostrar que no es lo que pretende ser. ¿Por qué esta ansiedad? Los que no están inmediatamente bajo la influencia del Islam están de hace mucho tiempo satisfechos de su falsedad, y ahí lo dejan; pero estas minuciosas investigaciones en pos de un fallo en las Escrituras prosiguen—se repiten—se renuevan. Los hombres las examinan desde todos los puntos de vista. Se pide la ayuda de la astronomía y de la geología. Se examina a fondo la geografía; la historia, las antigüedades, los estilos, los manuscritos de todo tipo, escritos fantasiosos de los «padres», escritos absurdos de los herejes, imitaciones apócrifas de su contenido: nada queda sin remover para encontrar algo que la desacredite; los sabios escritos de los filósofos para demostrar que ellos podían hacerlo igual de bien, o que fueron la fuente de los aspectos buenos, o incluso de los pretendidos puntos absurdos de la doctrina; se busca toda otra influencia que hubiera podido moralizar la humanidad, que pueda suponerse que no es esto. ¿Para qué tantos esfuerzos? ¿Por qué, si fuera una doctrina como la de Platón, no hubiera debido producir su efecto, y nuestros filósofos mostrarse tan tranquilos acerca de ella como acerca de otras cosas? Lo que sucede es que tiene—y la conciencia de ellos sabe que tiene—las demandas de Dios y la verdad de Dios en ella; y ellos no van a querer admitir que el verdadero Dios, que Cristo, sea su fuente; porque entonces tendrían que ceder, y admitir lo que es el hombre.

Y esto se muestra de la manera más curiosa. Aunque ellos afirmen no aceptar nada de Cristo, o pensar que era un impostor, no permitirán que los libros autorizados de Su religión den una verdadera presentación de las doctrinas de esta religión. Si yo leo el Corán, me siento satisfecho de que se trata de la presentación del mahometismo, por absurdo que sea; y afirmo que el mahometismo es absurdo. Así también con los Vedas y Puranas.

Pero cuando se trata de los libros cristianos, no sólo se les acusa de errores y de contradicciones, etc., sino que los críticos libres ni siquiera admiten, después de todo, que enseñen el cristianismo real. No dan una presentación veraz ni genuina del cristianismo. ¿Por qué (si es que se trata de una mera fábula, de una impostura) presentan tantas dificultades acerca de la exactitud de la presentación que dan? Lo cierto es que sus principales propagadores podrán darnos una presentación suficiente de la impostura y de las doctrinas de la misma, por lo que a nosotros pueda respectar. Pero no. Existe la conciencia de que Dios está en el cristianismo. La conciencia, a pesar de la voluntad, sabe que ahí tiene que ver con Dios; y quiere una verdadera revelación, una presentación real y auténtica de lo que Dios es. Es cierto. Pero aunque la curiosidad y los temas favoritos puedan absorber a muchos durante un tiempo, o a un individuo durante toda su vida, los hombres no se dedican de una manera tan continuada, tan perseverante, a buscar la verdad de una fábula. No rechazan los libros sagrados de cualquier otra religión como no siendo la verdadera presentación de aquella religión. Los aceptan como son, porque saben que se trata de una fábula; o, cuando se sabe que son obra de las mentes de los hombres, tenemos lo mismo. Un ajeno al luteranismo toma los libros simbólicos del luteranismo como expresión del luteranismo, esté de acuerdo con ellos o no. ¿Y por qué no con los libros cristianos como expresión del cristianismo? Un incrédulo no puede dejar a solas a Dios y Su verdad porque es la verdad de Dios. Es un zelota en contra de ella; y ello se debe a que su voluntad está metida en ello. Es un zelota acerbo porque su conciencia está intranquila. Se reirá de un carpintero mahometano, que cree que sólo él tiene la verdadera religión; maldecirá a un cristiano coherente que cree que la tiene, y denunciará vehementemente y aborrecerá a los tales si no le permiten estar entre ellos cuando niega su Señor, y sólo querrá tener toda la energía necesaria para denunciarlos. ¿Por qué esta diferencia? .... (39)

Fuente: The Collected Writings of J. N. Darby [1800-1882] (Stow Hill Bible and Tract Depot, Kingston-On-Thames, reimp. 1964), vol 6, págs. 35-36, 39.


Traducción del inglés: Santiago Escuain - © Copyright SEDIN 1997 por la traducción, www.sedin.org. Este texto se puede reproducir libremente para fines no comerciales y citando la procedencia y dirección de SEDIN, así como esta nota en su integridad. Usado con permiso para: www.culturacristiana.org


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