martes, 13 de septiembre de 2011

El secreto sucio de Darwin


Pocas veces se habla de las consecuencias no-científicas de la teoría evolucionista. Recientemente, especialmente por la controversia suscitada por los escritos del afamado E. O. Wilson, el asunto ha sido traído a la luz.

Este artículo habla de la reacción a un controvertible libro sobre este tema: "La Historia Natural de la Violación". La controversia está servida.

Siempre se ha sabido que los evolucionistas han tenido la ambición de ser más que científicos; también quieren ser profetas de una visión mundial evolucionista. La evidencia más reciente de tal imperialismo intelectual viene de un nuevo libro, The Natural History of Rape (La historia natural de la violación), el cual sostiene que la selección natural explica todo el comportamiento humano—hasta el crimen de la violación. Los autores, Randy Thornhill de la Universidad de New Mexico (EE.UU.), y Craig Palmer de la Universidad de Colorado (EE.UU.) proponen la tesis tan sorprendente de que la violación no es patológica, sino que es una adaptación evolucionista—una estrategia para llevar al máximo el éxito reproductor.

El libro ha incitado una avalancha de protestas en los programas televisivos de actualidad y en las páginas de opinión en los periódicos. Pero los autores responden diciendo que simplemente están aplicando la “psicología evolucionista” (un nombre nuevo para la sociobiología), la cual afirma que la selección natural produjo no sólo el cuerpo humano, sino también el comportamiento humano. Cualquier comportamiento que sobrevive, debe de haber sido conservado a través de la selección natural, porque concedía alguna ventaja evolucionista.

¿Incluye esto la violación? Los autores dicen que sí. Los hombres violan al perder en la competición por una pareja. Si fallan las flores y los chocolates, los hombres recurren a la coacción para cumplir con el imperativo reproductor. La violación es “un fenómeno biológico natural, lo cual es un producto de la herencia evolucionista humana”, al igual que las manchas del leopardo, y el cuello prolongado de la jirafa”.

Los autores NO dicen que la violación es moralmente justificada. “No hay ningún lazo entre lo que la biología afirma para el mundo, y lo que es bueno o malo” dijo Thornhill en un programa de radio (“Talk of the Nation” en NPR, una cadena pública). Pero decir que la violación concede una ventaja reproductora está peligrosamente cerca de decir que es a la vez útil o beneficiosa. No es de sorprender que tantos protesten la tesis.

Hasta la mayoría de los biólogos evolucionistas la rechazan. En Nature Jerry Coyne de la Universidad de Chicago (EE.UU.), y Andrew Berry de Harvard (EE.UU.), demuestran que los estudios que se citan en el libro no apoyan sus declaraciones. Por ejemplo, el libro enfatiza mucho el “hecho” de que la mayoría de las víctimas de la violación son de una edad reproductora, sugiriendo, que los violadores son llevados por la urgencia de reproducir. Pero el estudio en cuestión demuestra en realidad que, entre las víctimas, las jóvenes de menos de 11 años se representan demasiado. Otros críticos señalan que entre las víctimas figuran tanto mujeres que han pasado la edad reproductora, como hombres ( por ejemplo, la violación en la cárcel). Según Coyne y Berry, la teoría entera se basa en “la prestidigitación estadística”.

Sin embargo, se les escapa a los críticos la irrelevancia de los hechos. La tesis del libro conlleva toda la fuerza de la lógica sencilla. Cuando los críticos de las cadenas de radio le presionaron, Thornhill insistía con exasperación, que ya que la teoría de la evolución es verdad, TIENE que ser verdad también que “toda característica de cada ser vivo, incluso de los seres humanos, tiene un fundamento evolucionista. Esto no es un asunto de debate”. Si se acepta la evolución, el razonamiento ya es indiscutible.

Esto explica la razón por la que otros defensores de la psicología evolucionista han “descubierto” una ventaja evolucionista en los celos, en la depresión, y hasta en el infanticidio. (En el New York Times del noviembre pasado, Stephen Pinker del Instituto de la Tecnología de Massachusetts [MIT], afirmaba que “los circuitos emocionales de las madres han evolucionado” a través de la selección natural para que dejen morir a algunos bebés.) Por moralmente atroz que sea un acto, los evolucionistas que quieren ser consistentes, tienen que encontrar su beneficio.

El desarrollo de la psicología evolucionista exige a la gente enfrentarse con las implicaciones morales profundamente nihilistas del darwinismo. Según las palabras de E.O. Wilson, fundador de la sociobiología, “la base de la ética no se encuentra en la voluntad de Dios”; en cambio, la ética “es una ilusión con la que nuestros genes nos han engañado” por su valor de supervivencia. Aquellos que aceptan la evolución darwinista, pero que presentan cualquier argumento moral en contra de A Natural History of Rape (La historia natural de la violación), no son fieles a sus propias suposiciones fundamentales.

“Una base trascendente para la moralidad sólo es posible si hay un Diseñador trascendente”, afirma Jeffrey Schloss, biólogo en Westmont College, al entrevistarse con World (Mundo). Esto explica la razón por la que Thornhill, al contestar a las objeciones de la feminista Susan Brownmiller a su teoría, la acusó de parecerse a los de “la extrema derecha religiosa”. En resumen, el darwinismo, y sus implicaciones morales difíciles de tragar, son un conjunto. Al protestar, se pide el regreso a la visión teísta del mundo.

Es un dilema horrible para los evolucionistas: o mantienen la consistencia lógica de sus presuposiciones, y terminan con una visión mundial inhumana—o pueden ser fieles a su sentido divino de la moralidad, siendo a la vez inconsistentes.

La única salida al problema es un cambio de suposiciones, una vuelta a la posición de que la vida fue diseñada, y la moralidad sí que depende de “la voluntad de Dios”.

Copyright (c) 2000. Nancy R. Pearcey.
World Magazine (March 13, 2000)
Tomado de Leadership University
Usado con Permiso
Traducción de Derryl Fox
Fuente: © Mente Abierta 2002

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