lunes, 25 de abril de 2011

Proceso a Darwin - Capítulo 7 La prueba molecular

Capítulo 7
La prueba molecular


A

ntes de tratar de conseguir alguna respuesta en base de la prueba molecular, sería mejor repasar dónde nos encontramos. ¿Qué sabemos ya, y qué necesitamos saber?

Vimos en el Capítulo Cinco que es posible clasificar los seres, y que para hacerlo es necesario identificar las similitudes fundamentales llamadas homologías que reflejan una verdadera relación natural. Tanto antes como después del triunfo del darwinismo, los clasificadores reconocían que las relaciones descubiertas de este modo no son arbitrarias sino que más bien expresan alguna propiedad genuina del orden natural. Los esencialistas que rechazaban la evolución pensaban que los grupos naturales se ajustaban a la pauta de un arquetipo, de una pauta que existía en algún ámbito místico, como la mente de Dios. Los darwinistas descartaron los arquetipos y pusieron en su lugar una creencia en antecesores comunes, en seres materiales que existieron en la tierra en el distante pasado.

La historia de la vida que se da en el registro fósil es de una importancia fundamental como prueba del darwinismo, porque los necesarios antecesores comunes y eslabones intermedios de transición están constantemente ausentes del mundo de lo viviente. En los niveles más elevados de la jerarquía taxonómica, los grupos actuales son discontinuos. Cada criatura pertenece a un único fílum, clase y orden, y no hay intermedios. Esto es cierto incluso en el caso de los extraños mosaicos: el pez-pulmón es un pez, y el ornitorrinco palmípedo es un mamífero. Los clasificadores predarwinianos citaban la ausencia de formas intermedias como razón concluyente para rechazar una evolución biológica.

Los darwinistas no niegan en principio la discontinuidad fundamental del mundo de lo viviente, pero la explican como debido a la extinción de inmensas cantidades de formas intermedias que en el pasado vinculaban los grupos ahora distintos con sus antecesores comunes remotos. Algunos darwinistas como Richard Dawkins incluso han señalado a la actual discontinuidad con orgullo, como si la misma fuese un descubrimiento del darwinismo
:

En tanto que nos mantengamos por encima del nivel de la especie, y en tanto que estudiemos sólo los animales modernos (o animales en cualquier momento temporal determinado …) no hay intermedios inauditos. Si un animal parece ser un intermedio inaudito, digamos que parezca ser exactamente un intermedio entre un mamífero y un ave, un evolucionista puede estar confiado en que tiene que ser de manera decidida o una cosa o la otra.… Desde luego, es importante comprender que todos los mamíferos —humanos, ballenas, ornitorrincos con su pie palmípedo, y el resto —están a igual distancia de los peces, por cuanto todos los mamíferos están vinculados con los peces por vía del mismo antecesor común.

En cierta manera, añade Dawkins, es una bendición que el registro fósil sea imperfecto. Un registro fósil perfecto haría arbitraria la clasificación, porque una categoría simplemente se fundiría en la otra. Muchos otros darwinistas han dicho lo mismo, y la cuestión para aquellos de nosotros que querríamos ver la prueba de ello es si hay alguna manera de poner a prueba de manera empírica estas declaraciones. En los Capítulos Cuatro y Seis hemos examinado las dificultades que los darwinistas han encontrado para conciliar su premisa de una continuidad en el pasado con la incapacidad de identificar antecesores comunes e intermedios de transición en el registro fósil, y con la presencia generalizada de la estasis (la ausencia de cambios significativos). Hoy en día, lo mismo que cuando Darwin publicó por vez primera El Origen de las Especies en 1859, el registro fósil como un todo es una dificultad a conciliar, no un apoyo de la teoría.

El darwinismo daba no sólo una premisa de cambio gradual desde los antecesores hasta los descendientes, sino también una explicación de cómo este cambio podría crear nuevas formas de vida y estructuras biológicas complejas. El mecanismo era la selección natural de los organismos individuales —el concepto darwiniano más importante— y la evidencia tocante a este extremo la hemos contemplado en los Capítulos Dos y Tres. Vimos allí que la hipótesis de que la selección natural es una fuerza creativa primordial no está empíricamente bien sustentada, y que los darwinistas han empleado este concepto como una proposición lógica virtualmente evidente por sí misma, algo que sencillamente ha de ser cierto. A pesar de los desmentidos oficiales, los darwinistas siguen apelando a la selección natural de esta manera para explicar cualquier innovación o estasis que la naturaleza haya producido. Si aparecen nuevas formas, se da el crédito de ello a la selección natural; si viejas formas no cambian, a esta fuerza conservadora se le da el nombre de selección estabilizadora; y si algunas especies han sobrevivido a las extinciones en masa en tanto que otras han perecido, ello se debe a que las supervivientes eran más resistentes a la extinción.

Los darwinistas han dicho una y otra vez que la selección natural no fue el medio exclusivo de la evolución, pero a menudo han sido equívocos acerca de qué otras cosas eran admisibles y qué importancia podrían tener. No niegan necesariamente que hayan sucedido macromutaciones, pero con pocas excepciones niegan de forma vigorosa que macromutaciones adaptativas pudiesen haber tenido ningún papel importante en la formación de nuevas formas de vida o de órganos complejos. Los saltos o las macromutaciones sistémicas, mediante las que todos los órganos de un cuerpo cambiarían de manera armónica en un solo cambio generacional, están fuera de consideración: se trata virtualmente de milagros genéticos. Sí que es claramente posible alguna evolución neutral, o «deriva genética». Los darwinistas creen que las variaciones surgen al azar, y que se pueden extender por azar, pero los darwinistas más rigurosamente lógicos han insistido en que las variantes han de pasar pronto la prueba de la selección natural o desaparecer.

Esta postura es una inferencia natural de los principios básicos del darwinismo. Incluso cambios muy pequeños han de tener un impacto significativo sobre el éxito en la reproducción si la selección natural ha de llevar a cabo las necesarias maravillas de la artesanía biológica. Recordemos, por ejemplo, cómo Dawkins explicaba la evolución del ala. Él argumentaba que la primera micromutación (probablemente imperceptible) en aquella dirección tuvo que conferir alguna pequeña ventaja selectiva, quizá impidiendo que la criatura se rompiese el cuello en una caída. Pero si las criaturas pueden variar sustancialmente sin ningún efecto significativo sobre la supervivencia o sobre el éxito reproductivo, la selección natural no puede ponerse a trabajar hasta que esta criatura haya adelantado bastante en el desarrollo de las alas. El «panseleccionismo» —la doctrina de que la selección natural preserva o elimina incluso variaciones ínfimas— es una consecuencia lógica de la suposición de que la selección natural puede construir estructuras biológicas complejas con sólo micromutaciones como materia prima.

La selección natural opera de manera directa sobre los caracteres del fenotipo[1] que funcionan en el medio, pero por extensión lógica ha de tener un efecto similar sobre el material genético que contiene la información que produce estos caracteres en el proceso reproductivo. Así, una autoridad como Ernst Mayr anunció en 1963, en los inicios de la revolución molecular, que «creo sumamente improbable que cualquier gen vaya a permanecer selectivamente neutral por ningún espacio de tiempo».

El propósito de este repaso ha sido el de clarificar lo que tendríamos que encontrar en la evidencia molecular, o en cualquier otro cuerpo de nuevas evidencias, antes que quedemos justificados en la conclusión de que el darwinismo sea probablemente cierto. Deberíamos encontrar evidencia de que realmente existieron los antecesores comunes y las formas intermedias de transición en el mundo de la vida del pasado, y que la selección natural, en combinación con cambios genéticos al azar, tiene realmente el tipo de poder creativo que se le atribuye. No será suficiente encontrar que los organismos comparten una base bioquímica común, ni que sus moléculas, así como sus rasgos visibles, se puedan clasificar en una pauta de grupos dentro de grupos. La importante afirmación del darwinismo no es que existen relaciones, sino que estas relaciones fueron producidas por un proceso naturalista en el que especies progenitoras fueron gradualmente cambiadas en formas descendientes muy diferentes siguiendo largas ramas (o incluso espesos matorrales) de intermedios de transición, sin intervención de ningún Creador ni de ningún otro mecanismo no naturalista. Si el darwinismo así definido es falso, entonces no tenemos ninguna información científica relevante acerca de cómo llegó la vida a su actual complejidad y diversidad, y no podemos transformar la ignorancia en información llamándola evolución.

Clarificada así la agenda de las materias a tratar, pasamos ahora a la evidencia para ver qué nos dice acerca del poder de la selección natural y acerca de si se puede confirmar la existencia de antecesores comunes y de formas intermedias.

Debido a los grandes avances en bioquímica, se ha hecho posible comparar no sólo los rasgos visibles de los organismos, sino también sus moléculas. Los principales componentes de la célula biológica incluyen las proteínas, que gobiernan los procesos bioquímicos esenciales, y los ácidos nucleicos (los famosos ADN y ARN), que dirigen la síntesis de las proteínas. La estructura y composición de estas moléculas inmensamente complejas es ahora comprendida en parte, y así se pueden comparar las proteínas y los ácidos nucleicos de varios tipos de seres y se pueden cuantificar sus diferencias de manera precisa.

Por ejemplo, cada molécula de proteína se compone de una larga cadena de aminoácidos en una secuencia específica, análoga a la manera en que una oración se compone con una secuencia de letras y espacios en un orden particular. Los aminoácidos son unos compuestos orgánicos más simples, y veinte de ellos se pueden combinar en varias formas para hacer proteínas. Un tipo determinado de proteína (como la hemoglobina) que se encuentra en una gran variedad de especies, diferirá de manera ligera o no tan ligera en sus secuencias aminoácidas de especie en especie. La diferencia se puede cuantificar alineando las secuencias y contando la cantidad de posiciones en las que difieren los aminoácidos. Si hay un total de 100 posiciones y los aminoácidos son los mismos en 80 de ellas y diferentes en 20, entonces el bioquímico puede decir que el grado de divergencia es del 20 por ciento.

Se pueden emplear técnicas comparables para medir la divergencia en secuencias moleculares de las moléculas de ADN y de ARN. El resultado es que los bioquímicos han descubierto que es posible clasificar especies y grupos mayores por su grado de similitud al nivel molecular. La validez de las clasificaciones así conseguidas es una cuestión polémica. No todas las moléculas sugieren la misma pauta de relaciones, y en algunos casos las clasificaciones moleculares difieren de clasificaciones tradicionales. Además, no parece haber una relación necesaria entre el grado de diferencia molecular entre dos especies y cualquier diferencia en características tangibles. Por ejemplo, todas las especies de ranas se parecen mucho, pero sus moléculas difieren tanto como las de los mamíferos, un grupo que contiene formas tan fantásticamente diversas como la ballena, el murciélago y el canguro.

A pesar de estas dificultades, muchos científicos consideran no sólo posible la clasificación molecular, sino, en principio, más objetiva que la clasificación basada en rasgos visibles. Los estudios moleculares también han suscitado aserciones con importantes implicaciones filosóficas, particularmente acerca de la delicada cuestión de la evolución humana, porque en base de ciertas mediciones moleculares los chimpancés son mucho más similares a los humanos que a otros primates no humanos. Este grado de similaridad puede arrojar dudas sobre la importancia de la comparación molecular, porque hace poca cosa para explicar las profundas diferencias entre los humanos y los animales de toda clase. Es evidente que el contenido de información del sistema genético humano es significativamente diferente del de los simios, aunque la disposición de las «letras» químicas parezca casi idéntica. Este extremo lo pierden de vista algunos darwinistas. En Blueprints: Solving the Mystery of Evolution [Pautas: la solución al misterio de la evolución], Maitland Edey y Donald Johanson dicen despreocupadamente que «aunque los humanos puedan parecer totalmente diferentes de los chimpancés y gorilas, estas diferencias son superficiales. Allí donde cuenta —en sus genes— los tres seres son idénticos en un noventa y nueve por ciento». Pero hay un montón de filosofía cargada en la frase «allí donde cuenta».

Debido a que los darwinistas dan por supuesto que «relación» es equivalente a descendencia común, dan por supuesto que las clasificaciones moleculares confirman el «hecho de la evolución» al confirmar la existencia de algo que por definición es consecuencia de la evolución. También suelen suponer que las relaciones particulares determinadas por los taxónomos fueron «predichas» por la teoría de Darwin. Cuando se hacen estas falaces suposiciones, parece que una similitud molecular del «99 por ciento» entre hombres y simios confirma de manera decisiva el darwinismo.

Este equívoco es fundamental. Darwin no inventó la clasificación ni reformó su práctica. Su contribución fue contribuir una explicación en términos materialistas acerca de cómo se originaron las categorías y de por que los clasificadores tenían razón en su instinto de que los «tipos» son entidades naturales reales y no sistemas arbitrarios de agrupación (como se emplean en las bibliotecas para los libros). Los clasificadores predarwinianos eran también plenamente conscientes de que los humanos son físicamente muy semejantes a los simios antropoides. Por eso el creacionista Linneo, el padre de la taxonomía, incluyó sin vacilaciones a los humanos entre los primates. La similitud genética ratifica a Linneo, no a Darwin. Nos dice una vez más que los simios y los humanos son notablemente similares en algunas formas, así como son notablemente diferentes en otras, pero esto no nos dice cómo llegaron a existir ni las similitudes ni las diferencias.

Una cosa que sí confirma la evidencia molecular es que los grupos del orden natural están aislados entre sí, es decir, que no están conectados por ninguna forma intermedia superviviente. Se ha estudiado extensamente una proteína llamada citocromo c, que se encuentra en una gran variedad de especies. Una tabla estándar de referencia exhibe la divergencia porcentual de la secuencia entre el citocromo c de una bacteria determinada y una amplia variedad de organismos más complejos, incluyendo los mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, insectos y angiospermas (plantas). Las divergencias de las secuencias con respecto a la forma bacteriana oscilan entre el 64 por ciento (conejo, tortuga, pingüino, carpa, gusano torcedor) y 69 por ciento (girasol). Si restringimos la comparación a los animales, de los insectos al hombre, el margen oscila sólo entre el 64 y el 66 por ciento.

A juzgar por las comparaciones del citocromo c, las plantas de sésamo y los gusanos de seda son prácticamente tan diferentes de las bacterias como los mismos humanos. De hecho, cada especie vegetal y animal está aproximadamente a la misma distancia molecular de cualquier especie bacteriana, y no hay rastros supervivientes de ningunos intermedios que puedan haber llenado el «espacio» entre la vida unicelular y multicelular. Si las moléculas evolucionaron gradualmente hasta su forma actual, entonces, con el transcurso del tiempo, los intermedios han de haber llenado este espacio, pero la comparación de las moléculas de nuestro tiempo presente no nos puede decir si jamás existieron estas formas de transición.

Otro resultado de los estudios moleculares ha sido revelar que hay una mayor cantidad de divisiones fundamentales en el mundo de lo viviente que lo que se había reconocido anteriormente. Un bioquímico llamado Woese comparó las «secuencias ARN» en una gran variedad de organismos. El ARN es una macromolécula muy importante que ayuda a formar proteínas en todo tipo de organismos vivos. Antes que Woese publicase sus resultados, todos habían dado por supuesto que la división fundamental de la naturaleza era entre procariotas (bacterias) y eucariotas (todas las plantas y animales). La diferencia entre las dos tiene que ver con la estructura fundamental de la célula. La célula procariota no tiene un verdadero núcleo, y la célula eucariota tiene un núcleo encerrado por su propia membrana. Woese y sus colegas expusieron que el reino procariota incluye dos clases totalmente diferentes de bacterias, tan diferentes entre sí a nivel molecular como lo es cada una de ellas de las eucariotas.

Esto significa que hay tres divisiones principales del mundo de lo viviente (en términos de estructura celular), y no dos. Woese asignó a las procariotas más convencionales el nombre de eubacterias, y al nuevo reino lo designó como archaebacteria. Todas las arqueobacterias favorecen lo que nosotros consideraríamos estilos insólitos de vida: un grupo anaeróbico puede producir gas metano, a otro le gustan los medios de salmuera que matan a casi cualquier otro ser, y un tercer grupo prefiere lugares de altas temperaturas como fuentes sulfuradas calientes. El prefijo «archae» significa «antiguo». Woese escogió este prefijo porque especuló que un grupo que favoreciese unos medios tan extremos podría haber sido apropiado para las condiciones que se cree que prevalecieron en la tierra primitiva. Esto podría sugerir que las arqueobacterias son antecesores de las eubacterias, pero estos dos reinos bacterianos son tan fundamentalmente diferentes que uno no podría haber evolucionado del otro. Se encuentran separados por una inmensa distancia molecular (y por muchas otras características tangibles) sin nada entremedio.

Los bioquímicos suponen que los tres reinos celulares evolucionaron de un solo antecesor común porque la alternativa de suponer un origen independiente de la vida dos o más veces presenta dificultades aún mayores. Este antecesor común es sencillamente hipotético, como lo son las numerosas formas de transición que tendrían que relacionar con el antecesor a grupos tan enormemente diferentes. Desde un punto de vista darwinista, todas estas hipotéticas criaturas son una necesidad lógica, pero no hay confirmación empírica de que existiesen.

Esto nos lleva a la segunda cuestión principal tratada en los párrafos introductorios a este capítulo. La teoría darwinista insiste en que la selección natural es una fuerza creativa de inmenso poder, que preserva las más ligeras variaciones favorables y las extiende a través de una población interfértil, de modo que se pueden acumular las adicionales micromutaciones favorables y producir nuevas características de una complejidad formidable, como las alas y los ojos. Ya hemos visto que la hipótesis de una selección natural creativa carece de apoyo experimental, y que carece de confirmación en el registro fósil. La evidencia molecular añade dudas adicionales, debido al fenómeno ya descrito deequidistancia molecular.

Consideremos una pequeña parte de lo que supuestamente sucedió en la línea de los mamíferos, por ejemplo, después que este grupo «divergiese» de su último hipotético antecesor común con los reptiles modernos. Siguió un número de otras divergencias, y una de estas nuevas líneas emprendió camino hacia el agua, y, después de un conjunto casi inconcebible de cambios adaptativos, se transformó en la primera ballena. Una línea diferente emprendió camino a los árboles y a las cuevas, aprendió paso a paso a volar, y desarrolló un sistema de navegación por «sonar» como sustituto a la visión. Las experiencias de estas dos líneas fueron tan diferentes como sus formas finales, pero ahora se hace evidente que todas estas diferencias no tuvieron efecto alguno sobre la velocidad de cambio en el citocromo c y varias otras moléculas. Cuando se comparan moléculas homólogas de ballenas y murciélagos contemporáneos, se encuentran más o menos a distancias moleculares iguales, en relación con moléculas de cualquier reptil moderno como la serpiente, que por hipótesis había tomado su propio camino separado hacia su forma actual. Por razones que pronto se explicarán, este pasmoso fenómeno llegó a ser conocido como el «reloj molecular».

¿Cómo podría tener lugar una coincidencia así? Podría suceder si la tasa de cambio molecular fuese independiente de lo que sucede en los fenotipos y no fuese afectada por la selección natural. En otras palabras, si la evolución molecular tuvo lugar a velocidades de relojería, tiene que haber sido producto de mutaciones de incidencia regular que no eran muy afectadas por las condiciones ambientales que se suponen produjeron rápidos cambios y prolongadas estasis en los fenotipos. Ésta es la premisa esencial de la teoría neutral de la evolución, cuyo principal proponente es Motoo Kimura.

Al principio, muchos darwinistas encontraron increíble la teoría neutral. Las mutaciones tienen lugar en organismos individuales, y según la teoría darwinista se extienden a través de una población por medio de la selección natural. ¿Cómo podría una mutación neutra (que por definición no confiere ninguna ventaja reproductiva) extenderse hasta llegar a ser una característica de toda la especie? ¿Y cómo podía un organismo sufrir cambios funcionales significativos en su estructura bioquímica sin ningún efecto sobre su capacidad vital?

Los neutralistas tenían respuestas a todas las objeciones. Hay muchas variaciones en las secuencias moleculares que no parecen tener ningún impacto sobre el organismo. Por ejemplo, hay secuencias redundantes del ADN que no codifican proteínas, y el lenguaje del ADN contiene sinónimos, significando secuencias variantes que comunican el mismo «mensaje». Hasta el punto en que las mutaciones moleculares no tengan ningún efecto, nadie puede esperar que la selección natural haya de conducir la evolución molecular.

Las mutaciones neutras se extienden aleatoriamente según van aconteciendo, y según resultan transmitidas a los descendientes. Una mutación particular puede quedar fijada (característica de toda la población interfértil) sencillamente como resultado de haber sobrevivido a un largo proceso continuado de muestreo aleatorio en el que se eliminaron las formas alternativas. En ausencia de circunstancias especiales, la teoría neutra predice un elevado grado de heterocigosidad —la coexistencia de formas genéticas variantes llamadas alelos— en poblaciones coetáneas. La selección natural tendería a eliminar las formas menos ventajosas. La evolución neutral, por definición, no discrimina, y en el mundo real se encuentra frecuentemente mucha más heterocigosidad que la que aparentemente permitiría la selección.

Hasta ahí, la explicación es lógicamente sana, aunque Kimura concedía que depende de suposiciones acerca de tasas de mutación en el pasado, de tamaños de población y de efectos selectivos que no se pueden poner a prueba de manera independiente. Pero el mismo Kimura se situó sobre terreno resbaladizo cuando argumentó que el efecto selectivo de un cambio genético funcional depende totalmente de si realmente afecta a la supervivencia y a la reproducción. En otras palabras:

La teoría neutra … no supone que los genes neutrales sean carentes de función, sino sólo que varios alelos pueden ser igualmente efectivos en la promoción de la supervivencia y de la reproducción del individuo. … Algunas críticas contra la teoría neutra se suscitan por una definición incorrecta de «selección natural». La frase debería ser aplicada estrictamente en el sentido darwinista: la selección natural actúa a través de —y ha de ser evaluada por— la supervivencia y reproducción diferenciales del individuo. La mera existencia de diferencias funcionales detectables entre dos formas moleculares no constituye evidencia de la operación de la selección natural, la cual puede ser evaluada sólo por investigación de las tasas de supervivencia y de fecundidad.

El argumento de Kimura es sencillamente otro intento de rescatar la hipótesis de la selección natural de una potencial falsación redefiniéndola como una tautología. Si la idoneidad queda determinada sólo por el hecho bruto de la supervivencia y del éxito reproductivo, entonces no hay ninguna diferencia efectiva entre la evolución neutral y la selectiva. Ambas ilustran la supervivencia de los más aptos, y los más aptos son los que sobreviven.

Los neutralistas pueden también explicar cómo puede coexistir una gran cantidad de evolución selectiva de los fenotipos. Hay tantas mutaciones moleculares que, concebiblemente, un pequeño porcentaje de las mismas podría producir suficientes mutaciones favorables para que la selección natural las emplee en la producción de complejas estructuras adaptativas. En base de esta suposición (inverificable), sigue siendo posible la evolución selectiva de los fenotipos incluso si la mayoría de los cambios moleculares son selectivamente neutros. Kimura añadió que la selección natural es importante en la teoría neutral en su sentido negativo, conservador. Hay evidencias de que la variación tiene lugar con la mayor frecuencia en emplazamientos moleculares que no controlan funciones críticas del proceso de la vida, y con menor frecuencia en emplazamientos «constreñidos», donde las alteraciones podrían afectar adversamente a funciones importantes. Al nivel molecular, el efecto de la selección natural es por tanto principalmente el de impedir cambios.

Sea cual sea su efecto sobre otras cuestiones, la evidencia molecular no hace nada para dar a la hipótesis de la selección natural creadora la confirmación empírica que tanto necesita. La selección natural es una fuerza para producir complejidad adaptativa sólo cuando es formulada como una tautología o como una deducción lógica desconectada de toda realidad empíricamente verificable.

No es preciso que la polémica neutralista-seleccionista llegue a ser resuelta, porque las explicaciones seleccionistas pueden tener una ventaja respecto a un conjunto de datos y las explicaciones neutralistas con otro. Ambos lados son darwinistas en el único sentido importante: suponen que la selección natural conformó los fenotipos, y que el cambio genético al azar proveyó el material bruto de la evolución. La teoría neutral fue propuesta no como desafío al darwinismo, sino más bien como una forma imaginativa de conciliar algunos datos muy sorprendentes con los elementos esenciales de la teoría de Darwin. Lejos de suponer un peligro, aumentó en gran manera la capacidad explicativa del darwinismo.

El concepto de evolución neutral a velocidades de reloj implicaba que los biólogos moleculares habían descubierto un poderoso instrumento para datar acontecimientos macroevolutivos. Si suponemos antecesores comunes para los grupos vivientes actuales —relacionados con el mundo presente mediante largas líneas de formas intermedias desaparecidas— entonces es posible estimar la cantidad de tiempo transcurrido desde que dos especies cualquiera se «separaron» de su último antepasado común. Por cuanto los cambios parecen acumularse en moléculas homólogas en especies diversas a tasas aproximadamente constantes, todo lo que es necesario es «calibrar el reloj molecular» en una especie frente a los datos de alguna transición evolutiva estimada en base del registro fósil. Las moléculas equivalentes en otras especies deberían teóricamente haber estado cambiando al mismo ritmo, y de este modo, al comparar las moléculas apropiadas de cualesquiera dos especies el bioquímico puede determinar cuánto tiempo hace que se separaron de su supuesto antepasado común.

El reloj molecular fue empleado de manera eficaz por Allan Wilson y Vincent Sarich, de Berkeley, y tuvo un importante impacto sobre los conceptos aceptados acerca del linaje humano. Los antropólogos habían estimado, apoyándose en la evidencia fósil, que los linajes simio y humano se habían separado hace al menos 15 millones de años, pero los cálculos moleculares sustentaban un período de entre 5 y 10 millones de años. Se ha llegado a aceptar ampliamente una fecha de alrededor de 7 millones de años, en gran parte debido a la influencia de los datos moleculares. Más recientemente, Wilson y otros han estudiado la descendencia dentro de la especie humana analizando el ADN de la mitocondria, que se transmite sólo en línea femenina, de madre a hija. Su conclusión es que todos los seres humanos contemporáneos descienden de una mujer que vivió en África hace menos de 200.000 años. Pero algunos antropólogos no aceptan esta conclusión, en parte porque implica que todos los fósiles de Homo erectus hallados fuera de África más antiguos de 200.000 años no podrían estar en la línea de descendencia llevando a los humanos modernos. Se está abriendo un conflicto entre expertos paleontólogos y biólogos moleculares acerca de cuál disciplina tiene la autoridad para resolver disputas acerca del curso de la evolución humana.

Los darwinistas citan una y otra vez los hallazgos del reloj molecular como la prueba decisiva de que «la evolución es un hecho». El reloj es precisamente la clase de cosa que intimida a los no científicos: es imponentemente técnico, parece funcionar de manera mágica, y da unas cifras numéricas impresionantes por su precisión. Viene como una nueva rama de la ciencia desconocida por Darwin o incluso por los fundadores de la síntesis neodarwinista, y los científicos dicen que confirma de manera independiente lo que nos han estado diciendo todo este tiempo. La exhibición de alta tecnología distrae la atención de la realidad de que la hipótesis del reloj molecular supone la validez de la tesis de la descendencia común que supuestamente confirma.

Lo que la evidencia molecular realmente da es una reformulación del argumento de la clasificación. Las relaciones moleculares de las que se ha informado son hasta ahora por lo general (pero no siempre) consecuentes con clasificaciones basadas en rasgos visibles. Se dice también que las fechas de divergencia calculadas en base de las relaciones moleculares son básicamente consecuentes con las estimaciones de la primera aparición de nuevos grupos según la evidencia fósil.[2] Lo mismo que las relaciones determinadas en base de características visibles, las relaciones moleculares podrían haber llegado a existir por divergencia de antecesores comunes, si es que jamás los antecesores existieron.

Para el darwinista, esta posibilidad es más que sólo una evidencia en favor de la evolución. Es evolución, porque para el darwinista una relación significa una relación evolutiva. Y el hecho conlleva consigo todos los corolarios necesarios, incluyendo todo aquel poder creativo que tenga que ser atribuido a la selección natural para posibilitar que los antecesores simples cambien a descendientes complejos. Como consecuencia de esta lógica, los darwinistas consideran perverso que nadie familiarizado con la evidencia molecular dude de la «evolución» —significando el desarrollo gradual y naturalista de todas las formas de vida por descendencia con modificación, todo el camino desde las procariotas hasta los humanos.

Si las variaciones en las moléculas fuesen lo único que se necesita explicar, no habría razón alguna para dudar de que las mutaciones neutras pueden acumularse y causar una pauta de relaciones moleculares. El problema es que las moléculas tenían que quedar incorporadas en organismos, que tenían que estar evolucionando de formas ancestrales a descendientes junto con las moléculas. Los antecesores comunes y las formas de transición siguen siendo sólo entes teóricos, conspicuamente ausentes del registro fósil incluso tras largas y decididas búsquedas.

Más importante aún, la ciencia no sabe de ningún mecanismo natural capaz de conseguir los enormes cambios en forma y función necesarios para completar el escenario darwinista. Una teoría que sólo explica cambios que no tienen efectos funcionales importantes no hace nada para resolver el verdadero misterio de la evolución, que es cómo en primer lugar pudieron evolucionar las maravillosas estructuras moleculares, y cómo una (relativamente) simple célula pudo cambiar a una planta o animal complejos. Al contrario, la biología molecular añade a la dificultad revelando que las moléculas mismas son piezas de una intrincada maquinaria que exige la cooperación de numerosas partes complejas para llevar a cabo sus funciones. La molécula de hemoglobina, por ejemplo, es tan compleja en su arquitectura y función que a veces se le llama «el pulmón molecular». Las dificultades de explicar cómo las estructuras de la vida pudieron evolucionar por mutación y selección se hacen más y más grandes al descubrirse cada nivel adicional de complejidad.

Por tanto, la evidencia molecular no confirma ni la realidad de los antepasados comunes ni la aptitud del mecanismo darwinista. En realidad, nunca se ha intentado poner a prueba el darwinismo frente a la evidencia molecular. Lo mismo que en otras áreas, el objetivo ha sido encontrar confirmación para una teoría que se supone de manera concluyente como cierta al comenzar la investigación. Nunca se ha planteado la verdadera pregunta, que es: ¿Tiende la evidencia molecular como un todo a confirmar el darwinismo cuando se evalúa sin un prejuicio darwinista?

En este capítulo hemos repasado evidencias acerca de las similitudes y diferencias en las proteínas y en los ácidos nucleicos que se encuentran entre los componentes más fundamentales de todos los organismos vivientes. Permanece en pie la cuestión de cómo en primer lugar llegaron a existir estas complejas estructuras moleculares. Esto nos lleva a nuestro siguiente tema, que es el origen de la vida misma.



[1] El término «fenotipo» se refiere a los rasgos visibles de un organismo, o de forma más precisa a la expresión detectable de la interacción entre el genotipo y el medio. El genotipo es el paquete invisible de genes que dirige el crecimiento del fenotipo en el proceso reproductivo.

[2] En este capítulo estoy aceptando de entrada los datos de la teoría neutra y del reloj molecular, pero tendría que observar que todo este tema está actualmente enredado en una compleja controversia. Según una reciente reseña de Roger Lewin, «La teoría de que podemos datar el nacimiento de nuevas especies tabulando la constante acumulación de mutaciones a lo largo del tiempo evolutivo tiene graves problemas». Parece que los datos son demasiado regulares incluso para una interpretación seleccionista, y no lo suficiente regulares para una explicación neutralista. Según Allan Wilson, «muchos biólogos que hacen modelos matemáticos del proceso evolutivo están llegando a creer que muchas de las mutaciones acumuladas durante la evolución molecular no son neutrales. Argumentan que en lugar de proceder con suavidad, la evolución molecular podría caracterizarse por largos períodos de inactividad puntuada por estallidos de cambio. Si es cierto, se intensifica el reto a encontrar una explicación para el fenómeno del reloj molecular». Casi lo único que se puede decir por ahora es que existe una pauta de relaciones al nivel molecular que es generalmente consistente con las relaciones determinadas por los rasgos visibles, y que podría haber llegado a existir por una combinación de evolución a ritmo variable y constante.

Título - Proceso a Darwin

Título original - Darwin on Trial
Autor - Phillip E. Johnson, A.B., J.D.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
Publicado en línea por SEDIN con permiso expreso del autor, Dr. Phillip E. Johnson. Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.

© Copyright 2011, SEDIN - todos los derechos reservados. Usado con permiso del traductor para: www.culturacristiana.org

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